Más específicamente: la pobreza se arraiga en un país cuando este se maneja con base en instituciones económicas extractivas y con base en instituciones políticas excluyentes. Cuando las reglas de juego de la economía están orientadas hacia el enriquecimiento exclusivo de pequeñas e insidiosas élites, y cuando las reglas de juego de la política funcionan para excluir efectivamente a la mayor parte de la población de la posibilidad real de cambiar esas reglas de juego económicas.

El problema para un país así, para un país como Colombia, es que elegimos atrapados en la pobreza: es racional vender el voto, sucumbir a las presiones o negar nuestra obvia convivencia con la corrupción que nos toca o nos favorece —por puestos de trabajo, lealtades familiares o a redes sociales, o por pura supervivencia—  cuando vivimos o tememos caer en la pobreza; cuando la dignidad de la realización personal depende de los favores de nuestros patrones políticos, o de que nuestra pertenencia a sus círculos y clubes no incomode ni cuestione su poder. Nuestra fragilidad es la madre de nuestra sumisión, y el miedo nos vuelve intencionalmente ciegos.

Lo más fácil, entonces, es perder la esperanza.

Lo más fácil es actuar como si entender la realidad implicara someterse a ella.

via Cómo cambiar el país | Las2orillas.CO.