“En la segunda legislatura de Aznar, la capacidad gubernamental de crear marcos era tan fuerte que, incluso, se intentó exportar. Hubo una campaña en prensa para incitar –vamos, para presionar– a los corresponsales extranjeros a fin de que dejaran de utilizar, en el trance de hablar de ETA, alocuciones como “organización armada”, y las sustituyeran por alocuciones como “banda terrorista”, o “terrorismo”, a secas. La cultura –gubernamental, no ha habido otra desde algún punto de los 80’s– española daba lecciones al mundo. Si bien el mundo pasaba un tanto. Recuerdo una tertulia que escuché en un taxi al respecto. Diversos próceres del periodismo local volcaban el léxico gubernamental para afear la conducta de los medios extranjeros, de tal manera que llamaban “anticonstitucionalistas”, “violentos” o “antidemócratas” a medios como la BBC. Con un par. En UK, por cierto, los gobiernos conservadores ya habían presionado en vano lo suyo a los medios, incluida la BBC, para que hicieran ese cambio léxico. No lo consiguieron, en lo que es una muestra de cómo funciona una cultura no vertical. El IRA seguía siendo banda armada, y no terrorista, en tanto los medios decidieron que valorar moralmente las acciones del IRA era una competencia del Gobierno y del público receptor, pero no del medio. El medio no podía adoptar un léxico gubernamental, en tanto no era gobierno. Y en tanto, al aceptar el léxico, se aceptaban más cosas. Es decir, todo. Se aceptaba el marco de interpretación.

Bueno. Esta anécdota/cruzada viene a colación de lo fácil que ha sido para los Gobiernos españoles –y autonómicos– fijar marcos. Muchas cosas están cayendo desde el 15M, pero esa capacidad, si bien no está muy cachas, mantiene su juego de piernas. Verbigracia: en los sucesos de Gràcia, en Barcelona, ha habido medios y periodistas que han transcrito, directamente, informes y puntos de vista policiales. Es decir, léxico y cosmovisión. Es decir, marcos. ¿Son por ello malos periodistas o malos medios? No. Son inexportables y carecen de función informativa. Pero al transcribir los marcos que se les indica desde las alturas, son buenos medios y buenos periodistas españoles. Satisfacen con nota lo que la cultura española espera de ellos. Que no es información, sino reproducción de marcos. Es dramático. Pero tiene su gracia. Veamos, hermanos, cómo está funcionando la cosa con el marco “radicales”, que va a toda castaña.

¿Qué es un radical? Es la depuración de un marco anterior. En mi opinión, la cosa empezó por el marco “violentos”. Los violentos, recuerden, se creó también en la segunda legislatura de Aznar, una legislatura en la que se vivió una revolución lingüística sin precedentes en la derecha española. En la primera, FAES inició oficialmente contactos discretos con think tanks republicanos, precisamente para importación y experimentación lingüística. La creación de un léxico revolucionario, que podía satisfacer marcos gubernamentales –dar una respuesta democrática a la asunción de fenómenos no democráticos, como el racismo, la desigualdad, la violencia económica, el abuso de Estado o de empresa, la confesionalidad del Estado–, requirió una pasta considerable y años de investigación, que cristalizaron en la elección de Reagan, un político reaccionario, pero un léxico radicalmente progresista, que dejó al Partido Demócrata con un léxico triste, viejo y negativo. Durante la segunda legislatura de Aznar, esos contactos eclosionaron en una explosión y un dominio léxico apabullante. Sin duda facilitó la cosa el carácter vertical de la cultura local, siempre dispuesta a hacer lo que fuera para no desautorizar un Gobierno, para trabajar por la democracia –que tanto nos había costado traer, etc–, obrando –con responsabilidad y bla-bla-bla– por la cohesión. Tanto fue así que el presidente de un think tank, léxico republicano de viaje por la España Triunfal de la II Legislatura, confesó, admirado, que España era el único país del mundo en el que la revolución lingüística republicana había triunfado al 100%. Más que en los USA. Bueno. A lo que iba. “Violentos”. Les explico.

