Hace poco en Brasil,  hace menos en Panamá y ahora en Colombia veo gente pidiendo -en sus redes sociales- la reducción de la mayoría de edad penal (que a los menores de edad que cometan crímenes se les trate como a adultos criminales). El argumento es tan simple que parecería difícil rebatirlo: “Si es capaz de robar, matar, violar y golpear, no tiene la inocencia de un niño; que responda por sus actos en proporción al daño hecho y no a su edad.”

Me parece un argumento facilista, evasivo del problema y algo cobarde. Incluso entendiendo la posición (“esto está muy jodido y toca hacer algo… rápido”) desde la que parte. El facilísmo parece evidente. En vez de buscar soluciones adaptadas a la situación y sus participantes, cárcel en las condiciones de un adulto.

La evasión del problema es también clara, creo. Puesto que en países ‘desarrollados’ este es un fenómeno prácticamente inexistente (a excepción de las masacres en colegios de EE.UU.), podemos intuir que el contexto social (calidad de vida, riesgo de pobreza, oportunidades de crecimiento profesional y personal, apoyo emocional, etc.) es crucial en el surgimiento de este problema. Así, la violencia de estos menores es un síntoma, no la enfermedad. Síntoma de sociedades que transmiten la violencia como método válido de resolución de conflictos (iniciando por lo familiar, pero claramente aplicado en lo socio-político); de sociedades que, al no se capaces de ofrecer las condiciones básicas (techo, educación y acceso a salud dignos, y un ambiente social cooperativo y de apoyo emocional) para la dignidad humana, empujan a miles de personas a una criminalidad por la que luego quieren castigarles como si fuesen estas últimas las únicas responsables de la misma.

La cobardía, más que evidente, como cobarde que es, viene escondida detrás del facilismo y la evasión. Qué fácil sentirse fuerte y contundente frente a un niño y frente a un criminal (eso sí, de lejos; que de cerca le temo); más fácil y menos arriesgado que exigir (y construir) educación, salud y oportunidades de desarrollo; y encima te sientes como defensor de la ciudadanía y la seguridad.

Agredimos (directa y estructuralmente) a estas jóvenes personas desde que nacen; sus familias probablemente nunca han conocido una vida digna (una vida que podríamos cambiar por la nuestra sin mucho miedo… a día de hoy ¿querría Ud. vivir la vida del padre/madre de uno de estos ‘criminales’?); vida digna que debería ser el resultado de participar de una sociedad organizada, en teoría, para garantizar los derechos humanos y la ‘máxima posible felicidad para todos y todas’.

Les agredimos y nos quejamos de su reacción. Parece que tenemos que añadir la hipocresía a las ‘cualidades’ del argumento a favor de tratar a los menores que delinquen como a adultos criminales.

No digo que los crímenes cometidos por menores sean justificados ni que no merezcan tratamiento; digo que tienen que ser entendidos desde una perspectiva similar a la se usa en el ámbito de la salud pública: de los determinantes sociales de salud a los determinantes sociales de criminalidad. Y desde esa perspectiva, como sociedad, compartimos las responsabilidades, las culpas y los méritos cuando los haya.

Afortunadamente, el mensaje lo ví a través de personas que tengo en buena estima (humana e intelectual). Ello me permitió sorprenderme en vez de enojarme o ignorar el asunto; de lo contrario me hubiese resultado muy tentador y fácil pensar en que era la persona (y no el argumento) quien era facilista, evasiva y algo cobarde e hipócrita.

El problema está en el argumento, no en la persona. Pero las personas tenemos una tendencia a buscar soluciones fáciles y evitar problemas; ¿quíen quiere dificultades y problemas? De ahí que sea tan sencillo que este argumento se propague, incluso a personas críticas y humanistas.

Ahora, con seguridad, dichas tendencias nos han ayudado históricamente en algunos momentos, del mismo modo que sesgos cognitivos como el encontrar patrones donde no los hay [1] o interpretar la información de forma que confirme nuestras ideas previas [2]. Pero la realidad es que hoy conocemos esos sesgos [3] y tendencias, y sabemos que nos suelen alejar de la racionalidad [4] y hasta de un humanismo amplio [5].

Tal vez, entonces, sea cierto que esos menores no tengan la inocencia de un niño. Pero quizá tenemos que preguntar por qué se pierde esa inocencia. ¿Acaso el niño decide, sin más, un día cualquiera, dejarla de lado? Me parece, más bien, que es el contexto social -que construimos entre todos/as- el que impulsa dicha pérdida.

Ahora sí tendríamos que preguntar: ¿quién responderá por sus actos, en proporción al daño hecho, frente a la precarización de la existencia de estos menores y sus familias (y con ella la de toda la sociedad)? Y, como sabemos que para este tipo de asunto nunca aparecen culpables, la pregunta verdaderamente sensata sería: ¿qué podemos hacer para cambiar esto sin caer en facilismos, evasiones, cobardías o hipocresías?

A mi, que intento escribir cuidando el género (con ‘los/as’, por ejemplo), me parece muy curioso, que en el caso de delincuentes menores sea válido escribir sólo en másculino, pues no puedo pensar en casos de grupos de niñas atracadoras, violadoras ni asesinas (si estoy equivocado, bienvenida la corrección). ¿En serio nos parece normal?

No soy experto del tema; no puedo presentar datos contundentes que muestren que encarcelar menores es perjudicial para todos/as (los menores, sus familias y la sociedad en su conjunto). Parecería evidente, teniendo en cuenta que nuestras cárceles son más escuelas de crimen que centros de rehabilitación. Sí puedo dar el ejemplo de la salud pública, donde sabemos que la austeridad mata [6], que negar servicios a inmigrantes, minorías o cualquier grupo en riesgo de vulnerabilidad social sólo traerá más problemas y gastos para la sociedad en su conjunto. Y, sobre todo, que la prevención (basada en los determinantes sociales de la salud) es mucho más efectiva y barata que la atención paliativa.

Sospecho que este tipo de datos existe en el caso en cuestión, e invito a quienes tratan el tema a ponerlos sobre la mesa del debate público; a que no dejemos que, una vez más, se hagan políticas públicas ni se creen imaginarios sociales en contra de la humanidad más básica, de la evidencia científica disponible y de una discusión social basada en las dos anteriores y en la razón pública [7].

Finalmente, quiero resaltar el trabajo de las personas que trabajan con criminales, de cualquier edad, para intentar afrontar sus situaciones de forma más humana. Quien viola la ley es una persona fácilmente ‘des-humanizable’, y acercarse a ver su individualidad, su humanidad, tan similar a la del resto, requiere de un esfuerzo y valentía que pocos/as parecemos tener activo.

¿Que los menores sean criminales adultos? | Las2Orillas.CO.