El ex-político verde alemán Ralf Fücks presentó el

pasado 25 de marzo en Barcelona su libro Intelligent wachsen: Die grüne
Revolution (Crecimiento inteligente: La revolución verde), publicado en 2013. Fücks
es el Presidente de la Heinrich Böll Stiftung, un think tank estrechamente
vinculado al partido de Los Verdes alemán (Bündnis 90/Die Grüne). El acto,
organizado por la misma Heinrich Böll Stiftung y la Fundació Nous Hortizons,
tuvo lugar en el Goethe Institut. Reproducimos a continuación la intervención
del sociólogo Sebastià Riutort, investigador en la Universidad de Barcelona y
activista social en los campos del ecologismo y del cooperativismo.

Este texto es una réplica al conjunto de ideas
desarrolladas por Ralf Fücks en un acto organizado por el Goethe Institut de
Barcelona y en el texto “Smart Growth:
Twelve Theses
”, una versión abreviada y en inglés de su libro. A
continuación presento una adaptación de mi intervención en el debate y
aprovecho para añadir algunas reflexiones adicionales.

El planteamiento de Fücks puede resumirse grosso modo
como un compendio de recomendaciones que se pueden incluir en esa idea
optimista e ingenua del llamado “capitalismo verde”. Ante el desafío ecológico
y contrario a cualquier visión decrecentista, Fücks defiende la posibilidad de
una harmoniosa relación entre naturaleza y economía a partir de un crecimiento
responsable que se estructura en tres pilares: un modo de producción basado en
las fuentes energéticas renovables, la eficiencia tecnológica y la innovación,
y la aplicación de procesos industriales circulares. Según Fücks, estos
elementos permitirían, de manera “realista”, re-direccionar la economía hacía
un escenario ecológicamente sostenible. Sin embrago, desde mi punto de vista,
esta es una tesis insostenible. El núcleo central de mi crítica radica en que Fücks
se desentiende de las condiciones contextuales bajo las cuales esta supuesta
revolución verde se daría. Fücks no tiene en cuenta que vivimos inmersos en un
orden social y económico capitalista que genera destrucción ambiental y
conflictividad social. Su propuesta pierde su condición de realidad y
viabilidad si rehúye los entresijos de este escenario. Además de tratar esta
omisión, mi réplica intentará también argumentar la importancia de incluir a la
ciudadanía como sujeto activo en cualquier tentativa para pensar una sociedad más
sostenible.

Mi postura no imposibilita que comparta con Fücks la
inquietud por el cambio climático y por la búsqueda de estrategias para avanzar
hacia una organización de la vida social más sostenible. Es imperiosa una
reorganización de la infinidad de actividades humanas que se dan en nuestras
sociedades que posibilite unas condiciones de vida prósperas para el conjunto
de sus miembros, al mismo tiempo que reduzca su impacto en el entorno ambiental
en el que tales actividades se desenvuelven. Este es un reto extremadamente
complejo que no se resuelve de la noche a la mañana, pero que día a día reclama
soluciones reales, viables, que permitan avanzar hacia este objetivo. Sin
embargo, resulta un error pensar tales soluciones sin incorporar aquellos
elementos que, en una medida u otra, se convierten en fuerzas resistentes al
cambio. Es verdad que carecemos de recetes concluyentes y claras que eliminen
por completo la multitud de incertidumbres y contingencias que existen a día de
hoy sobre la evolución de nuestras sociedades. Pero no nos podemos permitir
dejar fuera de nuestro análisis aquellos elementos que dificultan el poder
pensar y practicar nuevas fórmulas de desarrollo humano que vayan haciendo
posible esta transición hacia una sociedad más sostenible.

