“En la ceremonia de graduación del 11 de junio de 1962 en la Universidad Yale en Connecticut, Estados Unidos, el inmolado expresidente estadounidense John F. Kennedy (1917-1963) pronunció un discurso que se ha hecho célebre: “La mayoría de veces, el gran enemigo de la verdad no es la mentira –deliberada, planificada y deshonesta– sino el mito persistente, persuasivo y poco realista. A menudo nos aferramos precipitadamente a los «clichés» de nuestros antepasados y sometemos los hechos a un sistema prefabricado de interpretaciones. Disfrutamos en fin, de la comodidad de la opinión sin la incomodidad de pensar”. Dediquémonos a pensar durante la brevedad de esta columna.

Los hechos

El conflicto armado en Colombia –que se remonta a la década de 1960 (guerrilla), recrudeciéndose en la de 1990 (Autodefensas Unidas de Colombia) y aún más durante la del 2000 (Plan Colombia)– ha dejado un saldo de 6.044.200 de desplazados, según el Centro de Vigilancia de Desplazados Internos  (IDMC) de Noruega, y 1.982 masacres, según la Ruta del Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica (en convenio con Verdad Abierta). Estamos hablando de una población tres veces superior a la de Cundinamarca, de la población de Antioquia o de la del Estado de Nueva York en Estados Unidos. Colombia es el país del mundo con el mayor número de desplazados después de Siria (Medio Oriente). ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

El Centro de Recursos para Análisis del Conflicto (CERAC), por su parte, registra 105 líderes sociales asesinados solamente en 2015 por –según los testimonios– grupos paramilitares y este año ya se registraron 16 según la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ACNUDH). El CERAC, sin embargo, también registra un descenso del conflicto armadodigno no solo de mención sino también de esperanza. Colombia lleva 1.065 días sin toma de poblaciones (la última registrada se remonta al 2 de marzo de 2013 en Timbiquí, Cauca, por parte de las FARC). Colombia lleva 209 días sin retenes ilegales realizados por los Grupos Posdesmovilización Paramilitar (GPDP) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Colombia lleva 96 días sin ataques a la industria petrolera (el último ataque fue registrado el 27 de octubre de 2015, por parte del ELN). Un breve tiempo después de haber iniciado los diálogos de paz (2012) en Colombia comenzó a registrarse un descenso del conflicto armado. ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

“Proponer «resistencia civil» en contra de un acuerdo de paz es algo que merece figurar en la historia universal de la infamia”, expresó un internauta el mes pasado refiriéndose a la inclusión del absurdo en la colección de historias escritas por el célebre autor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986). Los uribistas en general critican el proceso de paz sin siquiera conocer su contenido o los puntos específicos hasta el momento consolidados (agricultura, narcotráfico, rendición de cuentas, sometimiento a la justicia) o los países mediadores, que no es Cuba solamente sino también Noruega; o sus veedores (Chile y Venezuela). También desconocen que “el proceso de negociación ha ‘prevenido’, en sus tres años, la muerte de al menos 1.500 personas, de los cuales al menos 189 pertenecen a la fuerza pública” (CERAC), es decir, a los héroes de la patria que tanto dicen llorar.

¿Hablamos de los costos económicos? Un estudio de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes –aducido por Revista Dinero en 2014– determinó múltiples perjuicios en las industrias agrícola y manufacturera y especialmente en las economías departamentales. El reconocido experto internacional en negociaciones y Premio Pulitzer, Stuart Diamond, por su parte, adujo en el pasado Congreso Internacional de Andesco en Cartagena de Indias, que el conflicto armado en Colombia toma el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) de la Nación. Estamos hablando de 75.000.000.000 dólares anuales; dinero que podría invertirse en infraestructura, salud y educación, por ejemplo. “El conflicto armado en Colombia es el más costoso del mundo”, sentenció Diamond. ¿Y recogemos firmas en contra de un acuerdo de paz (con el pretexto de la impunidad)?

