Así mismo, varios comentaristas cuestionaron —con mucha razón— que ante la masacre de una docena de personas en París emergiera espontáneamente, o se organizara, tanto rechazo, mientras que ante la masacre de miles de personas en Nigeria, muy pocos se pronunciaran. Sin embargo, fueron menosquienes buscaron una explicación que diera cuenta de este fenómeno — similar, en algún sentido, al contraste entre las manifestaciones de rechazo ante el asesinato de personajes como Jaime Garzón o Luis Carlos Galán (¿símbolos, tal cual Charlie Hebdo?), versus la pasividad con la que hemos asimilado los cientos de miles de víctimas anónimas de nuestro vetusto conflicto armado y de nuestras eternas violencias—.

En este mismo sentido, quizás uno debería preguntarse por qué la sociedad civil global, que en estas ocasiones pareciera materializarse tan de repente como luego parece esfumarse, no marcha constantemente, ni en las plazas ni en las redes, contra la enorme violencia que se ejerce sistemáticamente —en nombre del estado, el mercado, la revolución o la religión—  en tantos países y regiones del planeta.

Por otro lado, me entristece que, al tiempo que millones de voces rechazaban la violencia contra Charlie Hebdo —y tantas otras intentaban encontrarle un contexto, una explicación, sentidos y matices— muchas otras voces pregonaran, explícita o veladamente, justificaciones irracionales e irresponsables de la violencia.

La más obvia, y a la que ya nos tienen acostumbrados varios medios de comunicación, es la justificación de la violencia, sobre todo legal y simbólica, pero finalmente también física, contra el Islam y los musulmanes. Como lo ha recalcado insistentemente Reza Aslan, el terrorismo no es un fenómeno musulmán, ni la violencia se deriva esencialmente del islam, sino de ciertos regímenes, organizaciones e ideologías. Los terroristas que se identifican con el islam son caricaturas de esa religión, tanto como los terroristas que se identifican con el hinduismo, el cristianismo o el budismo, no representan más que caricaturas de esas religiones (y si lo detectaron, sí, el doble sentido es intencional).

Una justificación menos obvia de la violencia, pero pertinaz, es aquella que hace énfasis en las consecuencias lastimosamente previsibles que se derivan de la burla de lo sagrado, de la blasfemia. “Es normal”, dijo el Papa, haciendo más énfasis en la naturalidad de una respuesta violenta ante la ofensa percibida, que en el llamado a perdonar a quienes nos ofenden de la oración que él reza diariamente —o hebdomadariamente, si me permiten la expresión— con toda su feligresía. La permisividad o la intolerancia de la blasfemia, abogada desde cualquier interpretación de un corpus teológico (musulmán, cristiano, judío, etc.), debe someterse necesariamente a las reglas de juego acordadas dentro de un ordenamiento secular del derecho civil de las naciones, y solo por ese conducto debe procesarse cualquier demanda de injuria y cualquier reclamo de censura o resarcimiento. Toda otra fuente a partir de la cual se deriven consecuencias de la blasfemia será ineludiblemente injusta, dogmática y violenta, e incompatible con el ideal democrático de la sociedad y el gobierno.

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