“En mi columna titulada “Colombia votará Sí a la paz”, donde dice Sí debería decir No.

 ¿Qué pasó?
Comencemos por lo obvio (por cierto, “obvio” es una palabra proscrita entre mis estudiantes).
 Para muchos es “obvio” que los resultados del plebiscito del 2 de octubre reflejan la tensión entre el centro y la periferia, entre el país urbano y el país rural, o entre los espectadores del conflicto y las víctimas.

Desmenucemos un poco los datos y tratemos de profundizar más en algunos matices necesarios para abordar en su justa proporción y complejidad estas aseveraciones.

Si por la tensión centro-periferia nos referimos a la imposición de una visión de país desde Bogotá, entonces debemos notar que el resultado del plebiscito en dicha ciudad, donde el Sí ganó por algo más de 12 puntos porcentuales, contradice tal afirmación. La lógica centralista de nuestro sistema político —o mejor, la presencia diferenciada del Estado— es más compleja que la engañosa obviedad de la ubicación geográfica del centralismo histórico de nuestra ficción nacional en Bogotá.

¿Fue ésta una votación en la que se sobrepuso el céntrico “mundo andino” por encima de las periféricas “tierras calientes”? Sobre la respuesta a esta pregunta tengo muchas dudas, pues el mapa de resultados por departamentos pareciera ser más elocuentemente afirmativo que el mapa de resultados por municipios. No sé qué tan concluyentes sean los datos: Caquetá, Meta, Casanare, Arauca, Huila y Tolima votaron mayoritariamente No, mientras que Cauca, Nariño y Boyacá votaron mayoritariamente Sí.

Tampoco es claro que una opción de voto haya sido la predominante en las más grandes ciudades: Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena, Soledad, Santa Marta, Valledupar, Buenaventura, Pasto y Popayán (ciudades que agrupan alrededor de 15 millones de habitantes) votaron mayoritariamente Sí. Medellín, Cúcuta, Ibagué, Bucaramanga, Soacha, Villavicencio, Bello, Pereira, Manizales, Neiva y Montería (ciudades que agrupan alrededor de 7 millones de habitantes) votaron mayoritariamente No.

¿Qué pasaría si hiciéramos este mismo análisis entre cabeceras municipales y zonas rurales? Acá los datos parecen ser más contundentes. Según el análisis de Juan Mauricio Ramírez, “el voto mayoritario por el Sí se concentró en la Colombia más rural, la más lejana de las ciudades, con mayor presencia de población étnica, y definitivamente la más pobre.” En este aspecto, como en los otros, es necesario pasar del análisis de los datos agregados, a un examen minucioso de las microdinámicas regionales, donde muy seguramente hallaremos interesantes diferencias.

¿Y respecto a la votación de las víctimas frente a los espectadores del conflicto? Los resultados mayoritariamente favorables al Sí en poblaciones trágicamente victimizadas por los actores del conflicto armado, como Bojayá, Cajibío o Zambrano, son impresionantes. Pero también hay que tener en cuenta que nuestra guerra ha tenido impactos diferenciales, algunos de los cuáles han sido percibidos con bastante rigor en los centros urbanos; no estoy seguro de que sean tan “obvio” decir que las poblaciones de ciudades que votaron No, como Medellín o Florencia, han sido tan solo espectadoras del conflicto, que no lo han sufrido. Hay contrastes que merecen ser estudiados con mayor detenimiento. Por ejemplo, mientras que los municipios de los Montes de María votaron mayoritariamente Sí, varios municipios del Sur de Bolívar y del Magdalena Medio votaron mayoritariamente No.

¿Por qué son tan parecidos el mapa de resultados del plebiscito de 2016
y el mapa de resultados de la segunda vuelta
en las elecciones presidenciales de 2014?

¿Por qué son tan parecidos el mapa de resultados del plebiscito de 2016 y el mapa de resultados de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2014? Mi intuición  —aunada a las resonancias históricas de este otro mapa— es que lo que presenciamos el domingo 2 de octubre obedece más a las lógicas de unos órdenes políticos enquistados en los territorios, y a una consecuente identificación de las poblaciones que los habitan con unos líderes en cuyos mensajes han aprendido a confiar casi a ciegas. Pero esta compleja interacción dinámica entre estructuras y culturas políticas es un terreno que apenas está comenzando a ser explorado.

¿Y por qué casi las mismas regiones que pusieron presidente en 2014,
no lograron darle un triunfo nacional al Sí en 2016? 

¿Y por qué casi las mismas regiones que pusieron presidente en 2014, no lograron darle un triunfo nacional al Sí en 2016?

Para terminar, la abstención. Mientras que las encuestas de finales de junio vaticinaban una participación cercana al 60 % y una votación de 36 % a favor del Sí, las encuestas de comienzos de septiembre anunciaban un nivel de participación del 38 % y una votación de 78 % a favor del Sí. Es decir que, de acuerdo con lo que han señalado varios analistas, a medida que la diferencia entre el Sí y el No se ampliaba (a favor del Sí), menos personas decían tener intención de votar.

Interesantemente, ese nivel de participación del 38 % predicho por las últimas encuestas fue muy cercano al 37,43% que efectivamente se dio el día de la votación. ¿Esto quiere decir que las terribles lluvias e inundaciones que sufrieron las regiones afectadas por el huracán Matthew no tuvieron tanto que ver con la abstención, como sí tuvo que ver el cálculo racional de los votantes que percibían que su participación no sería determinante sobre un resultado supuestamente asegurado? ¿Fue esta misma lógica la que le dio la excusa perfecta a los políticos regionales y locales para no facilitar ni el transporte ni los refrigerios a los que tienen acostumbrados a sus electores cuando lo que está en juego no es la paz sino curules y contratos? ¿Hasta qué punto tuvo que ver esta percepción de ventaja incontenible del Sí con un impulso adicional y una motivación extraordinaria entre los partidarios del No, azuzados por una maquinaria de propaganda engañosa basada en la exacerbación de pasiones tan fuertes como la indignación, la rabia, el odio, la envidia, la venganza y el miedo?

Finalmente, pienso que tal vez los errores de las encuestas, la alta abstención, y el triunfo del No pueden atribuirse a una serie de condiciones que hacen que buena parte de la población colombiana, en su mayor parte nuestras poblaciones rurales y vulnerables, no puedan ejercer con dignidad sus derechos ciudadanos: la demagogia, la desinformación y los altos costos de acceder a un puesto de votación. Así, el Acuerdo de Paz fue víctima precisamente de algunos de los problemas que el mismo Acuerdo de Paz buscaba resolver.”

Source: Fe de erratas – Las2orillas