“Las culturas también tienen una evolución natural. Esas innumerables cosmogonías, sistemas de valores, normas sociales, rituales y formas de gobierno florecen y se marchitan a medida que los grupos humanos se adaptan a condiciones que cambian de manera permanente, y crecientemente por cuenta de su propia actividad.

Así, las sociedades humanas han ideado miles de maneras de contarse su propia historia; y cada una de ellas ilustra sus más profundos sueños y temores, así como los sentidos artificiales que se le han querido imponer a los órdenes sociales, políticos y económicos para justificarlos.

Pero la historia de la evolución natural de nuestra especie —incierta, inacabada y firmemente anclada en un proceso de duda permanente que llamamos ciencia— nos muestra, por el contrario, que ni el universo ni la vida tienen un sentido predeterminado que debamos desentrañar del fondo de algún misterio insondable para guiar nuestro rumbo.

Cuando descubrimos por la vía de la razón que cada uno de nosotros es libre de darle a su vida el sentido y el gozo que por sí mismo decida, puede que pongamos a tambalear muros milenarios bajo cuya sombra creíamos hallar un solaz finalmente ilusorio, pero surgen también asombrosos cimientos espirituales para erigir nuevos y más robustos andamiajes de convivencia pacífica con nuestros semejantes y nuestro planeta.”

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