No conozco a John Carlin como autor más allá de la columna “¿Por qué no podemos llevarnos todos bien?”, publicada en la sección Internacional en la página web del periódico El País y que me empuja a escribir esta crítica. Además, parece necesario aclarar que condeno de forma inequívoca los atentados recientes y pasados del fundamentalismo yihadista. Pero dicha condena no tiene porque implicar un pensamiento dicotómico y reduccionista al momento de intentar comprender una problemática – en el camino de buscarle y encontrarle soluciones.

Algunos de sus argumentos son incuestionables, como el idealismo de la izquierda o el hecho de que en política a veces toca elegir entre lo malo y lo peor. Pero en el primer caso Carlin se limita a señalarlo despectivamente y en el segundo presenta dichas opciones como las únicas, lo que se llama una falacia de falsa dicotomía. Frente al idealismo de la izquierda una visión interesante (de tantas) se presenta en el libro Una Izquierda Darwiniana. Frente al segundo caso, basta tener la mente más abierta a análisis más complejos.

El autor cita a algunos políticos -que no tengo particular interés en defender- quienes afirman que “La desastrosa invasión de Irak condujo al ascenso del Estado Islámico”. Y afirma que el argumento “algo de razón tiene”. Pero en el párrafo siguiente expone el argumento aplicándolo al Tratado de Versalles (y la posibilidad de que una hipotética posición más flexible de los aliados hubiera podido evitar el posterior ascenso de Hitler) con un aire de absurdez. Y, sólo para aclarar, no es insensato, señor Carlin, pensar en dicha posibilidad. Luego afirma que el problema de dicho argumento es que pone a occidente en el eje del análisis, (aunque el autor lo llama “eje original del mal”); que “plantea una grotesca equivalencia moral” entre gobiernos electos y los terroristas -sobre decir que no son lo mismo. Lo que dice el autor se podría parafrasear diciendo: puede que el argumento sea sea cierto, pero, puesto que nos hace ver mal en el espejo, mejor no lo tengamos en cuenta.

El autor llama a “tomar partido” y nos ofrece una alternativa dicotómica: las “aguas tibias del buenismo” o el apoyo a “una guerra terrorista mundial” (del lado de ‘los buenos’, claro… mi lado siempre es el de ‘los buenos’). Habla de sacrificar la pureza moral. ¿Qué quiere decir eso?, me pregunto. ¿Es acaso bombardear pero sin pensar en las víctimas inocentes?, porque el bombardear no sería lo novedoso o diferente. ¿Matar es ‘menos malo’ cuando es ‘más necesario’? Dice que la paz no es un principio sino una circunstancia. Ojala no se le ocurra decir eso frente quienes estudian (con seriedad) la paz y los conflictos. La paz como circunstancia es la ausencia de guerra, lo que se conoce en la literatura académica como definición negativa. Habría que ignorar a Ghandi, King, Mandela, y muchos años de investigación en paz y conflictos para aceptar dicha afirmación. La búsqueda de una paz positiva se basa en el principio último de creer en la capacidad del otro para cambiar, para ser empático…y en unas instituciones que incentiven un ambiente propicio para relaciones sociales armoniosas.

Carlin además afirma que el hecho de que las principales víctimas de Daesh sean personas musulmanas en Siria e Irak es un “argumento irrefutable” de que no hay relación causal “entre la política exterior de los países ricos de Occidente y el ascenso del Estado Islámico”. Dicha postura no tiene sentido salvo si asumimos: a) que la reacción ante una acción tiene como condición imprescindible el estar enfocada directamente en la fuente primaria de la acción inicial y b) que podemos ignorar el carácter asimétrico y no-convencional de la amenaza que presenta Daesh.

Para el caso a) sería como decir que si me muerde el perro del vecino, tengo que responder hacia el perro y no hacia el vecino. Un ejemplo más cercano sería afirmar que, puesto que no le declararon la guerra directa a la URSS sino que se dedicaron a matar opositores en sus países, las dictaduras latinoamericanas no se podían explicar -en parte- a partir del anti-comunismo sovietico. Ambos argumentos son débiles.

El caso b) es uno de los principales problemas de los servicios de inteligencia. El pensar en términos de las amenazas del pasado, que implica una incapacidad de reaccionar ante la realidad actual. Dicha postura, lo que en estudios de inteligencia se considera el ‘viejo paradigma’ -basado en la Guerra Fría-, se ve claramente en el escrito de Carlin. Además, su “argumento irrefutable” olvida que los intereses energéticos y geoestratégicos son parte de la estrategia de seguridad nacional de EEUU, y que eso lo ataca directamente Daesh, que además busca un control de la zona -no solo hacerle ‘pupa’ a occidente-.

