“Si usted es español o vive en España y no ha escuchado quejarse a un autónomo, o nos está tomando el pelo o bien debe visitar con urgencia a su otorrino. Pero ¿están fundadas las cuitas del autónomo? Es cierto que España se caracteriza por un aspecto negativo: el efecto barrera para los recién llegados (los más de 250 euros mensuales que sí o sí hay que pagar) es muy pronunciado. Pero, como contrapartida, también es verdad que el autónomo español tiene un nivel de protección social muy fuerte desde su desembarco.

Aunque, antes, un poco de contexto.

Los trabajadores por cuenta propia suelen dividirse, de forma global, en tres subclases: el autónomo independiente sin asalariados (own-account worker o sole trade en inglés), el económicamente independiente (cuya fuente de ingresos proviene en al menos un 70% de un único pagador) y el que además forma parte de una sociedad (de responsabilidad limitada, habitualmente). La mayoría se encuadra en el primer grupo. Con los datos de la EPA, se puede trazar el retrato de este tipo de trabajador: de mediana edad (el 60% tiene de 35 a 54 años), varón (66,4%), con estudios secundarios (29,1%) y ocupado en el sector servicios (69,9%) -principalmente, en comercio al por menor (19,2%)-.

En 2014 había -datos de UPTA- en España inscritas en el régimen especial de trabajadores autónomos (RETA) 3.126.593 personas. Esta cifra ha ido aumentando de forma sostenida en los últimos años. En cambio, el régimen general ha perdido unos 350.000 inscritos desde 2012, hasta 12.262.304 (aunque se está recuperando). En el Reino Unido, como veremos, ha habido un boom del autónomo.

La tendencia, sin embargo, empieza a invertirse, lo cual daría la razón a los estudios que ligan el autoempleo con tiempos duros. “El descenso en la creación de empresas durante el último año está relacionado con la mejora de las condiciones del mercado de trabajo, lo que reduce la presión en los individuos a la hora de emprender nuevos negocios por necesidad”, aseguraba el año pasado el Índice Kauffman de Actividad Empresarial (estadounidense). Quizás también tenga algo que decir la inmigración que, según, por ejemplo, un paper de Mari Kangasniemi y Merja Kauhanen, es más proclive a optar por el autoempleo.

Una de las claves aquí podría ser que, pese al optimismo asociado al autónomo, su satisfacción laboral es en realidad menos alta de lo que tradicionalmente se ha considerado.

Sí, han leído bien: optimismo. Éste es uno de los atributos asociados con el autoempleo. Pero hay más. A grandes rasgos, el autónomo ha sido radiografiado como más optimista, más independiente, más estresado, obligado a realizar más horas de trabajo y, a cambio, receptor de menos ingresos. Dawson et al. llegan a la conclusión -con datos del Reino Unido- de que el mayor optimismo que se da entre los autónomos se debe tanto a una predisposición natural a esta condición como a las propias características del autoempleo, es decir, que hay más optimistas que optan por trabajar por cuenta propia y que, por otro lado, las personas que se deciden por el autoempleo aumentan su optimismo mientras desempeñan su labor.

Por otro lado, si está demostrado que el autoempleo aumenta en época de vacas flacas, también es lógico que en estas mismas temporadas haya un contraste en las cifras de jubilación del RETA y el régimen general; un dato incontestable: en 2011 se jubiló un solo autónomo por cada 27 asalariados. Para pasar a ser pensionista, el autónomo en España necesita cotizar un mínimo de 15 años, umbral que se ampliará hasta 25 en 2027, según la última reforma del sistema de pensiones; mientras, si para cobrar el 100% se necesitaban 35 años, ahora serán 37. Ni qué decir tiene que la querencia del trabajador por cuenta propia a cotizar por debajo de lo que le correspondería por ingresos hace que la jubilación media del colectivo sea inferior a la del régimen general (604 euros frente a 952).

En cuanto a los impuestos, no resulta fácil la comparación entre las dos categorías de trabajadores. Pongamos dos ejemplos teniendo en cuenta que estos cálculos no son exactos porque no incluyen deducciones, mínimos exentos y tampoco tiene en cuenta las escalas salariales. Una persona que cobre 15.000 euros brutos al año, estaría exento de pagar IRPF en ambas categorías. Suponiendo que el autónomo cotizara por el mínimo, pagaría 3.180 euros de contribución, un 21,2%; en caso de poder acogerse a la tarifa plana, bajaría al 7,6% (1.134 euros). En el caso del asalariado, solo debería pagar unos 1.000 euros (6,5%) a la Seguridad Social. Un segundo ejemplo, con unos ingresos de 30.000 euros brutos. En caso de que el autónomo optase por cotizar la base mínima, cobraría netos 21.725 euros, con lo que se dejaría un 27,6% en impuestos. Frente a esto, el asalariado percibiría 20.858 euros, descontando el IRPF de tres tramos y el pago de la Seguridad Social, con lo que abonaría en tasas un 31,4%”.

Una de las grandes dudas es si un elevado número de autónomos en un país es sinónimo de salud o de afección. Un vistazo al gráfico de tasas de autoempleo en Europa da una poderosa pista: Grecia, Italia, España y Portugal son -por este orden- cuatro de los seis primeros países. Ahora bien, merece la pena ir más allá.

 

En el Reino Unido, uno de los países en los que más facilidades se da a los emprendedores, el fuerte aumento de los autónomos unido a otra serie de factores ha desconcertado a muchos expertos. Aquí, los autónomos trabajan alrededor de un 6% más y, sin embargo, la ganancia mediana por hora es de 5,58 libras (7,56 euros), frente a las 11,21 libras (15,18 euros) del empleado por cuenta ajena.

De cada seis nuevos autónomos británicos entre 2008 y 2012, cinco tenían más de 50 años. A esto se une el modo en que se ha disparado el número de empresarios por cuenta propia mayores de 65 años, lo que está muy ligado a la necesidad de asegurarse una pensión mayor ante los bajos tipos de interés actuales. Dhaval Joshi, del BCA Research, alertaba hace dos años -respecto del caso del Reino Unido, aunque se puede extender- de que el hecho de que empleos a tiempo parcial y autoempleos estuviesen sustituyendo a trabajos a jornada completa lograba reducir las cifras de parados, pero a cambio reducía la productividad -una posible solución para el productivity puzzle-. “En resumen, el Reino Unido ha creado un ejército de profesionales independientes mal pagados”.

“Tender hacia un sistema laboral en el que los salarios se mantienen permanentemente bajo presión y en el que los márgenes de beneficio siguen siendo altos tal vez suponga buenas noticias para el mercado, pero no son tan buenas para los autónomos”, concluye The Economist. ”

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