“El 15 de mayo de 2011, Carlos Paredes acababa de cumplir 31 años y era portavoz de Democracia Real Ya (DRY) en Madrid, una plataforma surgida del descontento social generalizado y que exigía un cambio radical en el rumbo de la política española. A él mismo le gusta decir que se convirtió en uno de los interlocutores del movimiento más combativo y numeroso de la historia del país “de forma accidental”, por ser una persona acostumbrada a decir lo que piensa sin rodeos y “subirme a un camión a expresar lo que pensaba”. Carlos recuerda que las primeras horas de aquella multitudinaria concentración que abarrotó la Puerta del Sol de Madrid no fueron nada mediáticas. “Se habían dado tres o cuatro entrevistas a emisoras muy pequeñas y poco más”, afirma. Pero ese 15 de mayo de hace cinco años, “aunque en realidad todo transcendió el 17”, aquel día que pasó a la historia como el 15-M, se subió a un camión en la calle Alcalá y entonces descubrió una panorámica de la plaza madrileña que le dejó congelado. “Ni yo ni nadie lo esperaba. Aquello me provocó una sensación doble. Por un lado emoción, al ver cómo miles de personas todas las edades y condiciones habían respondido a la proclama de tomar las plazas, todos con una expresión de esperanza en el rostro. Pero por otro lado me dije a mí mismo dónde me había metido. Sin buscarlo, me encontré con una responsabilidad que no esperaba”, indica.

Aquella concentración masiva de ciudadanos, miles de personas anónimas unidas por un invisible cordón de hastío hacia unas formas corruptas y casi autocráticas de hacer política, se extendió como la pólvora al resto de ciudades españolas. A Barcelona, a Sevilla, Murcia, Bilbao. Como una corriente imparable y sin fecha de caducidad. El eslogan estaba cuajando y “por primera vez en muchos años, el poder tuvo miedo del pueblo”, señala. Para Carlos, hoy un comercial informático para empresas con negocio propio, fueron noches duras. Nueve horas de trabajo bajo el cielo raso, organizando grupos, limpiando el suelo, atendiendo a toda la prensa nacional e internacional desplegada y negociando con la policía que acordonó el inmenso recinto de la pacífica protesta.

Como Dani, otro de los indignados que llegó a la Puerta del Sol con una mochila y allí se quedó hasta que días después les desalojaron por la fuerza, mandando mensajes desde su IPhone4, cobijado en la techumbre de hule que los acampados montaron en el corazón de la capital de España. Pero Dani, hoy ya sociólogo licenciado, no dejó sus tareas cotidianas durante las horas más efervescentes del 15M. Al despuntar el día metía sus cosas en una bolsa y se despedía satisfecho de sus camaradas: “Voy a desayunar y luego a clase. Vuelvo a las 7 de la tarde. Hasta luego”. Ahora tiene el pelo corto pero mantiene la sonrisa abierta de entonces. Dani acaba de cumplir 26 años y aunque han cambiado muchas cosas durante estos últimos 5 años siguen activas las brasas de la feroz irritación que mostraba hacia un mundo excluyente, la misma argamasa que unió el grito de miles de ciudadanos de diferente condición y procedencia: Vamos despacio porque vamos lejos. “Creo que apropiadamente se nos conoce como “la generación de los indignados”. Y si te digo la verdad, sigo indignado”, asegura.

Exhaustos por años de corruptelas en el ámbito del poder, grupos de izquierda, socialistas, comunistas, anarquistas o desideologizados compartieron la esperanza de forzar la regeneración de una clase política que consideraban agotada. Y desde Sol impulsaron un mensaje de prosperidad futura para todos. Todo muy en serio aunque sin perder la diversión. En la plaza, no sólo se hablaba de la magnitud creciente de la protesta, un acontecimiento de gran calibre que comenzó a traspasar las fronteras de España, se discutía de todo y se organizó el recinto como una suerte de aldea, con su casa de socorro, comedor, sala de proyección y hasta guardería. “No tenemos miedo”, clamaban los acampados a las televisiones alemanas, italianas, venezolanas, británicas y francesas que allí estaban.

