“Le pidieron a Álvaro Uribe en La W que explicara en qué consiste exactamente su llamado a la “resistencia civil” contra lo que él y los suyos llaman “la entrega del país a la Far”. No respondió. Habló de otras cosas, como suele.

Dijo que la corrupción le parece muy grave. Que él es un hombre honorable que “hace poquito publicó lo que tiene en el extranjero y de dónde, etcétera”.

Dijo muchas veces la palabra “etcétera” y la palabra “grave”. Y unas cuantas, sorprendentemente, la palabra “canibalismo”, que tal vez confunde

con “vandalismo”. Dijo que nunca ha dejado de ser “un liberal de la base”. Dijo que las estadísticas del desempleo –y citó varias– “no se pueden desvincular de lo de La Habana”. Y que lo de La Habana no marca el fin de una guerra, porque aquí no ha habido ni guerra ni conflicto, sino un “desafío narcoterrorista al Estado de derecho”. Y que su oposición al acuerdo se debe a que no es un acuerdo, sino “una claudicación”.

También hizo, como también suele, acusaciones malévolas. Esta vez a la canciller María Ángela Holguín, que según él anda sobornando periodistas. Cuando los de La W le pidieron los nombres de los sobornados, anunció que “oportunamente se conocerá la lista”. Insinuó sucias complicidades, y le aconsejó al “doctor Bruce” (Mac Master, presidente de la Andi), “él sabe por qué menciono su nombre”, que “ojalá no se preste a ese delito”. Habló de la creciente desmoralización de las Fuerzas Armadas. Esta vez no abusó de la palabra “patria”: solo la mencionó tres veces en una hora de entrevista. Reveló que está entregado al “abuelazgo”, y que ya es cuatro años más viejo que el general Miranda cuando este encabezó la guerra de Independencia en Venezuela.

Pero sobre lo que le preguntaban sus interlocutores, sobre la “resistencia civil” que ahora predica, solo dijo vaguedades. Que tiene que ser “pedagógica”, y que tiene que ser “permanente y sistemática”: “En las cortes, en las calles, en los organismos internacionales, en las elecciones”. Creía uno estar oyendo a Winston Churchill llamando a la batalla contra los nazis: “Pelearemos en las playas, pelearemos en los campos y en las calles, pelearemos en las colinas…”.

No es Churchill, sin embargo, el modelo de Uribe en este caso. Dentro de las vaguedades, dio una pista sobre sus fuentes de inspiración: el teólogo católico santo Tomás de Aquino, quien “hace varios siglos propuso la resistencia civil”, y el caudillo conservador Laureano Gómez, quien tiene “unos escritos bien importantes sobre la resistencia civil”.

Lo que propuso santo Tomás, o, más exactamente, justificó en casos extremos, fue el tiranicidio: “Algunos piensan –escribió en su ‘Gobierno de los príncipes’– que es virtud de fortaleza el matar al tirano”. Los “escritos bien importantes” de Laureano Gómez sobre el tema deben ser sus famosos, e infames, llamados a “hacer invivible la república” bajo los gobiernos liberales de los años treinta y cuarenta. Los cita el historiador James D. Henderson en su libro La modernización en Colombia. Un artículo de fines de 1933 (cuando Gómez volvía de ser embajador en Alemania del gobierno liberal de Olaya Herrera contra el cual llamaba a resistir): “Nuestro deber (el de los conservadores) es hacer prácticamente invivible el ambiente de la república”. Y un discurso en el Senado el 15 de septiembre de 1940, bajo el gobierno de Eduardo Santos, anunciando la política de su partido: “Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal (…) y haremos invivible la república”.

Dos días después le respondió Alberto Lleras: “Es el régimen de la amenaza… (La amenaza de la guerra civil ante cualquier medida del gobierno que molestara a los conservadores). Una república se hace invivible cuando los extorsionistas se convierten en amos”. Y en el debate subsiguiente Gómez fue todavía más lejos invocando, como hoy hace Uribe, la autoridad de los teólogos en defensa del tiranicidio (en ese entonces contra el tío abuelo del actual presidente). Pero a la vez se quejó de que los liberales lo habían malinterpretado al entender que su llamado al “atentado personal” era una invitación al asesinato, cuando “su verdadero nombre técnico es ‘defensa personal’ o ‘defensa colectiva’, según el caso”.

Como Laureano Gómez en los años cuarenta, Álvaro Uribe se ha convertido hoy en un chantajista, en un extorsionista de la amenaza de la guerra civil. Lo de Laureano llevó entonces a lo que los historiadores han llamado la “guerra civil no declarada” entre liberales y conservadores: la Violencia (el mismo Henderson tiene al respecto otro libro titulado Cuando Colombia se desangró).

A Uribe le preguntaron en La W si, en caso de que la “resistencia civil” se desmadrara él se sentiría en alguna medida responsable. Respondió con fingido asombro: “Esa pregunta no tiene razón de ser”. Como Laureano entonces, fomenta la guerra civil, pero no quiere que se diga que la declara.

Frentero que es él.”

Source: Hacer invivible la república