Quienes se oponen a los acuerdos de paz son quienes experimentan la guerra únicamente desde la comodidad de la distancia; a diferencia de quienes la experimentan a diario como una procesión hacia la muerte desde la puerta de su casa. En lugar de recoger o de sumar firmas, señores del Centro Democrático y uribistas en general, respectivamente, recojan cifras. Abandonen la comodidad de la vista (televisión, noticieros) para adentrarse en la incomodidad de los oídos y las cifras ofrecidas por fuentes oficiales y organizaciones no gubernamentales (ONGs). Documéntense. Es lo mínimo que pueden hacer tras el eufemismo (disimulo) que caracteriza al partido, pues la semántica que comprende el vocablo («democrático») les queda cada vez más grande. (El senador Fernando Nicolás Araújo, por ejemplo, me prohibió ver sus trinos en Twitter, donde a menudo establecí críticas, tras haberle extendido la expresión del internauta antes referido.)

La ceguera

Como dijo hace un tiempo el periodista Jorge Gómez Pinilla: “Los cristianos creen en lo que no ven, y los uribistas no creen en lo que ven”. Los uribistas en general se enorgullecen de su partido Centro Democrático, pero no toleran versiones diferentes a las que proclaman y se niegan a reconocer el aparato de persecución política en que se convirtió el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) durante la administración Álvaro Uribe Vélez y el crudo derramamiento de sangre que durante el mismo periodo se produjo según la Comisión Internacional de Juristas (CIJ) de Ginebra y las fuentes antes aducidas. O el conocimiento de su atesorado expresidente sobre los múltiples delitos de quienes, durante su administración, fueron sus funcionarios más cercanos (9 condenados; 8 investigados).

Según Álvaro y sus seguidores, él estuvo en el incendio pero no se quemó; en el lodo pero no se ensució; en el tsunami pero no se mojó; en el tornado pero ni siquiera se despeinó; y las 27 denuncias registradas en 2013 en su contra ante la Fiscalía por supuestos vínculos con el paramilitarismo no son más que una sumatoria de calumnias. Dudo en la historia política de América y el mundo exista una evidencia circunstancial más contundente. La gravedad de las circunstancias la convierten en evidencia relativamente concluyente y en cualquier Estado de Estados Unidos constituye evidencia suficiente para la captura sobre la base de la «causa probable» (léase «ultraprobable»).

Ahora bien. ¿Han visto a un uribista debatiendo esto con un no uribista? Dos sordos llegan a un acuerdo sobre el aborto más rápido y en mejores términos de lo que se puede intentar con ellos con relación a la responsabilidad política del expresidente (padecen ese mecanismo de defensa que en Psicología se conoce como «negación»). Hasta el apoyo al Mesías se ha convertido en una especie de asunto personal: “Lo que es con Uribe es conmigo”, decía el Centro Democrático en 2015 durante su campaña en contra de la Fiscalía General. Parecen cada vez más una secta o una religión que un partido político. La distinción descansa en la «idolatría» (una forma de «enajenación», según el célebre escritor alemán Erich Fromm).

Mientras los no uribistas reconocen o suelen reconocer los crímenes de ambas partes del conflicto, los uribistas se gastan o suelen gastarse diciendo que la guerrilla merece un odio mayor al de los paramilitares porque los primeros ‘son más terroristas’. Les tengo noticias (no una opinión): la inmensa mayoría de las masacres en Colombia corresponde a grupos paramilitares (según las fuentes antes aducidas) así como los desmembramientos y delitos sexuales. El segundo lugar lo ocupan los grupos guerrilleros y, el tercer lugar, el ejército nacional (vea el especial de Semana.com al respecto); el cual ha actuado no solo de modo independiente sino también en colaboración con grupos paramilitares. Vaya «héroes de la patria» (con la debida admiración que merecen aquellos cuyo comportamiento militar dista varios kilómetros de distancia ética del de aquellos en cuestión).

La realidad la crean los hechos, no nuestras opiniones o ideologías políticas. Luego, no es el insulto la manera de invalidar las ideas ni la agresión física el modo de silenciarlas. Lo primero se consigue empleando la palabra y, lo segundo, no es sino una pretensión ególatra que en el fondo esconde inseguridad. «Para quien tiene miedo, todo son ruidos», consideraba el poeta trágico griego Sófocles (siglo IV a.C.).”

Source: La contradicción del uribismo