Hoy, cinco años después, alguien ha colocado un cartel en el suelo en memoria de aquellos hechos. La lluvia lo ha humedecido pero no ha borrado los mensajes que cubrían la marquesina de cristal de entrada al metro. “Si no nos permitís soñar, no os dejaremos dormir”, rezaba una proclama emocional de la revuelta. Sin embargo, durante aquellas noches de insomnio no hacía falta añadir advertencias de que podían ser desalojados en cualquier momento. Dormían con un ojo abierto y otro cerrado. “Desarrollamos la facultad de utilizar de manera autónoma los dos hemisferios del cerebro”, añade Dani con una sonora carcajada. Comunicados de forma implacable eran conscientes del recelo cada vez mayor de los dos principales partidos políticos del país.

El cuarto día de protesta, la Puerta del Sol era el foco mundial de una pacífica batalla, el pulso más enérgico al poder desde la llegada de la democracia y que algunos no esperaban. “No nos quedaba otra posibilidad. El deterioro social era tan grande y las perspectivas de cambio tan utópicas que necesitábamos visualizar una protesta mayúscula y organizarla bien”, afirma Carlos, de DRY. Allí no había debates sobre teoría política. Había ideología, es cierto, y algunas banderas pero sobre todo ello estaban las personas, los ciudadanos, los individuos, la desobediencia. “Exigíamos participar en las decisiones, en la gestión, en la justicia. Sin disfraces ni promesas”, remacha Dani.

Decidían en régimen asambleario, en diferentes grupos que discutían en las esquinas y aprobaron proyectos educativos igualitarios, una sanidad universal, una economía al servicio de la gente y no del gran capital. Las ideas que allí brotaron contenían elementos revolucionarios del siglo XXI y determinaron la evolución del movimiento a lo largo de los siguientes años. Y, a juzgar por el resultado, algo quedó. “Surgió Podemos pero no todos los que participamos estamos de acuerdo con ello. Quizá los de DRY sí pero otros muchos seguimos al margen, convencidos de que son los movimientos sociales quienes tienen que seguir liderando un cambio que aún no se ha producido”. Quien así habla es Irene Rodríguez, enfermera de 28 años y que actualmente forma parte del colectivo Sí a la sanidad universal, un grupo incansable en la tarea de revertir la norma impuesta en 2012 por el PP de excluir a miles de migrantes de la cobertura médica pública.

La percepción de Irene sobre el 15M es nítida y certera. Ella formó parte del grupo, “unas 50 o 60 personas”, que colocó los primeros toldos en la Puerta del Sol, aquella noche cálida de mayo de 2011. Cuando despertó sobre un cartón ya no hubo forma de desembarcar de aquel buque en movimiento. Llevaban una carga explosiva entre las manos, como era la reconstrucción de un Estado del bienestar deshecho. Al día siguiente había 500 acampados y el 17 ya eran un ejército dispuesto a defender la dignidad y los derechos sociales. Dos ideas que, en opinión de Irene, siguen desterradas del juego político actual. Pero recuerda el programa de debate y cuáles eran sus metas. La vivienda fue uno de los epicentros de la discusión. Como lo fue la reforma fiscal a favor de las rentas más bajas, la modificación del impuesto de sociedades y la necesidad de la Tasa Tobin para frenar la especulación financiera y las transacciones internacionales de capital que hoy han mostrado su veneno en las filtraciones de Panamá.