 “Violentos” es un ejercicio de virtuosismo. Nace, a la vez, en informes policiales, declaraciones gubernamentales y en artículos y reportajes televisivos. Glups. Creaba un campo semántico para las personas, partidos, ideas, que no era posible encuadrar en el marco “terrorismo”, de por sí muy elástico. La BBC, para referirse al entorno del IRA, hubiera utilizado la palabra “entorno” o “militante” o, sencillamente “Sinn Fein”. U otra palabra que no supusiera una valoración moral, o que tuviera un valor impreciso y, por lo tanto, se pudiera desparramar. En ese sentido, “violentos” era una palabra con tendencia al desparrame. Para significar a alguien bajo ese palabro no se precisaba que ese alguien o ese algo usara la violencia. Nacía para aludir al simpatizante de ETA pero, gracias a otras palabras mágicas, podía ampliar su campo semántico ad eternum. Como “oxigenar a ETA”. Mi favorita. Oxigenar a ETA no era teñirla de rubia sino darle vidilla y compartir sus puntos de vista, compartir su violencia. Por lo que participaba de ella –la oxigenaba– aquel que no se adaptara a las expectativas gubernamentales al respecto. Por ejemplo, el que no utilizara el léxico adecuado. El que no dijera “terrorismo” o “violentos”, y el que no los confrontara a “demócratas” y “constitucionalistas”. Poco antes de las elecciones del 2004/el 11M, “oxigenaba a ETA”, por lo que era “violento”, además de ETA –¿200 personas?–, mi mamá, los votantes abertzales, practicaran o simpatizaran, o no, con la violencia, el PNV, el PSOE, el Tripartit -ERC, PSC, IC- y, en general, todo objeto alejado del PP, salvo Rosa Díaz. Muchos electores, mucha población. Pero carente de léxico alternativo, y de medios que escucharan o, incluso, entendieran léxicos alternativos. Una pesadilla. Y un triunfo léxico.

“Violentos” tenía dos primos. Uno era “s”. Nació en la primera legislatura de Aznar, por lo que es un significante torpe. Nació, además, en el Gobierno Civil de Barcelona, como “Ley de Fugas”, u otras construcciones lingüísticas del siglo XX. La idea –mala; jamás lo hubieran hecho en la segunda legislatura– era diferenciar la violencia vasca de la catalana, en vez de unirlas en el mismo marco –“violentos”–, con lo que se hubiera ganado tiempo y dinero y efectividad gubernamental. No obstante, tuvo éxito. Hoy no sólo existe, sino que TV3 y los medios públicos y concertados lo utilizaban a tutiplén esta mañana a primera hora. En las transcripciones de los informes policiales que aparecen en la prensa a modo de artículo, se ha hecho evolucionar el término. En los sucesos de Gràcia, por ejemplo, se ha informado de que los “violentos” “antisistema” están inspirados por “un grupo de profesores universitarios”. A los que, se supone, algún día se les tendrá que hacer algo para que ceje la “violencia”. “Antisistema” es un buen léxico policial. Por lo mismo, es una mala palabra periodística. ¿Contra qué sistema son anti los antisistema?  ¿El sistema métrico-decimal? ¿El sistema de pensiones? ¿El solar? Se supone que sí. Que la partícula “sistema” de “antisistema” lo es todo. La palabra existe, se diría, para defender un sistema –muy amplio: lo es todo– antes que para explicar qué y quién es un okupa. Evita, de hecho, su descripción, que no se ha realizado. En una cultura –la catalana– vinculada al orden y la armonía desde su primera autonomía, que moduló el Noucentisme, la cultura de Estado más antigua de la Península, estar contra el orden es ubicarse fuera de la catalanidad. Vía “antisistema”, un okupa y quien lo “oxigena” –es decir, quien no le tira la caballería; quien sea señalado como tal por Govern o medios; por ejemplo, En Comú– son objetos extranjeros, no catalanes.

“Radical”, a su vez, es el otro primo de “violento”. Nace también, sincrónicamente, en informes policiales, gubernamentales y periodismo. Y lo hace, por lo que leo, como sinónimo. Por estética. Para no utilizar “violentos” en cada línea. La utilización que hace el PP para aludir a Podemos y Confluencias como “radicales” es, por tanto, un fósil de la II Legislatura PP. Literalmente, en el léxico creado en aquella época –endémico al PP y en su anciano votante, hasta el punto de que, es posible, que carezcan de la posibilidad biológica de crear otro–, significa, por tanto, ETA. Con todas las letras.”

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