1. La lógica inherente al capitalismo es problemática
con una posible co-evolución de la humanidad con el planeta

El capitalismo, como sistema económico, necesita la
expansión permanente; requiere de la producción incesante y generalizada de
mercancías para asegurar una acumulación sin pausa. El sistema capitalista, en
lugar de disminuir, intenta aumentar hasta la saciedad los recursos requeridos
a las gentes para supuestamente satisfacer sus necesidades. En este proceso de
expansión, el capitalismo se esfuerza de manera incesante en quebrantar los límites
reales de la Tierra. Esta situación conlleva una explotación sin parangón de
los recursos naturales. Fred Magdoff y John Bellamy Foster son algunos de los
que con rigor observan que la ruptura con un modelo como el capitalista es
condición necesaria para crear una nueva civilización ecológica (1). Los meros
ajustes tecnológicos en el sistema de producción actual no serán suficientes
para poner fin a los dramáticos y potencialmente catastróficos problemas a que
nos enfrentamos. Resulta un error invocar la innovación como el remedio
milagroso. Ya en su momento, Joseph Schumpeter observó el doble papel que juega
la innovación en la historia económica de las sociedades capitalistas (2). La innovación
acaba convirtiéndose en un proceso de destrucción creativa que constantemente
destruye lo antiguo para construir lo nuevo. El resultado: una obsolescencia
constante que permite los ciclos de crecimiento económico al mismo tiempo que
genera la destrucción y el desplazamiento de objetos y procesos; y también, lo
que no es nada menospreciable, el desplazamiento y la exclusión de los grupos
sociales y de las gentes vinculadas a dichos procesos.

Fücks se desentiende de la relación entre capitalismo
y degradación ambiental debido a que no se plantea la necesidad de superar tal
sistema para avanzar hacia la sostenibilidad ecológica. Si, como Magdoff y
Foster indican, consideramos que “capitalismo sin-crecimiento” es un oxímoron,
lo que Fücks plantea, al parecer, es un crecimiento propiamente capitalista
pero apoyado en fuentes de energía no-fósiles. De tal modo, ignora el hecho de
que las características inherentes al sistema capitalista son causales de la
catástrofe ecológica. Por tanto, el planteamiento de Fücks no se enfrenta a la
raíz del problema. El argumento de Fücks podría equipararse a un capitalismo
que en lugar de crecer con una central de carbón, lo hace con un aerogenerador
sin trastocar un ápice el sistema de producción expansionista y acumulador –también
posible, si se propone, mediante energías renovables. Es inútil impulsar tales
estrategias para hacer frente al desastre ecológico sin enfrentarse al problema
del capitalismo. La revolución industrial verde de Fücks no es otra cosa que el
catalizador de una nueva onda larga de crecimiento que no se desmarca
claramente de la lógica expansiva y destructora del capitalismo y que no
asegura garantizar las condiciones materiales de subsistencia del conjunto de
la ciudadanía.

2. El conflicto de intereses, en el centro de
cualquier tentativa para el cambio social

La historia de las sociedades no es una historia
ajena al conflicto de intereses entre los diferentes grupos sociales o clases
sociales que conviven y se interrelacionan en ellas. El devenir de las
sociedades está sujeto al hecho de cómo se van concretando las tensiones entre
partes con desiguales intereses y poderes políticos y económicos. Por tanto, es
un error inconcebible olvidar que tales tensiones existen y que sobre ellas se
institucionalizan las formas de vida social. Weber ya lo indicó en su momento:
los individuos no actuamos como átomos aislados, sino que lo hacemos teniendo
en cuenta la acción de los demás. Y las acciones sociales pueden adoptar varias
expresiones como el conflicto, la competición o el poder. Por ejemplo, existe
conflicto cuando hay intereses opuestos; competición, cuando se persigue un
mismo bien o servicio que tiene la calidad de ser escaso; o existe poder como
resultado de una situación desigual con respecto al control sobre un
determinado bien o sobre su disponibilidad. De este modo, estos elementos
tienen también influencia en una supuesta transición ecológica. Pero el
discurso de Fücks descuida este hecho fundamental.

