Esta mañana salía de casa a comprar algunas cosas y decidí tomar antes un café en el bar de la esquina (porque te atienden por la ventana que da a la calle, haciendo posible tomar tu café con aire fresco y un cigarro -oh, ironía!-). Frente a la ventana ya estaba un par de señoras del barrio hablando un poco de todo. Una de las señoras tenía, calculo yo, cincuenta-y-largos; pelo rizado largo teñido de rubio, piel algo morena y curtida, pintalabios de color vivo y ojos con una sombra azul bastante extensa. Tenía puesto su abrigo de colores claros y vivos mezclados de forma extraña, y terciado su bolso. La otra señora, hablante principal de la situación, creo que tendría sesenta-y-largos. Vestía también un abrigo, lago y azul; una ‘pinta’ sobria en comparación con su acompañante. No lleva maquillaje y el pelo es corto con tinte de color rojizo oscuro; su piel es más clara.

 

Cuando llegué, la conversación era sobre religión y muerte. La primera comenta que no cree en la religión y no comprende cómo la gente se emociona y llora frente a una estatuilla minúscula de una virgen -La Pilarica-… “¿porqué lloraís, qué cojones os pasa?!”. Pero afirma que no quiere que, después de muerta, su cuerpo lo tiren en una fosa sin más; dice que siempre ha creído en “algo”, que no puede ser que uno muera y ya está. “Un hueco en una pared fría”, responda la segunda, “y ya está”. Asegura que le da igual lo que pase con su cuerpo y que desea que su hijo se desentienda del cuerpo y de los sufrimientos una vez ella muera. Pregunta a su amiga “¿algo cómo qué?” frente a su creencia. Se declara no creyente, pero empatiza con el sentimiento/emoción de las personas religiosas; hace énfasis en el respeto a las personas religiosas e intenta explicar a su amiga el porqué del llanto frente a la estatuila.

 

Siento ganas de señalar cómo nos creamos conceptos -la gente viva- frente a la muerte -de las demás personas-. Cómo antes quería que me incineraran pero ahora prefiero que me entierren ya que incinerarme implica un coste monetario y energético alto mientras que enterrarme implica que mi cuerpo regresará su contenido energético al ecosistema -reflexión robada a Neil deGrasse Tyson-. Cómo, siguiendo la reflexión anterior, me da igual si mi cuerpo lo tiran en un hueco cualquiera. Pero siento que mis ideas no tienen porqué importar en esta conversación, y decido simplemente comentar cómo mi madre comenta desde hace años que prefiere la cremación para evitar el penoso evento de visitas -llenas de sentimientos innecesarios- a una placa conmemorativa.

 

Luego, a partir de un comentario de la primera señora sobre las fosas comunes para quienes no pagan nicho en el cementerio, la segunda mujer nos explica, a partir de la experiencia con su ex-marido fallecido, que eso no es así -cada una saca un cigarro y lo enciende… el mío se apagaba constantemente, pues mi atención en la charla me distraía del fumar-. Se había divorciado de él hace ya un tiempo, pero un día la llamó y le dijo que tenía un tumores en pulmones y cerebro… y unos tres meses de vida; que “no quería morir solo, como un perro”. Le cuidó durante ese tiempo, y la falta de dinero al momento de su muerte le enseñó que no es necesario el inmenso pago que usualmente se afirma requerir. Después de una larga exposición de su punto se adentra en la historia con su ex-marido.

 

Dice que tardó mucho tiempo en darse cuenta de que no quería estar con él; que se debió haber divorciado antes. “Nunca me pegó, eso hay que decirlo”, pero simplemente “no era un hombre para estar casado… le gustaba salir sólo, no le gustaba trabajar”, la trataba mal incluso cuando ella le cuidaba en su lecho de muerte: “déjame, que no tengo hambre!…  ¿porqué has tardado tanto?! qué has ido, hasta Francia para hacer la compra?!”. “El que es capullo lo es hasta el día de su muerte”, refuerza la amiga. La historia continua con cómo el hijo -para aquel entonces de 30 y algo- no comprendía ni soportaba que su madre se dejara tratar así cuando estaba dándole a su padre el cuidado que nadie más le daría. “Suficientes agonías tiene ya, hijo, déjalo”, le decía; y afirmaba que “podría preguntarse lo que quisiera y tener mucha rabia, pero estoy segura de que aprendió integridad humana”.

 

“Eso sí, no me voy a quitar mi parte de culpa, que la tengo. No veas si era cabrona, yo. Cuando estábamos en casa con mi hijo y escuchábamos el motor de su coche llegar, nos mirábamos  con gesto mutuo de ‘ya está aquí otra vez, qué mierda’. De algunos trabajos que hacía, que me ganaba mis pesetas… sólo para quitármelo de encima, cogía una parte y se la daba para que se fuera de copas!”. Las tres reímos durante un rato. Poco después se acercó un señor algo mayor que las señoras, de bigote blanco. Había llegado al bar un rato antes, saludado fugazmente nuestra tertuliana principal, y se había ido por un café y el periódico. Mientras hablaban de las cabronadas de la vida y los maridos -en tono ya alejado de la muerte- interrumpe el señor y pregunta “¿ya se ha ido mi hermana de lengua?, que llegue hace 15 minutos y no me ha dicho ni hola!”, y ríe. Se abrazan y se dan un beso fraternal. Ella responde diciendo que se la pasa en casa sola hablando con los animales, que cuando sale como hoy se desahoga.

 

Cuando tuvo que encargarse de su ex-marido le fue necesario cambiar de piso (de Gracia al actual Poble Sec) y fue su hermano quien, poco después de la muerte de su esposa por cáncer, le colaboró económicamente para cuidar a su hombre-tormento en su camino a la muerte. Afirma que le ha dicho a su hijo que si muere en el hospital, se despida de ella ahí mismo y se olvide de lo demás, “los del hospital se encargarán”. El hijo le dice que se emborrachará 3 días; ella está de acuerdo en que es lo mejor. “Hasta luego, señoras, un placer escucharlas…” digo a la par de un gesto de saludo con la visera de mi boina mientras me retiro a seguir con mis compras. Cuánto universo en el pequeño mundo de un café esquinero.