“Algo de aquello quedó. Por ejemplo, la cultura política de la gente que participó en la protesta y aquella sensación maravillosa de que es más importante poder hacer que tomar el poder”, comenta antes de añadir las diferencias que la separan de la estrategia de Podemos. “Tiene su parte de culpa en la desmovilización social actual. La creación de los círculos como centros de debate desarticuló los movimientos sociales. Los que defendemos un sistema horizontal de decisión quedamos apartados porque el partido derivó en verticalidad tradicional de las organizaciones políticas”, explica. Irene cree más en la acción libertaria, en el régimen asambleario, la espina dorsal del 15M, “que resultó ser muy enriquecedor porque arrinconó a la teoría política”, añade esta mujer abierta y brillante.

Irene rememora la situación institucional aquel 15 de mayo de 2011. El Gobierno estaba en manos del PSOE. El presidente José Luis Rodríguez Zapatero daba sus últimos coletazos asediado por una crisis bestial y un PP ávido por regresar al poder. La derecha, que preparaba la mudanza de Mariano Rajoy a La Moncloa, veía a los indignados como un grupo de alborotadores sin identidad, sin líderes, sin propuestas ni experiencia. Los despreciaba.

Pero en las plazas plantaron cara al viento de algunas provocaciones malintencionadas. Dani, el sociólogo, recuerda con detalle una escena que a su juicio retrata el aroma primaveral que se respiraba aquellos días en Sol. En la entrada de una librería, una señora bien vestida felicitaba a un grupo de indignados que exhibían sus manos al aire como pájaros que echan a volar. “¿Por qué me gusta esta protesta?”, respondía la mujer a la prensa, “porque están demostrando que los príncipes de este país, los que han vivido en una torre de cristal, al fin han despertado”, concluyó con una enorme sonrisa. Los príncipes a los que se refería eran los miles de jóvenes, estudiantes universitarios muchos de ellos, que se estaban rebelando contra el individualismo y el conformismo de una sociedad cada vez más desigual e injusta.

Otra fotografía de aquellos días surgió de una de las tiendas levantadas improvisadamente en la plaza. De su interior emergieron fugazmente dos caras. La de una joven y la de un anciano. Armados con panfletos y un enorme plano del recinto, trataban de identificar las diferentes calles bajo los toldos de hule que cubrían a los acampados de las fieras tormentas o del sol abrasador. “Tenemos las firmas necesarias para evitar el desalojo. Aquí nos quedaremos hasta el 22 de mayo”, señalaban. Entonces, la indignación iba en aumento y se alejaba del control del poder. La policía selló los accesos y los controles de identificación eran continuos.

Dani aún guarda una metáfora de aquellas jornadas que apareció en un diario. Es de El Roto y se lee: “Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron”. La mayoría de los que allí se turnaban hoy siguen identificados con esta contundente visión. Era una advertencia a los políticos. “Pese a todo, somos prisioneros de la reactividad. También lo fue el 15M pese a los eslóganes de que preferimos la lentitud porque el cambio es lento”, opina Irene Rodríguez, la joven enfermera. “Hubo definitivamente un cambio en el aire. Fueron días profundamente emocionantes”, comenta filosóficamente Carlos Paredes.

¿Qué queda de los indignados? La pregunta es inmensa y depende de muchos factores. Aunque algunos medios, como la cadena británica BBC, llegaron a compararla con las manifestaciones en la plaza Tahrir de El Cairo que forzaron la caída del presidente egipcio, Hosni Mubarak, la mayoría de los participantes son más cautos. Carlos advierte de que no conviene olvidar que aquello, a fin de cuentas, sólo fue el principio. Dani cree que nada es imposible “mientras no contradiga las leyes de la física”. Irene es la más crítica de los tres con el papel que, desde entonces, han desempeñado formaciones como Podemos, considerados los herederos espirituales del 15M, como agentes de desmovilización social. Dice que la gente puede entender que, al votarles, ya han cumplido con la cuota necesaria de activismo transformador. “Yo he decidido quedarme en la sociedad civil y fiscalizar a todos. Aun así el nacimiento de Podemos y todas las diferentes mareas es refrescante, pero no es el fin”, concluye.”

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