La noticia del Caso Imelsa/Operación Taula ya me rondaba la cabeza, cuando el estudio me dejaba tiempo. Pensaba lo que muchas personas, lo evidente: ¿cómo puede ser que nos sigan diciendo que son casos aislados, nos lo creamos y todo siga igual? (eso y… “¡¡¡me cago en #@$%/!!!, son los mismos que nos dicen que trabajamos poco, cobramos mucho y que por eso no hay pa pensiones, sanidad ni educación!!”). Al ver El Intermedio (de 27/Ene/2016) mientras comía, me encontré, de nuevo, frente a la falacia de la corrupción individual, nombre que me permito darle a la idea de que a) la corrupción es cosa de individuos y b) decir que la corrupción es cosa de individuos -y actuar contra ellos- es una defensa válida frente a acusaciones y casos, varios, varios, de corrupción. Ni la corrupción es mera cosa de individuos, ni afirmar que lo es (por mucho que se actúe contra éstos) es un argumento fuerte -por el hecho mismo de que es falso y por las consecuencias que implica-.

Aunque ni el programa ni mis reflexiones me ayudaron a responder la pregunta inicial (puede que, simplemente, como colectivo seamos idiotas), sí me ayudaron a condensar las ideas que les quiero compartir. La primera es que la rabia le sienta bien al humor del Wyoming. Lo percibí más indignado de lo habitual y es uno de los episodios recientes más divertidos que he visto. Pero regresemos al asunto.

En entrevista con la Cadena Ser, Fernando Martínez Maillo, vice-secretario de organización del PP afirmaba que “si Ud. mira al sur, tenemos otros casos de corrupción, cuantitativamente incluso más importantes. Por lo tanto, decir que afecta a un partido, yo creo que es un poco exagerado. Entre otras cosas, porque la corrupción, lamentablemente, afecta fundamentalmente a las personas que tienen  un comportamiento indebido y se han aprovechado del cargo público en beneficio propio” (min. 10:15-10:38; las referencias de este tipo en el artículo son para el mencionado episodio de El Intermedio).

Lo primero que aclararía al vice-secretario es que la corrupción, “lamentablemente”, afecta “fundamentalmente” a las personas que con impuestos pagamos los excesos criminales e irresponsables de sus ‘casos aislados’ y, con ellos, la subsistencia del partido al que tanto le han dedicado. Rajoy, en funciones, le echaba una mano desde la entrevista con Ana Rosa Quintana: “(…) la corrupción no es cosa de un partido, de una organización, de un determinado grupo de personas. Es algo individual, de una persona; que puede ser de una formación política u otra” (min. 11:50-12:20). Para aclararnos, señores: la corrupción la llevan a cabo, la ejecutan partidos, y personas dentro de los mismos. Se suma el ex-presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, hablando de “personas que puedan tener esa manera de pensar” (min. 9:42-10:08). Para el PP, la corrupción es el resultado de personas que actúan de forma indebida a partir de una manera concreta de pensar (que por algún motivo debemos creer que ninguno de sus miembros no-imputados ‘tiene’).

Si bien es innegable que hace falta cierta predisposición individual hacia actitudes corruptas, pues no todo el que tenga la oportunidad de ejecutar un acto de corrupción (con alta probabilidad de impunidad) lo hará, también es cierto que son nuestros contextos sociales, culturales e institucionales los que desincentivan o incentivan dichas predisposiciones personales. Tanto la sociedad (España, en este caso) como los diversos grupos e instituciones que la conforman tienen unas reglas y culturas concretas que son parte importante de porqué las personas nos comportamos como lo hacemos. Las culturas (formas de pensar y hacer) de los distintos grupos e instituciones en que todas (las personas) participamos -el trabajo, el partido, la familia, el equipo de fútbol, la iglesia, etc.- interactúan y se afectan entre sí, condicionando nuestro comportamiento y los entornos en que llevamos a cabo dicho comportamiento.

Podemos decir, entonces, que la corrupción, como cualquier otro comportamiento, se presentará en cada persona dependiendo de a) una mezcla compleja de influencias de los grupos mencionados y el procesamiento individual de las mismas, y b) los incentivos que cada entorno ofrezca para unos u otros de los tantos comportamientos que esa mezcla compleja podría generar. El PP quiere que olvidemos el punto ‘b’ (… otra vez!).

En este momento cabe, entonces, aclarar a los “honorables” cargos del PP que, además de hablar de problemas de formación, costumbres y procesamiento individual en casos concretos, el que haya corrupción (de cualquier tipo y grado) en varios lugares e instituciones en España, nos dice que hay, en los incentivos de las normas y culturas nacionales, algunos fallos que animan a la corrupción. Del mismo modo que, el que los casos de corrupción del PP sean como un cáncer que hizo metástasis general nos dice que las normas y culturas del PP (el PP de Valencia ya, ni te digo) generan incentivos que potencian aún más esas actitudes.

