“La primera vez que vi a Fabián Ramírez en La Habana, me impresionó su mirada. Era la misma mirada del hombre del cartel, del aviso de “Se Busca” emitido antes del noticiero, por allá en los 90. Una mirada gris y profunda, que siempre recordaré con miedo. Ese miedo que uno ha construido por años, luego de haber vivido siempre de este lado de Colombia, donde no se vive la guerra. Compartí una tarde con él en un restaurante del Palacio de Convenciones de La Habana, donde transcurren las negociaciones de paz. “Fabián” en persona transmite otro sentimiento: habla con voz baja, es tímido, anda despacio. Si uno se lo encontrara por las calles de La Habana nunca adivinaría que es uno de los jefes militares más temidos de las FARC. Admirado estratega, odiada y codiciada cabecilla, y artífice de muchos de los grandes golpes militares que sufrieron las Fuerzas Militares en el sur del país. Me habían dicho que Ramírez antes de ser guerrillero había querido ser cura. Que era una Biblia del universo cocalero —y por extensión, del resto de eslabones de la producción de cocaína—, y que, con él, se narra buena parte de la historia militar de la guerra en el Caquetá y Putumayo. Tuve una hora para conocerlo: “Fabián”, ¿usted dónde nació y cómo era su vida antes de ingresar a la guerrilla? Yo nací en 1965 en Paujil, un pueblo que por esa época se conocía como la capital cultural y deportiva del Caquetá. Era un pueblo tan sano que la mayoría de los jóvenes y niños queríamos coger el camino del sacerdocio, y de hecho esa era mi inclinación. Allá estuve hasta los 15 años. En ese tiempo me consideraba un caqueteño católico y apostólico. ¿En qué momento termina usted en las filas de las Farc?  A mí me invitaron a arreglar un equipo de diseño hacia los lados de las sabanas del Yarí. Yo era de los pocos que sabía la mecánica de los primeros impresores que se conocieron, los Reds Rotari 450. Era la guerrilla la que me llamó, pero yo no lo sabía. Uno de ellos me dijo: ‘¿Usted puede ir a arreglar un equipo de los que usted trabaja?’. Y yo les dije: ‘con mucho gusto voy, sin ningún problema’. Llegué un fin de semana. El sábado me pasaron el equipo y en 25 minutos lo tuvimos arreglado. Ellos estaban sacando un periódico que se llamaba Resistencia, del frente 15, y yo di un punto de vista sobre cómo quedaría mejor. No iba remunerado, solamente por ayudar a los demás. Fui sin tener ningún conocimiento de qué era el marxismo, de qué era la guerrilla, nada de eso. Ellos me brindaron calor, amabilidad,  solidaridad, armonía, fraternidad… Y calladamente me fui quedando.  ¿Qué misiones militares tuvo a cargo durante su vida en las Farc? De las más trascendentales, podemos hablar de Las Delicias (1996) y El Billar (1998). En la quebrada El Billar, en Caquetá, nosotros estábamos construyendo corredores de movilización y logística. Había que hacer una vía donde se pudiera garantizar la quedada, la dormida y la alimentación. También teníamos la misión de construir un hospital sobre ese corredor. Y entonces una patrulla empezó a penetrar sobre la región de Peñas Coloradas, un movimiento que no era algo habitual. Después se desplazaron más adentro, hasta que llegaron a El Billar. Entonces dijimos: ‘Bueno, ya llegaron a la casa nuestra, hay que hacerles un digno recibimiento’. Fueron 43 prisioneros.  En el campo de batalla, el Ejército dejó muchos muertos y heridos. La Cruz Roja se demoró cinco días en llegar. Los cuerpos ya estaban descompuestos, y los heridos se murieron o se volaron.  ¿Por qué ustedes no atendieron a los heridos? Nosotros siempre prestamos primeros auxilios, pero no podíamos cargar con los heridos de la otra parte porque sabíamos que iban a ir pronto a recogerlos. De hecho, yo llamé al director de la Cruz Roja Internacional, Pierre Gassmann, y hablé con el encargado en Bogotá. Les dije: ‘mire, en el Billar hay heridos, hay muertos, entren y saquen a esa gente’. Finalmente, los campesinos y la Cruz Roja pudieron evacuarlos, pero no a todos. En esa área la gente fue enterrando muertos, porque quedaron en la casa de un señor cerca a la quebrada.  