Desde los tiempos de la Methodenstreit —la disputa de los métodos— que libraron durante la primera mitad del siglo XX los campos del positivismo y el historicismo, existe una pugna en las ciencias sociales —generalmente divisoria— entre quienes defienden la posibilidad y quienes defienden la imposibilidad de ofrecer explicaciones de la acción social.

En términos muy generales, dicha disputa gira en torno a la naturaleza del conocimiento, y particularmente del conocimiento social.

Desde el campo asociado con la tradición positivista, la idea de conocimiento se relaciona con la capacidad de responder preguntas del tipo “por qué…”; las cuales exigen explicaciones, entendidas como relatos causales sobre la ocurrencia de un fenómeno. A partir de este punto de vista, el objetivo de las ciencias sociales es hallar las causas de la acción humana, reconstruir el entramado causal de los fenómenos que de ella se derivan y descubrir las leyes naturales del universo social.

Desde el campo asociado con la tradición historicista, se ve el conocimiento de los fenómenos naturales como categóricamente distinto al de los fenómenos humanos, dado que estos son esencialmente subjetivos. Según este punto de vista, la acción humana no puede ser abordada en términos de causas objetivas ni leyes naturales, sino en términos de los significados y los valores que le dan sentido. Así, el objetivo ya no es llegar a una explicación de la acción humana y de los fenómenos sociales basada en sus causas, sino ofrecer una comprensió(Verstehen) de su sentido desde la dimensión subjetiva de los actores involucrados.

Esta división entre explicación y comprensión se entrecruza con los debates en torno a la validez de los métodos cuantitativos y cualitativos en las ciencias sociales.

La asociación del positivismo, particularmente tras el influjo del positivismo lógico, con la idea de que la validez del conocimiento está estrechamente ligada a la medición y la cuantificación de fenómenos empíricamente observables, induce a veces a pensar —tanto a sus defensores como a sus detractores— que la explicación causal excluye, o debe excluir, aspectos cualitativos, subjetivos o no mensurables.

De manera similar, la insistencia de las corrientes interpretativistas en el carácter eminentemente subjetivo de la acción social, particularmente tras el influjo del relativismo cultural, induce a veces a pensar —tanto a sus defensores como a sus detractores— que la interpretación y la comprensión de los entramados simbólicos y valorativos que le dan sentido intersubjetivo a la vida social excluyen, o deben excluir, cualquier intento de medición y cuantificación.

Dado que estos dos campos de prejuicios parecen derivarse de posiciones epistemológicas aparentemente irreconciliables, ocurre con alguna frecuencia que los practicantes de las ciencias sociales piensan erróneamente que deben elegir entre el uso de métodos cuantitativos o el uso de métodos cualitativos, de una manera excluyente.

Sin embargo, los enormes desafíos del mundo contemporáneo no admiten que los científicos sociales continúen sentados en “mesas separadas” —si me permiten generalizar para las ciencias sociales la incisiva metáfora sobre las divisiones de la ciencia política, legada por Gabriel Almond desde 1990—.

Zanjar esta disputa no exige más que ver que las dos posiciones epistemológicas —positivista e interpretativista— no son en realidad irreconciliables. Podemos reconocer la importancia de los hilos de significados como constitutivos de la trama de sentidos subjetivos e intersubjetivos de la acción social, y al mismo tiempo reconocer también la posibilidad de explicar, tanto la acción social como la formación de dichas interpretaciones y valoraciones subjetivas e intersubjetivas, a partir de una naturalización metodológica de las ciencias sociales, basada en su articulación con las ciencias cognitivas (ver Mantzavinos, 2012).

Esta hermenéutica naturalista no solo permite comenzar a cerrar la brecha epistemológica que ha obstaculizado un desarrollo más productivo, profundo y útil de las ciencias sociales, sino que además puede perfilarse como parte de un andamiaje filosófico apto para avanzar hacia la unificación teórica, el enriquecimiento conceptual, y la diversificación e hibridación metodológicas de las ciencias sociales.

Como una contribución a los avances en tal dirección, la revista Economía & Región de la Universidad Tecnológica de Bolívar acaba de publicar una edición especial en torno al marco conceptual denominado “institucionalismo cognitivo”. Este marco conceptual fue propuesto por el premio Nobel en Ciencias Económicas, Douglass North, y los profesores C. Mantzavinos y S. Shariq, en un artículo publicado hace ya una década en la revista Perspectives on Politics: “Aprendizaje, instituciones y desempeño económico”. Dicho artículoaparece, traducido por primera vez al español, en la edición especial de Economía & Región.

Confío que avivar este debate filosófico y metodológico al interior de las ciencias sociales nos permitirá avanzar hacia explicaciones más comprensivas de los problemas sociales; y que dichas explicaciones comprensivas posibilitarán, a su vez, que imaginemos y diseñemos, en conjunto con las comunidades,intervenciones más holísticas para cultivar una mejor calidad de vida para todos.

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