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Hasta ahí quedamos claros en que no es una mera cuestión de individuos. Pero hay más. “Debemos ser contundentes, como lo estamos siendo”, decía Alberto Fabra acongojado (min. 9:42-10:08). “No hay nadie involucrado en un caso de corrupción que en este momento no esté apartado de nuestra fuerza política”, añadía Rajoy enfático (min. 13:48-14:05). ‘Sus señorías’ creen que expulsar una enorme lista de ‘casos aislados’ los redime de culpa y les permite plantarse como adalides de la renovación y con ADN anti-corrupción, como mencionaba Pablo Casado (min. 16:15-16:36). El 28 de Enero veo en las noticias que el PP se querellará (por daños al partido) contra quienes resulten imputados por corrupción. Eso sí que es ponerse serio! Eso es actuar contra la corrupción! Eso es ir a fondo!

Si la FCI es la única respuesta del PP, podemos entender, por ende, que no está diciendo que será un partido que haga algo para prevenir la corrupción, sino que hará algo una (cada) vez la descubra, que no es lo mismo. Ahora, aclaremos que, de hecho, este uso impúdico de la FCI puede surtir algunos efectos positivos al partido. Como humanos tenemos una racionalidad limitada y sesgada (antes y encima de los límites y sesgos que le imponen los contextos sociales, culturales e institucionales). Si a esa racionalidad le sumamos la ‘cultura’ que tienen muchas personas de escuchar sin rechistar lo que diga el PP, o más bien, cualquier boca que no ‘huela a rojo’, es posible que el espectáculo de echar gente del partido ayude al PP a salir de la crisis (si hay suficientes ‘culturizados’ en la onda ‘popular’ dispuestos a morder el anzuelo).

Pero lo que el PP no ha conseguido entender es que el hecho mismo de que intenten manejar esta situación blandiendo la FCI es una afronta al país. El PP nos quiere hacer pensar es que se trata de un problema tan individual, tan impredecible, tan complejo, que no podemos hacer nada; es la ‘cuota’ de corruptos que nos tocó (supongo que por designio de alguna virgen) y tenemos que resignarnos intentar encontrarlos y entonces echarles. Si esa narrativa triunfa, simplemente llegará el tiempo de corruptos más cuidadosos y de más expulsiones (sólo) mientras la gente está pendiente. Se calmará el panorama y se habrá perdido una oportunidad única para que España dé un vuelco institucional general frente a la corrupción. De nuevo, la FCI puede ayudar al PP; pero sólo a costa del proceso de limpieza de corrupción que el país quiere llevar a cabo.

Si imaginamos que el PP es una persona y que la deseada lucha contra la corrupción es el bien/dinero público, al mantener su FCI, el partido estaría, como lo hicieron todos sus ‘casos aislados’, usando una versión ‘blanqueada’ del bien público en beneficio propio. Por ende, la única forma que tiene para realmente (acercarse a empezar a intentar) demostrar que no es corrupto es que deje de lado la FCI y haga una limpieza profunda no solo de personas, sino de las normas y culturas en su seno que propician la corrupción (y cuando tienes que arreglar carrocería, casi mejor comprar coche nuevo). O, mejor dicho, si continúa con esta ‘defensa’ falaz, el PP estará corroborando su mentalidad corrupta como individuo (institucional).

Por el momento, Rajoy permanece fijo en su estrategia actual y con agravantes. Parece convencido de que haber echado sus ‘casos aislados’ le permite ya jugar. Con ‘argumentos’ tan vacuos como “hacer de la necesidad virtud” y el hecho de que en España nunca se ha hecho una ‘gran coalición’, mientras que en Europa es habitual (min. 29:05-29:32), propone al PSOE un pacto para el gobierno nacional (con Rajoy a la cabeza, claro), en autonomías y grandes ciudades para “gobernar con tranquilidad”, “por ejemplo, aprobar los presupuestos” (min. 30:04-30:29). … ¡¡Ahí, véanla!! una (nueva) muestra clara de esa ‘cultura’ dentro del PP que anima la corrupción. Te puedo facilitar los presupuestos, tu me ayudas con lo otro y ambos tranquilos. El presidente del gobierno, en televisión nacional, ofreciendo un pacto corrupto. ¿Pa reír o pa llorar? Me hace pensar, también, en el “Frente Nacional”, una ‘gran coalición’ de 16 años en Colombia que debía sacar al país de la cruenta violencia política de los años 50… dejó al país mucho mejor: perfectamente preparado para la ‘idílica’ historia colombiana de los 80 hasta ahora.

Si eso es lo que hay que decir sobre el panorama, ¿qué dice el panorama sobre Felipe González, que quiere ‘su’ partido ‘socialista’ le facilite el gobierno al PP de Rajoy? ¿qué dice sobre los medios, que no han sido capaces de cumplir su función crítica y resaltar a la opinión pública la profunda gravedad del asunto y la importante oportunidad de cambio que se puede estar dejando pasar?… ¿qué dice de nosotras que estamos en silencio al respecto, con la rabia reprimida?