Una de las gestas más apasionantes de la historia de las ciencias sociales es la búsqueda de las causas de la riqueza de las naciones: ¿por qué unos países son ricos, otros no tanto y otros nada? Las respuestas sorprenden.

La teoría del desarrollo económico busca establecer qué factores determinan el crecimiento sostenido de la economía de un país.  Como toda teoría, parte de una serie de hipótesis que se descartan si no concuerdan con la realidad examinada mediante estudios y datos científicamente rigurosos. Así, durante la segunda mitad del siglo XX, los economistas refinaron una serie de modelos y concluyeron que la clave del desarrollo económico es la innovación tecnológica y la capacidad de los empresarios más audaces de aprovecharla.

Esa es la teoría del crecimiento económico que todos conocemos y que todos los libros de texto y los cursos más básicos de economía repiten hasta la saciedad. Sin embargo, es incompleta pues le ha faltado explicar un enigma.

Desde hace décadas, la evidencia muestra una relación estrecha entre un crecimiento económico sostenido y la democracia. Los países que son capaces de crear en el tiempo mayor riqueza son aquellos que ostentan mejores índices de inclusión política. Pero, ¿qué causa qué? ¿El desarrollo económico produce democracias más sólidas, o la democratización causa mayor desarrollo económico?

Así como los avances en óptica nos permiten descubrir la realidad del universo mediante telescopios cada vez más potentes, los avances en técnicas de medición y análisis estadístico han permitido atisbar los complejos entramados de la historia humana. Por estos días se observa cierto furor en los pasillos de las facultades de economía, pues parece ser que, tras años de exhaustivos análisis y mediciones, se ha hecho un descubrimiento notable: la democracia produce mayor desarrollo económico, y no a la inversa.

En su libro reciente, Por qué fracasan las naciones (Why Nations Fail, New York, 2012), el economista Daron Acemoglu, de MIT, y el politólogo James Robinson, de la Universidad de Harvard, muestran que son las instituciones democráticas incluyentes -aquellas que garantizan la igualdad de oportunidades de acceso al poder y logran mantener el monopolio de la violencia en manos del Estado–, las que generan un desarrollo económico sostenido.

Solo la democracia incluyente fomenta el desarrollo de instituciones económicas que protegen los derechos de propiedad de innovadores, empresarios y trabajadores, que derriban las barreras de acceso a los mercados y que aseguran la provisión de una infraestructura adecuada y eficiente de servicios públicos.

Este tipo de análisis encierra una lección importante para los empresarios de aquí y de todas partes. El empresariado que ha logrado ser exitoso no es el que se conforma solo con ejercer su responsabilidad social mediante su participación en proyectos sociales y comunitarios. Tampoco es aquel que utiliza sus recursos para obtener beneficios del sector público. El empresariado realmente exitoso es,  por el contrario, el que se compromete con una visión de sociedad inclusiva en la que los derechos políticos de todos los ciudadanos cobran plena vigencia.

La clave de la riqueza de las naciones no es solo la innovación tecnológica; es, además, la innovación democrática.

Empresariado, crecimiento y democracia | EL UNIVERSAL – Cartagena.