Más allá de un llamado a la solidaridad con Nigeria, me interesa indagar las raíces de una economía tan inicua de la visibilidad y la fraternidad. Ethan Zuckerman, del Laboratorio de Medios del MIT, da en la clave en un libro reciente (Rewire). ¿Qué países aparecen más en los medios? No los más populosos, ni los que pasan por las emergencias más graves, sino los más ricos. A mayor PIB, mayor atención mediática. Vamos entendiendo por qué Francia y no Nigeria.

Los otros factores que resalta Zuckerman ahondan la desigualdad. Prestamos atención a las noticias que entendemos mejor; como la historia la escriben los vencedores, sabemos de Napoleón y de París, pero no de Nigeria y sus 174 millones de habitantes. Lo noticioso es lo sorprendente: el asesinato salvaje de una docena de periodistas en la apacible capital francesa, antes que miles de muertos más en la lista de atrocidades en África. Preferimos historias con rostros precisos: una muerte es una tragedia, mil son una estadística. Nos inclinamos por narrativas nítidas, que dejen claro quiénes son los malos (los extremistas de Oriente) y quiénes los buenos (los ciudadanos y gobiernos de Occidente).

Hurgando un poco más, el desbalance tiene motivos adicionales, más difíciles de digerir. Uno es el color de la piel de las víctimas. Hablando sobre las muertes impunes de jóvenes negros a manos de la policía en EE.UU., la filósofa Judith Butler recordó que “desde la esclavitud, las vidas negras valían sólo una fracción de las blancas”. Por eso las pancartas que se ven en las protestas en ese país rezan “Las vidas negras también valen”.

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