-De 3 Octubre 2016-

Aunque está claro que no todas las personas que votaron ‘No’ se declaran uribistas, también es indiscutible que fue dicha corriente política la que marcó el discurso y estrategia de la campaña por el ‘No’. 

Puede que Uribe, de acuerdo con su propia campaña, creyera realmente que con lo acordado se entregaba el país al castrochavismo y a la ‘ideología de género’, y se concedía impunidad total. Pero ello es poco probable ya que el ex-presidente es un tipo inteligente e informado, a pesar de sus asomos de senilidad. La CPI felicitó el hecho de que no se amnistiaran los crímenes de guerra; los montos económicos para desmovilizados bajo este acuerdo eran menores y más estrictos que los que concedió Uribe a los paramilitares; Uribe ya proponía hace años amplias amnistías y participación política para desmovilizados; y personas como Henry Acosta o Sergio Jaramillo, que trabajaron con Uribe y Santos, confirman las intenciones de Uribe de lograr un acuerdo similar.

Es más probable, entonces, que el ex-presidente se haya dado cuenta en algún momento de que se había cerrado su ventana de oportunidad para firmar un acuerdo con las Farc; que había perdido su oportunidad de ocupar ese puesto en la historia. Puede que entonces pensara que la única manera de no quedarse fuera de la historia o, peor, en el lado equivocado, era montarse en los acuerdos que ya tanto había atacado. Su lugar dentro del campo político lo forzó a atacar la postura de su adversario (el Acuerdo de Paz), pero luego se dio cuenta que esa postura era justo la que necesitaba para revertir la tendencia a la baja que lo acompaña desde que dejó la presidencia: tenía que quitarle los acuerdos a Santos (¿vieron a Pachito diciendo a la guerrilla que los protegerían, cómo si él y Alvarito estuvieran al mando de los Acuerdos?).

Para que la jugada no significara su muerte política, no podía montarse al tren de la mano de Santos. El tren tenía que parar para que el señorito se montara. Uribe impulsó la falacia de la ideología de género que le trajo a sectores religiosos radicales; y apuntaló la retórica fantasmal anti-comunista de la guerra fría que hizo mella en mucha persona indecisa o predispuesta al ‘No’. Y logró convencer -de nuevo falazmente- a mucha gente de que el Acuerdo era como el fin de la historia, que firmarlo era una condena escrita en piedra; como si la discusión política del país fuese acabar con el triunfo del Sí. Logro convencer de que la muerte de su discurso era equivalente a la muerte del debate. Qué astuto es; qué miedo da.

Hizo lo que sabe hacer. Con engaños, exageraciones, falsas promesas y amenazas, y otras mañas discursivas pisoteó la razón de miles de personas, les agitó los prejuicios que sabe que no fallan… y logró que el tren parase para que él pueda subir. Y ahora toca hacerle sitio. Un sitio que no se ganó con argumentos, sino con engaños y forcejeos. Toca escucharle, a él, porque, de quienes votaron ‘No’, sólo el uribismo será llamado a negociar. ¿Creen que Alvarito no sabía esto?

¿Propondrá que toca reformular todo, como escuché decir a Jose Obdulio?. Parece poco sensato. Los mensajes de Santos y Farc muestran que hay algo de campo para discutir, pero difícilmente eso quiera decir cambiarlo todo o ‘apretar’ demasiado. Una postura muy radical de Uribe (que niegue lo avanzado) implicaría que sería el culpable de un peligroso bloqueo polarizador, cosa que no hará, porque busca salir como ‘el bueno’. Si no una reforma total, ¿entonces qué? 

El acuerdo actual cuenta con el apoyo, incluso la admiración, de importantes expertos internacionales; está formulado teniendo en cuenta la experiencia internacional y local, que no es poca en ninguno de los casos. Lo más probable es que si proponen un acuerdo entero sensato, tenga tantas similitudes al actual que se pongan en ridículo y evidencien que su campaña era un compendio de exageraciones irresponsables en busca de capital político para un barco que hacía aguas. Pero ese riesgo también lo corren si proponen muy pocos cambios.

Uribe logró sacar tajada: está en el tren. Pero se está arriesgando a exponer -si se puede más- sus mentiras y lo vacuo de su táctica política. Además, le ha proporcionado a Santos y Farc una oportunidad de oro para lucir su compromiso con la Paz, que con su altura política brillan más que el uribismo con sus indolentes festejos liderados por Pachito y su arrogancia. Y ha mostrado lo fuerte de los Acuerdos, que aguantan hasta el ataque actual. Veremos en breve qué tan honesta era la crítica uribista, qué tan pensada para el país, qué tan realista. Yo esperaba que ya tuvieran sobre la mesa una alternativa viable, no una llamada a una reunión ‘kumbaya’.

Que la altura política demostrada por Santos y Farc (ambos me caen como un zapato, aclaro), por las víctimas, y que la fuerza de unos acuerdos bien diseñados sean capaces de capear esta compleja situación no hace de la jugadita uribista un acto menos irresponsable. Aunque Alvarito haya logrado rédito, no creo que el resultado signifique un repunte del uribismo, sino que movió a gente que no se vió representada en otro lado y que votó no por, sino a pesar, de su forma sucia de hacer política. Creo que Álvaro Uribe Velez es un perjuicio para la política colombiana, y que es necesario escuchar argumentos de gente que opina parecido, pero que no piensa como él. Y esa posibilidad se abre ahora. Si Santos es realmente inteligente permitirá que Uribe exponga públicamente su propuesta, mostrando la contradicción con su propia campaña, y, acto seguido, en vez de discutir con el ex-presidente y su mal-llamado Centro Democrático, pasará a dialogar con las personas del ‘No’. Es más fácil decirlo que hacerlo -Uribe es terco y sabe jugar-, pero se puede y se necesita una política no-uribista.