“La situación se dio el martes pasado, en medio del debate que pretendía ser de control político a la Ministra de Educación, pero que en realidad era la muestra de los dos modelos de país que están en pugna. Uno en el que el que se materializa la Constitución de 1991, como lo advirtió Claudia López en su intervención y otro en el que las mayorías defenderán la moral del país, sobre la ideología de género, como amenazó Vivian Morales. Este debate no es menor, pues tal como lo advirtiera en 1859 Jhon Stuart Mill, es sobre la libertad individual y el peligro que representa para una sociedad la tiranía de las mayorías.

Sin embargo, la interpretación más descabellada fue la que hizo Uribe, que de manera irresponsable pretendió relacionar el contenido de las cartillas con el proceso de paz con las FARC. Dijo el expresidente: “nosotros no estamos de acuerdo en que se negocie la política de género con las FARC”.

De manera ligera, el expresidente insinuó que las cartillas hacen parte de una conspiración comunista gestada desde el Ministerio de Educación, citó a Hegel, a Engels y por último a “Gramsqui (sic), el comunista italiano, quien llama a lumpenizar la sociedad para crear la sociedad comunista y desde ahí destruir la familia”. Uribe, como si la Guerra Fría no hubiera terminado en Colombia, convirtió el tema de las cartillas en una estrategia para “demostrar” que el gobierno de Santos estaba entregando no solo el país a las FARC, sino también la formación y la moral de los niños a esta organización comunista.

Podría parecer sutil la situación, pero en un país tan emocionalmente católico como el colombiano, la combinación de moral y política es una peligrosa mezcla, pues deja claro que la campaña contra el proceso de paz se disputará ahora en el terreno religioso. Así, no solo se corre el riesgo de eternizar la guerra, sino de paso negar el goce efectivo de los derechos y la igualdad que al día de hoy han logrado miles de ciudadanos en el país.

Si la preocupación por el bienestar de los niños fuera sincera por parte del expresidente, les permitiría crecer en un país en el que la guerra no es una opción, un futuro en el que no serán reclutados por los grupos armados ilegales u obligados a prestar servicio militar.

Pero no, al expresidente no le interesan los niños, como tampoco le importa el país. Seguirá leyendo su pequeño libro rojo y al igual que el pequeño libro rojo de Mao Tse-tung, se imprimirá masivamente para adoctrinar al pueblo colombiano. Así, en las próximas marchas de odio veremos a miles de feligreses alzando sus libritos, ondeándolos de cara al sol como en las mejores dictaduras. Será, como en la Gran Revolución Cultural China, la justificación para imponer las creencias de las mayorías, sobre los derechos de las minorías.”

Source: El libro rojo de Uribe | ELESPECTADOR.COM