Mencionaba también la operación en Las Delicias, que para muchos analistas es un punto de inflexión en la guerra. ¿Cómo fue?  Esa historia es larga. En 1995 la tropa entró hacia la región de Concordias y asaltó a una unidad del frente 15, murieron su comandante y 12 compañeros más. Eso fue un golpe duro, que lo sentí porque yo me hice en ese frente. Y dije: “no, a estos también hay que darles una respuesta militar bastante fuerte”. Unos meses después, en un recorrido que hacíamos sobre la quebrada del Penella, mi compañera cayó herida y, posteriormente, la tropa le destapó la cabeza de un balazo. Un campesino me echó la historia. Entonces dije, otra vez, ‘hay que dar una respuesta’. Que no se entienda como una venganza, es la guerra. Nos estaban matando mientras nosotros estábamos en labores organizativas con la población… Ahí se planea la respuesta y se hace la acción de Las Delicias. Si vemos que hay gente nuestra a la que están asesinando, hay que dar una respuesta. Así funciona la guerra. Cuéntenos cómo fue la toma…  Las Delicias era una base militar sobre la ribera del río Caquetá, en zona del Putumayo, a dos horas de la base aérea de Tres Esquinas.  Y pues, naturalmente, se sentían muy seguros. Nosotros hicimos una primera avanzada de inteligencia. Pudimos conocer, en detalle, los pormenores de la vivencia de toda esa gente. Tenían cantidades de indisciplinas. Entonces organizamos un torneo de fútbol para  invitar al Ejército. Arreglamos todo para que ellos ganaran. Como el premio era una lechona y unas canastas de cerveza, y en el pueblo no había donde cocinar, tocaba ir a asarla dentro de la base. Los muchachos nuestros se prepararon como buenos cocineros. Asamos la lechona dentro de la base y logramos la penetración. Fue como un caballo de Troya… Después, con una maqueta, la inteligencia nos marcó todo. Para eso se entrenó a la gente de día y de noche. Los entrenamientos nos daban un margen de victoria bastante alto. Fueron 60 militares prisioneros, como 47 muertos, otros tantos heridos. Con lo que usted me cuenta sobre la muerte de su compañera, percibo que detrás de esa toma había una reacción alimentada por la venganza. ¿Qué tanto están involucradas las emociones en la guerra y la paz? Véalo así… si vemos que hay gente nuestra a la que están asesinando, hay que dar una respuesta. Así funciona la guerra. Es lo que estamos tratando de arreglar aquí en La Habana, que eso no se repita. Por ejemplo, si trasladamos esa realidad al escenario actual, ¿cómo es posible que todavía, mientras la guerrilla decreta un cese unilateral al fuego, manden a la tropa a que penetre en zonas guerrilleras ? Por favor… Usted está en su casa y se le mete un ladrón, ¿qué hace? Usted hace algo, aunque sea bulla, pero hace algo. Por ejemplo, en mayo de 2015, cuando se rompió el cese al fuego, mientras “Jairo Martínez” se reunía con mandos para hacer pedagogía para que conocieran lo que se está haciendo acá en Cuba, lo bombardearon. Ese tipo de acciones, generalmente, tienen una respuesta militar.  Le cambio el tema… Cuando usted ejecutó secuestros, o lo que ustedes llaman “retenciones económicas”, ¿no tuvo una contradicción con esa vocación religiosa de la que me habló? Yo no manejé el tema de los prisioneros, fueron otros compañeros nuestros. Pero le puedo decir esto, creo que donde se trata con mayor humanismo y respeto a los prisioneros es en las Farc. Si el enemigo coge a uno de nuestros hombres, lo torturan, le cogen la familia, lo asustan y le hacen de todo. ¿Usted ha visto las inmundicias que pasan en esas cárceles? Los prisioneros son testigos del respeto con el que los tratamos. Los guerrilleros tenían la orden: primero los prisioneros y después ellos. Usted escuchaba los mensajes de sus familiares por la radio, de sus hijos y esposas, mandándoles un mensaje, sabiendo que están sufriendo. ¿Usted nunca conectó su religiosidad con ese sufrimiento? Hombre es que nosotros somos completamente humanos, más que el mismo Estado.  ¿Y por qué no los liberaban entonces? Le hago la misma pregunta, ¿y por qué no liberan a Simón Trinidad? ¿Por qué a Simón lo tienen todavía bajo tierra por allá confinado? Allá en Estados Unidos dicen que son el estandarte moral del mundo. Si desde ese punto de vista nos ponemos a hablar, seguramente somos más religiosos nosotros que los que dicen respetar los valores religiosos. Esa es una respuesta que yo les he escuchado muchas veces. Así es muy difícil conectar con los colombianos que son escépticos frente a la paz. ¿No le parece necesario partir de las responsabilidades propias y no de las ajenas?  Mire, yo creo que esto es sencillo. Nosotros somos una respuesta a todas estas injusticias. A los fundadores de las Farc los obligaron a que conformaran este movimiento… De nuevo me habla de los otros… Aquí hay que sacar un día para que entre todos, todos, hagamos un acto de contrición, que cada uno diga lo que ha hecho y lo que hay que decir, que pida perdón si es que es necesario. ¿Quiénes son todos?: la Iglesia, los políticos, los industriales. Tarde o temprano se tendrá que derrumbar la idea de que hay unos solos culpables, y que somos nosotros. ¿Usted estaría dispuesto a pedir perdón? Todos estaríamos dispuestos a hacerlo. Pero lo tienen que hacer hasta los periodistas cuando informan mal, porque también han atizado esta guerra. ¿Hay un hecho concreto por el que a usted le gustaría decirle a alguien: ‘Oiga, la cagué…Perdóneme’? Sí, pero ¿qué puede decir uno? “La cagué”… Todos tenemos una responsabilidad. Como comandante, ¿cuál fue su responsabilidad?   Si usted tiene su familia y un hijo comete un error, usted le dice a su vecino: ‘Excúseme, mi hijo hizo tal cosa’ ¿ya? Desde 1984 hemos propuesto una fórmula para acabar con la coca, porque consideramos que eso es un retroceso para la revolución. Eso quiere decir que asume lo que hicieron sus hombres… ¿Y cuál es su responsabilidad individual?   La responsabilidad es de todos, hasta incluido usted. Bien, de ahí no vamos a salir, veo… Usted opera en zonas cocaleras. Se dice que es experto en coca, hasta ha escrito artículos al respecto.  ¿Cuál es la relación que tienen las Farc con la economía de la coca y de la cocaína? Desde 1984 hemos propuesto una fórmula para acabar con la coca, porque consideramos que eso es un retroceso para la revolución. Usted sabe que un muchacho después que tenga eso en sus manos, dinero para tomar trago, no va a pensar en la lucha. Uno lucha cuando ve que no hay que vestir, que un hermano se está muriendo, que la mamá está llorando porque no tiene nada que comer. Pero mientras vaya consiguiendo plata de la forma más sencilla, pues no lo va hacer. Claro que le hablo de otras épocas, porque ahorita la coca no vale nada, el campesino siembra eso para poder subsistir. En 1984 se demostró que sí era posible sustituir. En el Caguán se empezó a sembrar caucho y cacao. Pero no nos pusieron cuidado. Se conformaron comités de colonización y de transferencia de tecnología, se trabajó con los institutos descentralizados del Estado para poder desarrollar esta propuesta, pero hasta ahí llegó.  ¿Cuál es el lugar que ocupa la economía cocalera en la financiación de las Farc? No, mire, lo que pasa es que donde llegue la coca se pierden muchos valores, se pierde todo. Entonces nosotros dijimos: “hay que ponerle un orden a esto”. Usted en esa época veía en el Caguán pasar embarcaciones con millones de pesos y con miles de kilos de coca, mientras las escuelas estaban cayéndose, las vías de penetración eran malas y en los caseríos la gente no invertía. Entonces decidimos ponerle un impuesto a eso. Y decidimos que los que iban (los narcotraficantes) tenían que financiar la restitución de escuelas, el pago de maestros y un programa que se llamó Fondo de Economías Solidarias, que consistía en darle a la gente 10 terneras y un novillo para que empezara a hacer sus primeros pinitos como ganadera. ¿Ese cobro se hace solo a la comercialización de la hoja de coca o también a la producción de pasta base y los cristalizaderos, que son parte de la cadena productiva de la cocaína? Por supuesto, cada cual tenía una tarifa. Así como cada vez que alguien se toma una cerveza da diez pesos. Vea también: La isla y la selva: siete días en la mente de las FARC ¿Las Farc han exportado cocaína? Jamás, que yo tenga conocimiento. Y si alguien lo ha hecho es contra la orientación, la disciplina y los lineamientos del movimiento. El día que nosotros hagamos eso dejamos de ser revolucionarios.  ¿Cuál es el procedimiento disciplinario si ustedes se dan cuenta que un comandante o un guerrillero está traficando con cocaína? Hay un consejo de guerra. Los guerrilleros que han hecho eso se han ido de las Farc, para no responder. ¿Y cuál podría ser la sanción en el consejo de guerra? Depende de la gravedad. Hasta el fusilamiento.   Usted está sentado en la subcomisión para el cese bilateral y para la terminación del conflicto con sus enemigos en el terreno, los militares. ¿Cómo fue su sensación al comienzo y cómo ha ido evolucionando? Primero, no son enemigos nuestros. Marulanda nos educó en que los verdaderos enemigos están en el poder. Los militares son hombres que se han hecho en cumplimiento de su misión, convencidos de lo que están haciendo, pero que han reflexionado en que la guerra no es la salida. Tenemos diferencias, pero ellos también son hijos de gente humilde, pobre, que se han hecho al lado del trabajo. Bueno, pero hace dos años estaban combatiendo, y ahora están sentados al lado… Aquellos que mandan y asusan la guerra lo hacen desde un computador, desde un cómodo escritorio. Pero nosotros somos los mismos, no tenemos dificultades para llegar a un acuerdo. Cuando hay contradicciones, rápidamente salen la soluciones, porque aquí el objetivo es acabar la guerra. Vamos a acabarla. Esto que me está hablando de los militares lo está diciendo como con cierta sonrisa, con amabilidad. Me gustaría que me contara sobre el tipo de conversaciones que han tenido y las anécdotas que se dan en esa mesa… El lenguaje es muy ameno. Allá el respeto es absoluto, porque son hombres que llevan más de 30 años en la guerra, uno sabe que la conocen y que la vivieron, que también lloraron a sus compañeros, así como cualquiera de nosotros. Tenemos corazón sensible, y entendemos rápidamente eso. Hay una historia con el general Javier Flórez, quien fue jefe del Estado Mayor Conjunto y subcomandante de las Fuerzas Militares. Sé que él tuvo que ver con operativos contra usted. ¿Cómo fue ese intercambio cuando se vieron? Él estaba en cumplimiento de su misión, tenía que atacar y yo tenía que defenderme. Y si yo atacaba, él también se tenía que defender. Es muy grato encontrarse con el adversario, eso da alegría.  Incluso, uno de ellos me dijo: “Fabián, tú estabas en un punto así, yo fui el que te mandé el operativo” . Eso es bonito, no se puede olvidar.  Y eso no es pa’ odiar, es pa’ quererse más, es para decir: “Te estoy tratando de tú a tú con sinceridad.” ¿Las condiciones técnicas para el cese bilateral están maduras? Todo en la técnica va avanzando, la decisión política es la que tiene que madurar.  Entonces, ¿ambos lados ya definieron las condiciones para que no se den más bala? Ya existe el escenario. Los salones de guerra donde están los grandes mapas para planear los operativos se han cambiado por salones de paz donde se elaboran los planes para acabar con la guerra y encontrarnos como hermanos, no como soldados.

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Source: En el cerebro de las Farc (parte 1): “Fabián Ramírez” habla de cocaína y Fuerzas Militares | Pacifista