Un fenómeno de psicología colectiva convoca a una reflexión sobre el estado anímico de la sociedad colombiana en relación con la paz del país. Nunca había avanzado un proceso con las FARC-EP, la organización insurgente más grande de todas las que han existido en la historia de la nación, tanto y tan metódicamente como lo ha hecho este proceso de La Habana, que ha ido superando dificultades, desconfianzas, inseguridades e incertidumbres para mostrar importantes resultados en materia deacuerdos políticossobre una agenda que se ha enriquecido en la discusión.

No obstante, en ocasiones,  da la impresión que a la mayoría de los colombianos le da lo mismo vivir en paz que en guerra. Ninguna motivación despierta en el espíritu colectivo las posibilidades de vida digna que se pueden abrir en un escenario de no confrontación, precedido de importantes transformaciones democráticas, ajustes institucionales y nuevas perspectivas sociales. El contagio de la multitud en las marchas y concentraciones populares despierta los estados anímicos de paz, que disuelven en el escepticismo del universo de lo individual y en las relaciones intersubjetivas por lo general cargadas de desconfianza, inseguridades e incertidumbres. Parece que la paz careciera de contenido real, de atributos de persuasión colectiva, de su necesidad: una paz  que aparece vacía de significado colectivo, de beneficio, de utilidad social o política.

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Todo cambio esta precedido de una voluntad explícita de compromiso de transformación y eso no se ve. Los actos de gobierno, la agenda legislativa y la política de seguridad van en contravía de los acuerdos. La oferta de país al capital se construye sobre la entrega de los recursos estratégicos de la nación en las cumbres internacionales que se acompañan de mesas de mercado empresarial. No hay agenda macroeconómica para ofrecer a la población un futuro de posibilidades económicas que garanticen certezas esenciales de bienestar. La pobreza y el desempleo se reduce en las estadísticas oficiales pero crece en la realidad de los hogares: no cualquier cosa es trabajo, no cualquier forma de vida deja de ser pobreza. La indigencia se consolidad con el salario mínimo y las nuevas formas de esclavitud laboral. La informalidad ocupa el 70% de la población económicamente productiva y hay una creciente ocupación generada por la delincuencia y crimen organizado.

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¿Cuál es el aporte real que deben hacer los sectores económicos a la consolidación de la paz? No pueden pensarse solo desde sus intereses particulares de acumulación de riqueza sobre un universo de pobreza generalizada y tampoco puede reducirse a aportes voluntarios a un fondo de paz porque eso no resuelve nada. Su aporte debe estar dirigido a generar empleo digno y bien remunerado, unido a unas condiciones de mejoramiento estratégico de calidad de vida de las familias trabajadoras.

La mayor urgencia que tiene la paz es empleo digno y es desde allí que se construye la equidad en materia de derechos. No pueden ser los trabajadores, los campesinos, las comunidades étnicas, las mujeres, las poblaciones y los territorios los que tienen que hacer los grandes sacrificios para que la paz se consolide y beneficie con ella a los empresarios del campo y la ciudad, y al capital trasnacional. Ese modelo de paz no resuelve nada, es un modelo construido sobre una oferta de seguridades al capital y de incertidumbres a las poblaciones y territorios. Es un modelo de paz para los empresarios que se olvida de la gente. Es un modelo de paz para que el conflicto social y político se mantenga vivo, pero domesticado.

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De nada sirven los acuerdos que se puedan alcanzar en la mesa de conversaciones si detrás de ellos no se construye un movimiento social y político vigoroso, que sea el doliente de los mismos y los defienda. No es suficiente ni una Asamblea Nacional Constituyente, ni una nueva Constitución Política, si detrás de ellas no hay una sociedad civil fuerte, capaz de construir los escenarios sociales y políticos de movilización para defender esos acuerdos y hacerlos efectivos, a través de leyes, planes, programas, proyectos, políticas públicas transformaciones reales… Y eso por ahora no existe.

Tal vez, no existe un momento más difícil, como el actual, para el impulso de un proyecto ético y político de la sociedad civil que se exprese como la suma de la voluntad diversa en torno a un único y fundamental propósito político: el de construir una sociedad en paz, con democracia y justicia social, con el agravante que tampoco se está trabajando en ese camino.

Nada de lo que existe hoy es suficiente, ni lo particular ni su sumatoria. Es necesario refundar la política, transformar las prácticas políticas y construir organización política como un gran Frente Democrático, capaz de convertirse en auténtica alternativa de poder. No son los viejos partidos, ni sus prácticas las que van a transformar esta realidad. Lo que está pasando, en el mundo de la resistencia global, es que los movimientos sociales han emprendido ellos mismos una lucha política y se han sumado con los partidos y sectores de la población para generar nuevas fuerzas sociales, tomando distancia de descompuestos liderazgos y arraigadas prácticas dogmáticas y sectarias. No hay que desideologizar la lucha social y política, sin, desectarizarla y desdogmatizarla.

Hay que simplificar las agendas y plataformas, y llenarlas más del contenido y las necesidades de la gente, de sus derechos y reivindicaciones. Nadie dijo nunca que la REVOLUCION en mayúscula, que ha costado tantas vidas, se reducía a conseguir que el ser humano tuviera garantizada la vida, la comida, la vivienda, la salud, la educación, el trabajo, la recreación, el derecho a participar en la decisión de los asuntos que competen al interés común, y los Estados, independencia y soberanía. Eso era todo el cuento de la lucha de clases que se construyó sobre la disputa de la propiedad.

Parecería que a los colombianos les da lo mismo vivir en paz que en guerra | Las2Orillas.CO.