Hay evidencias de que muchos de los obstáculos para
hacer posible esta transición son de índole humana y, de hecho, resultado de la
acción de las clases dominantes o hegemónicas, que verían mermados sus
intereses económicos y su estatus, con la complicidad de los gobernantes.
Pongamos dos ejemplos que ilustran bien esta idea. La presión ejercida por las
10 principales eléctricas europeas y la patronal europea –lo que Javier García
Breva, de la Fundación Renovables, llama el “Tea Party eléctrico” (3)– ha
tenido un efecto importante en la concreción de los objetivos energéticos
europeos para el 2030. La Comisión Europea ha acabado sucumbiendo y proponiendo
unos objetivos mucho más laxos que los propuestos inicialmente por la comisión
de Medio Ambiente del Parlamento Europeo. Mientras que la Eurocámara planteó
objetivos obligatorios para los estados miembros de un 40% de eficiencia energética,
un 30% de cuota de renovables y un 40% de reducción de emisiones de CO2, la
Comisión propuso eliminar el objetivo de la eficiencia energética, bajar el de
renovables al 27% y mantener el de reducción de emisiones en el 20%, sin que éstos
sean objetivos estatales, sino objetivos que debe cumplir el conjunto de la UE
(4). Un segundo ejemplo lo encontramos en la legislación española en materia
energética. El Gobierno de España legisla claramente a favor del oligopolio eléctrico
mediante toda una avalancha de normas que van conscientemente encaminadas a
mantener los ingresos de los grandes beneficiarios de su tradicional modelo de
negocio eléctrico, centralizado y no renovable. De este modo, se mina el
desarrollo e implantación definitiva de un modelo energético renovable. Ocurre
como es costumbre: quien corta el bacalao no suele estar por la labor. Un
planteamiento como el de Fücks, que omite este punto, no puede sino conducirnos
a un escepticismo absoluto.

3. El ciudadano como posible sujeto político
protagonista de esta transición ecológica

Como ya he mencionado, a menudo, y no sin razón, se
argumenta que para la transición a una sociedad más sostenible los cambios
tecnológicos son insuficientes. Son necesarios cambios en las formas y métodos
de producción, consumo y distribución de bienes y servicios, pero también son
importantes los cambios en las prácticas sociales, en las formas de interacción,
en las pautas de comportamiento, en los sistemas de valores. Por tanto, parece
claro que lo esencial es encontrar fórmulas para incluir al ciudadano en este
proceso de cambio. Fórmulas, pues, que fomenten, para decirlo con el politólogo
Andrew Dobson, el ejercicio de una ciudadanía ecológica (5). Esto quiere decir
una ciudadanía basada en la responsabilidad de las personas con el
medioambiente tanto en la esfera doméstica-privada como en la pública. A veces
la ciudadanía puede ser una fuerza que se resista al cambio, una fuerza que,
por falta de conocimiento o voluntad, no actúe de manera responsable para
hacerlo posible. Pero otras veces –y en relación con lo señalado en el punto
anterior– encontramos situaciones en las que se restringe la participación de
la ciudadanía. Este factor no puede pasarnos por alto. En el contexto español,
por ejemplo, observamos que se dificulta que la ciudadanía pueda ser parte
activa en la transición energética. El marco legal pone trabas para que
experiencias como las cooperativas de ciudadanos para la producción y consumo
de energías renovables puedan desarrollarse, a la vez que hace más inviable que
el ciudadano pueda ser auto-generador de la energía que consume.

Es preocupante que se plantee, como hace Fücks, una
reorganización sostenible de la vida social como un proceso desligado de las
estructuras de poder. Resulta preocupante que la gente tenga dificultades para
decidir sobre un supuesto futuro modelo energético sostenible y que pueda
verse, además, desposeída, en contra de su voluntad, de los medios para
alcanzarlo –y todavía más, cuando es sabido que su participación es condición
necesaria para frenar el colapso ecológico–. Quizá sea cierto que el mundo será
renovable o no será, pero si el ciudadano no es el principal protagonista, temo
que aumenten las probabilidades de vivir un panorama tan o más desalentador que
el de nuestros días.

