Dicho esto, hay mujeres que mejoran la vida de otras mujeres por el hecho de defender una sociedad más justa, y no hay sociedad justa sin la participación activa de la mitad de la población; en ese sentido, Manuela, Ada o Mónica, con sus proyectos de aliviar el desamparo de los desfavorecidos, de promover la sanidad y la educación públicas y de frenar el despropósito especulativo que está entregando las ciudades a un grupo reducido de billonarios que campean a sus anchas sin ser controlados por las autoridades, Manuela, Ada o Mónica, esas tres representantes ciudadanas, pueden (deben) facilitar la vida de las mujeres, que siempre que llegan las crisis y los malos tiempos son las que llevan las de perder. Manuela Carmena lo sabe más que ninguna, por pertenecer a la generación de mujeres que nos allanaron el camino, que era tortuoso, a las que vinimos después. Por ellas siento devoción y agradecimiento. Esta semana se definía Carmena a sí misma en la radio como “una señora mayor”. Ya era hora de que las señoras mayores tomaran el poder, de hecho, son las que en nuestro país tienen tomada la calle, las más activas culturalmente, las que llenan los actos públicos, las excursiones, las visitas museísticas, los clubes de lectura, los gimnasios con suszumbas, las inagotables, las que acuden a los cursos de Historia, a las visitas guiadas, las que no renuncian a la entrega social. Unas radicales, sin duda, en grado sumo. Señoras mayores muy activas en ese whatsapp presencial que tiene lugar a diario en las cafeterías a eso de las seis de la tarde.

En el reverso está Esperanza, que también es mujer. Aguirre fue jaleada y glosada por grandes firmas de nuestro tiempo a las que encandilaba ese estilo castizo tan de señora bien que desciende con su verbo a la altura del pueblo. Esperanza encajaba bien las bromas y las asumía sin miedo a convertirse en personaje. Esperanza era la lideresa con la que soñaba ese sector de ultraliberales que siempre ha considerado a Mariano el “hombre blandengue”, como diría El Fary. Pero está visto que el aplomo y la retranca le venían a Aguirre del convencimiento insensato de que sus poderes no tenían caducidad; ahora, cuando todo se derrumba, le echa la culpa al partido, a Rajoy, a los radicales insensatos que han votado a una contrincante que quiere convertir Madrid en el país de los sóviets. A mí me ha sonado el disparate un poco tintinesco, no sólo por la referencia al título de uno de los álbumes de Tintín sino por el trazo socarrón de los personajes de Hergé. Con cachondeo y rapidez, los votantes de Manuela han contestado a Esperanza con fotos que desmontan el insulto: padres con niños, señoras mayores, escenas domésticas de lo más corriente y un hashtag que ironiza sobre el asunto: “Para Espe #yo soy radical”. El primer signo de desparrame que advertí en Aguirre fue cuando afirmó en la tele que había muchos que más que desbancarla querían fusilarla al amanecer. No percibí ya humor alguno en esa frase sino agresividad y mal estilo. Luego vino lo que todos sabemos. Pero nunca he interpretado su nerviosismo en función de sexo. Se trata sin más de alguien que se resiste a dejar de mandar.

Yo, que me imagino a todo el mundo en el colegio, pienso, “dios mío, menos mal que no me tocó en mi clase”.

Aguirre en las cruzadas | Estilo | EL PAÍS.