“Pero más allá de estos errores, lo que se advierte en las encuestas es que hay una buena parte de la sociedad colombiana que cree que esta guerra que tanta sangre ha derramado es el estado normal de la vida y que la paz negociada es un esperpento que nos puede llevar al infierno.

Los encuestados, en su mayoría colombianos que viven en las grandes ciudades donde la guerra no llega sino de oídas, no entienden a qué se refieren los negociadores de paz cuando hablan de la “paz territorial”, porque nunca han ido a Anorí, ni a Ituango, ni al Cañón de las Hermosas, ni a Putumayo, ni mucho menos al Catatumbo. Son colombianos que han crecido en un país que no conocen y que por lo mismo no les hace falta.

Para los empresarios, que han aprendido a crecer y a ganar plata en medio de esta guerra, la paz es un salto al vacío porque los pone a pensar en temas que los perturban: ¿cómo es que van a convivir sus proyectos agroindustriales con las nuevas zonas de reserva campesina que se crearían y que son consideradas por muchos como una legalización de las repúblicas guerrilleras? ¿Cómo es que van a enfrentar la llegada de cientos de desmovilizados que según ellos no se van a quedar en sus territorios sino que van a emigrar a las ciudades en busca de mejor futuro? ¿Acaso les tocará a ellos darles empleo? ¿Aumentarán los índices de inseguridad? ¿Tendrán ellos que asumir todos esos costos?

A unos y a otros les tiene sin cuidado una paz que busca sacar de la guerra a los campesinos del Putumayo, que en su gran mayoría son unos simples raspachines. Ese es el drama de esta guerra: que se libra en la periferia donde no operan las encuestas y donde los muertos son campesinos sin nombre, que ni siquiera salen en las noticias.

Según Clausewitz, la guerra es una extensión de la política por otros medios que debe impulsarse siempre con un objetivo político claro para que valga la pena ser librada. Colombia ha convertido la guerra no solo en la continuación de la actividad política sino en el único escenario de la política. El líder que mejor ha implementado esta estragegia de Clausewitz ha sido Álvaro Uribe. Con su discurso belicista el expresidente ha logrado reducir la política a las pasiones más primarias que nutren la guerra, y hacer del odio, de la intolerancia y de la banalización de la violencia sus mejores armas.”

via Nacidos para la guerra – Semana.com.