El autor, además, recurre constantemente a descalificaciones personales -falacias ad hominem- (“tontos inútiles”, “exyonquis”, “delicuentes de poca monta”). Habla con desdén de “idealista de izquierdas”, “pavloviano antiimperialismo”, “psicópata exvicepresidente”. Por un momento me hace pensar en que su visión del realismo político es la más idealista que he visto y en lo pavloviano de nuestro sistema cultural occidental, con respuestas automáticas como el cuestionar la ‘normalidad mental’ de alguien cuando se desea desvirtuarle sin argumentos serios (incluso habiéndolos). Pero entendí lo facilista de dicho pensamiento y lo dejé. Lo que no pudo dejar de molestarme fue el también fácil estereotipo cultural británico de la taza de te (¿había que reír?). Afirma que “los tiempos exigen debates constructivos y respuestas concretas, sin cerrar los ojos a la dura realidad”, pero su columna está llena de descalificaciones personales, simplificaciones, falsas dicotomías, omisión de factores relevantes, uso constante del apelo a las emociones y desconocimiento de los debates serios al respecto.

Aclararemos, entonces, que señalar la importancia de la política exterior occidental como parte de las causas del actual conflicto no implica justificarlo; ni siquiera implica insinuar que sea la única causa. Incluso si aceptamos como cierto que la crítica ‘izquierdista’ (si es que se puede hacer tal categorización y mantener el rigor) este enfocándose más en ese aspecto que en otros, el argumento central del artículo (que es un error señalar la culpa que pueda tener occidente -incluso sabiendo que algo de culpa tiene- porque implica una grotesca equivalencia moral y supone no tomar partido del lado de los buenos) sigue pareciendo insostenible.

Dejemos claro que los avances más recientes y reconocidos en ciencia política afirman que la pobreza y falta de prosperidad se explican a partir de instituciones políticas y económicas extractivas, y que la existencia de las mismas en una sociedad depende en gran parte del trayecto histórico de dicha sociedad, de los momentos coyunturales que han determinado el tipo de instituciones y los incentivos que estas generan. Dichos estudios se remiten hasta la fundación misma de ciudades como Buenos Aires, Asunción y Jamestown para explicar las diferencias en los trayectos de desarrollo de los países latinoamericanos frente al de los EEUU. También señalan que dichas instituciones extractivas generan incentivos que favorecen su propia reproducción, incluso cuando se presenta un cambio en los actores que ejercen el poder; al nuevo poderoso le sale mejor aprovecharse de una estructura de saqueo ya instalada que intentar modificarla para crear una sociedad inclusiva. No hay razón, entonces, para ignorar el rol de la política exterior occidental en medio oriente durante las últimas décadas (incluso el último siglo) para intentar entender el presente conflicto y buscarle respuestas que pequen menos de inmediatismo.

En dicha perspectiva histórica no podemos dejar de lado el aspecto colonial del debate. Los atentados en occidente son igual de atroces (ni más, ni menos) que los que ha cometido y comete occidente. No significa que occidente ‘los merezca’, pues una matanza es simplemente injustificable. Significa que, a menos que seamos capaces de reconocer y analizar nuestra parte de responsabilidad, no tendremos un diagnóstico fiel del problema y, por ende, tendremos menos opciones de afrontarlo con éxito. Tenemos que incluir las acciones coloniales de “los países ricos de Occidente”, no porque lo pida una tendencia política, sino porque son elementos relevantes en la creación de las instituciones que condicionan la situación actual y condicionarán la futura.

No podemos llevarnos todos bien porque somos muchas personas muy diferentes en un sistema muy complejo; nunca nos podremos llevar todas igual de bien con todos. Pero una de las razones importantes por las que no podemos llevarnos todo lo bien que podríamos, son discursos como el de la columna de Carlin, que ante la pregunta ‘¿por qué no podemos llevarnos todos bien?’ responden con propuestas sobre cómo llevarnos peor, en vez de buscar la complejidad de la “dura realidad” e intentar comprenderla para buscar soluciones que tiendan cada vez menos a darnos incentivos para “sacrificar la pureza moral”. La columna de Carlin está lejos de lo que se podría llamar el ejercicio de la razón pública.

Incluso si aceptamos que este conflicto requiere algún grado de intervención militar, aún más claro debería estar que una paz negativa es una paz inestable y que construir una paz positiva requiere de posiciones mejor pensadas y realmente constructivas, no de sobre-simplificaciones, apelos a la emoción, al enemigo como cohesionador social y al ‘conmigo o contra mi’.