En 1911 el número estimado de hereros era 15.130, lo que significa que el 82 por ciento  de la población pereció en el genocidio (un porcentaje más elevado que el de los armenios en la primera guerra mundial y los judíos en la segunda guerra mundial).

Pero además el pueblo Herero dejó de existir como entidad cultural, social y política, como resultado de medidas adoptadas por las autoridades coloniales alemanas. Los hereros fueron obligados a trabajar en fincas y granjas de colonos alemanes, su tierra fue confiscada y se les prohibió poseer ganado.

En concordancia con las teorías “funcionalistas” del Holocausto, que hacen hincapié sobre  el carácter evolucionario de la campaña contra los judíos de Europa, se ha argumentado que el genocidio herero fue resultado de una radicalización no planeada. Desde esta perspectiva, la interpretación según la cual el alzamiento herero era el comienzo de una “guerra racial”, y la imposibilidad de tomar decenas de miles de prisioneros, llevaron a Von Trotha a optar por el exterminio.

Lo cierto es que, a diferencia del Holocausto, este genocidio no fue una política del gobierno en Berlín –aunque se llevó a cabo con su conocimiento y algún grado de complicidad–, sino iniciativa de las tropas alemanas y grupos de colonos en Namibia.

De hecho, entre 1904 y 1906 estos eventos provocaron la intensa oposición de los partidos anti-colonialistas en el Reichstag –Socialistas, Centro, y Radicales- El gobernador alemán en Namibia, quien había mantenido y promovido buenas relaciones con los hereros, renunció a su cargo, y múltiples agencias del gobierno alemán rehusaron cooperar en el genocidio.

En contraste con la obstinada posición de Turquía, el 16 de agosto de 2004 una delegación del gobierno alemán aceptó su “responsabilidad histórica y moral y la culpa incurrida por alemanes en esa época”, y admitió que las masacres perpetradas contra los hereros y nama equivalían a genocidio. No obstante, se negó a pagar reparaciones. Familiares del general Von Trotha también pidieron públicamente perdón. En el año 2006 el consejo municipal de Munich renombró una calle de la ciudad “Calle Herero”, reemplazando el nombre de “Calle Von Trotha” que los Nazis le habían dado en 1933.

Tras años de negociaciones, algunos de los cráneos vendidos en Alemania fueron retornados a Namibia.

A diferencia del genocidio armenio y -guardadas las proporciones- del Holocausto, el genocidio herero fue ignorado, recibido con indiferencia o racionalizado por una Europa acostumbrada a los excesos del colonialismo. Y en contraste con estos dos casos, sigue sin despertar interés, grandes debates, preocupaciones o exigencias.


Un genocidio relegado al olvido
. Bien haríamos en no olvidar que en agosto de 1939, días antes de la invasión a Polonia, Hitler daba la orden de “enviar a la muerte sin piedad y sin compasión a hombres, mujeres y niños de lengua y origen polaco”, preguntando retóricamente: “¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios”?