Balones fuera y la coletilla Grüne

En estos párrafos se halla resumida mi crítica a los planteamientos
de Ralf Fücks. Es sabido que cierto ecologismo apolítico no considera
pertinente prestar atención al primer punto, al mismo tiempo que muestra poca
preocupación por los otros dos. Dicho ecologismo es
sintomático de una cultura intelectual y política posmoderna que infravalora
cuestiones como el capitalismo y el poder. La interesante disección que hace
Joachim Jachnow de la evolución ideológica de Los Verdes alemanes (6) me hace
pensar que la postura de Fücks es habitual –o, por lo menos, no es una postura
aislada– en el ambiente Grüne.

Fücks, exmilitante del KBW (antigua organización maoísta
de extrema izquierda extinguida a mediados de la década de 1980), parece ser
uno más de los que en su momento se apuntó a la apostasía colectiva en favor de
una posición “ecolibertaria” que ha acabado dominando en buena medida la posición
del partido. Se trata de una visión “realista” que ha interiorizado la idea de
que “los demás sistemas son peores que el capitalismo” y que apuesta, por
tanto, por una reforma del sistema industrial determinada por el modo económico
capitalista. La creciente influencia de este discurso ha ido históricamente en
detrimento de la consolidación de visiones ecosocialistas en el seno del
partido. Según la radiografía de Jachnow, la historia de Los Verdes es la de
una partido que nunca ha abordado realmente la contradicción entre la
sostenibilidad ambiental y el expansionismo económico inherente a la acumulación
capitalista, y se ha esforzado en predicar el “evangelio de la eficiencia”, el
ferviente apoyo a los mecanismos de mercado y a las soluciones tecnológicas,
iluminando así el camino hacia un supuesto “capitalismo verde”. Todo ello, sin
desarrollar un horizonte claro de emancipación universal.

Con mi crítica he querido arrojar un poco de luz
sobre la falta de credibilidad de este tipo de planteamientos por hacer caso
omiso del contexto socioeconómico actual. Sólo lidiando seriamente con
cuestiones como el “capitalismo” y el “poder”, encontraremos soluciones reales
a la problemática ecológica. Pero, además, plantearnos un horizonte energético
renovable conlleva inevitablemente preguntarse sobre el papel que puede tener
la ciudadanía en todo ello. Poner al ciudadano y a las comunidades en el centro
de este proceso es una oportunidad para lograr la transición energética. Hay
que aprovechar la coyuntura para potenciar mecanismos que logren hacer posible
la participación activa de la gente en proyectos de generación y consumo
responsable de energía renovable. Su empoderamiento permitirá no solamente
afianzar la transición, sino también dotarla de una dosis democrática
trascendental. Supondrá, en suma, garantizar el control social de los procesos
que requieren los humanos para garantizar su supervivencia en este planeta.

Notas:

(1) Magdoff, F., & Foster, J. B. (2010). What
Every Environmentalist Needs to Know About Capitalism. Monthly Review, 61 (10).
Disponible en: http://monthlyreview.org/2010/03/01/what-every-environmentalist-needs-to-know-about-capitalism.

(2) Schumpeter, J. A. (2010). ¿Puede sobrevivir el
capitalismo? La destrucción creativa y el futuro de la economía global. Madrid:
Capitán Swing Libros.

(3) García Breva, J. (2013). El Tea Party eléctrico. Energías
Renovables. Disponible en: http://www.energias-renovables.com/articulo/el-tea-party-electrico-20131022.

(4) García Breva, J. (2014). Una proposición
indecente. Energías Renovables. Disponible en: http://www.energias-renovables.com/articulo/una-proposicion-indecente-20140211.

(5) Dobson, A. (2003). Citizenship and the
Environment. Oxford: Oxford University Press.

(6) Jachnow, J. (2013). ¿Qué ha sido de los verdes
alemanes?. New Left Review (en Español), 81. pp. 99-123.

Sebastià Riutort,
sociólogo, es investigador en la Universidad de Barcelona y activista social en
los campos del ecologismo y del cooperativismo.

Fuente:

http://www.sinpermiso.info, 17 de agosto 2014″

Source: Réplica a una ocurrencia más del capitalismo verde – Sebastià Riutort | Sin Permiso