Por eso, Paloma Valencia no miente cuando nos dice que no le ve nada de malo a su discriminatoria y ridícula propuesta de dividir el Cauca en dos: “Uno indígena, para que ellos hagan sus paros, sus manifestaciones y sus invasiones, y uno con vocación de desarrollo donde podamos tener vías, se promueva la inversión y donde haya empleos dignos para los caucanos”. Paloma —con una inocencia que hace honor a su nombre—, no entiende que los indígenas son caucanos y que los caucanos son indígenas, ni que los “empleos dignos” y el “desarrollo” no son sólo para unos, o que las comunidades del Cauca no hacen “sus paros”, “sus invasiones”, como un caprichoso “ritual” de “su cultura”, sino debido a un reclamo legítimo que le hacen al Estado. Paloma —embrutecida por su privilegio—, también olvida a los negros (21% de la población) que también reclaman sus tierras y son parte clave para entender lo complejo del conflicto por el territorio en el Cauca.

Es obvio que Paloma, la blanca Paloma, habla en nombre de los grandes terratenientes, 5% de propietarios que ostentan el 61% de la tierra. Por eso no se trata de decir que “eso es lo que los indígenas quieren”, porque una cosa es ejercer la autonomía y otra que te la impongan. La propuesta de una separación, cuando viene de quien representa al opresor, en un proceso que discrimina y segrega, es necesariamente excluyente. Otra cosa sería si las comunidades lo propusieran a partir de un proceso comunitario ligado a la autodeterminación. Pero, como lo dejó en claro Margarita Hilamo, gobernadora del resguardo Huellas, en Caloto, a las comunidades les parece que la propuesta de Valencia es ofensiva. No se trata de hacer un referendo porque los derechos no se negocian, y porque es evidente que no es un mecanismo que garantice los derechos de las minorías. Según los acuerdos internacionales (como el Convenio No. 169 de la OIT) los pueblos tienen derecho a vivir en continuidad histórica en el área determinada en que vivían antes que otros “invadieran”. Es entonces claro que “los mestizos” son los invasores y esto aplica también a las comunidades negras.

Quizá Valencia no entiende cuál es el error de su razonamiento. Quizá lo entiende demasiado bien y simplemente lo dice porque la estrategia publicitaria insigne del uribismo es decir estupideces en Twitter. En todo caso, ahora que es congresista, debería cuidar sus palabras, pues su libertad de expresión es menor a la que tenía cuando era columnista. Cuando Valencia habla representa al Estado, y es inadmisible que en un país cuya Constitución reconoce la diversidad y condena la discriminación —y con leyes que tendrían que garantizar ambas cosas— un servidor público haga propuestas clasistas y racistas que recuerdan al Apartheid.”

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