“Si algo quedó claro tras las elecciones presidenciales, no es que el país esté dividido en torno al proceso de paz, sino que la retórica política mediante la cual se irradia una imagen intencionalmente distorsionada del mismo es una estrategia electoral exitosamente polarizadora. Estaríamos divididos en torno al proceso de paz, si lo que nos enfrentara no fueran las burdas pero efectivas caricaturas que dibujan los discursos de medio minuto o 140 caracteres de algunos de nuestros políticos y opinadores; si no fueran solo sombras sobre las paredes de la caverna.

 Lo que nos divide es que nos dejamos manipular por quienes juegan a la satanización del proceso mediante el uso de una legendaria herramienta para la movilización de masas, la retórica de la falacia, de la venganza y del miedo (la entrega de la patria, la paz con impunidad, la amenaza castrochavista). Y lo que nos divide también son las reacciones instintivas ante tal embate, que fácilmente nos conducen a exagerar las aspiraciones que realísticamente podemos depositar sobre el proceso de paz, o a trivializar sus imperfecciones y complejidades, o estigmatizar a quienes lo critican.

Habiéndose negociado acuerdos sustantivos en torno a dos puntos clave de la agenda, desarrollo agrario y drogas ilícitas, y habiéndose llegado a una declaración conjunta sobre el reconocimiento de las víctimas y la garantía de sus derechos, el fin del conflicto con las Farc parece estar sólidamente encauzado. Aun así, es preciso recordar que en la política cualquier cosa puede pasar y que hay poderosos sectores de la sociedad, el estado y la guerrilla que tienen profundos intereses en la continuación de la guerra. Hay un arduo y seguramente tortuoso trecho por recorrer hasta la firma del acuerdo final, su refrendación por parte de la ciudadanía, y la implementación de lo acordado.

 En este contexto, pienso que es un deber de quienes queremos que finalice el conflicto y creemos que ello es un paso grande y crucial hacia la construcción de una mejor sociedad, activarnos, convertirnos en agentes de paz.

Si bien solo unos cuantos cargan sobre sus espaldas con la responsabilidad de la conducción de las negociaciones, todos somos protagonistas de la construcción de la paz dentro de nuestra cotidianidad. Los ciudadanos somos los protagonistas de la discusión pública que gira alrededor de lo que acontece en La Habana, seremos los protagonistas esenciales cuando tengamos que votar para refrendar el acuerdo que le ponga punto final al conflicto con las Farc, y seremos los protagonistas vitales cuando haya que convertir ese acuerdo en realizaciones prácticas.

Adoptar una actitud activa como agentes de paz, reconociendo nuestro papel protagónico en la superación del conflicto, es asumir un compromiso cotidiano con la verdad, la compasión y la esperanza.

Comprometernos con la verdad significa no caer en la irresponsabilidad de creer ni repetir irreflexivamente cualquier pieza de información o meme que nos llegue, sin evaluar críticamente la credibilidad de la fuente, la intención del mensaje y la veracidad de lo que se está intentando poner en circulación en la arena pública.

Comprometernos con la verdad no significa estar a la saga de una única narrativa que nos ofrezca la coherente comodidad de las certezas, sino atrevernos a desplegar nuestra capacidad de asir la complejidad, contemplar con tranquilidad las contradicciones naturales del universo social, y dudar sanamente de lo que a primera vista nos plazca o nos parezca evidente. “No hay nada más engañoso que un hecho evidente”, solía decir Sherlock Holmes.

Comprometernos con la verdad es estar siempre dispuestos a dar razón de nuestras posiciones, y estar siempre sinceramente abiertos a cambiar de posición ante mejores razones.

Comprometernos con una actitud compasiva exige hacer uso de nuestra facultad de ponernos en los zapatos, incluso en la piel, de los otros; sobre todo de quienes han sido víctimas del conflicto, y, más aun, de nuestros contradictores o aquellos que encarnan nuestros odios y temores.

Ser compasivos no implica justificar las injusticias, sino reconocer el poder de las situaciones en la explicación, tanto de los discursos que muchos adoptan por fuerza del desconocimiento, las emociones o los intereses, como en la explicación de los trágicos y terribles actos que han ocurrido en el vórtice de la degradación de la guerra, tan incomprensibles desde fuera, tan imperdonables desde la injusta libertad de la distancia.

Y comprometernos con la esperanza es dejar que ella encarne en nuestras propias palabras y en nuestras propias acciones; es asumir el riesgo —porque lo es en el seno de una cultura de la fuerza— de adoptar un comportamiento cívico y moral, pacifista y no violento, en nuestra vida y nuestras conversaciones cotidianas.

Comprometernos con la esperanza significa no ser selectivos con la memoria, no sucumbir ante las tentaciones de la ignorancia intencional, no contribuir en la proliferación de un realismo cínico (las cosas son y serán como son), sino participar en la construcción colectiva de la imaginación optimista de un lugar, de un país, en el que las cosas puedan ser diferentes para todos, por igual.”

Source: Cómo ser agentes de paz – Las2orillas