“Fue Colombia la que llegó a ella, no a la inversa. En el 2004, cuando en su país, Estados Unidos, empantanado en Irak y Afganistán, la vida política era un túnel sin salida, Lesley Gill recibió en una de sus clases a dos colombianos. Con evidencias recogidas por su sindicato, los dos hombres, en tour por varias ciudades, expusieron sobre la complicidad de Coca-Cola en el proyecto paramilitar en Colombia. En la cafetería estudiantil, a donde ella los llevó después de la charla, no quedaba ni una botella de cerveza, sólo la negra gaseosa que había sido el tema del día. Así que a punta de agua, los tres coordinaron una visita a Colombia para que en el siguiente verano ella observara por sí misma lo que acababa de conocer de oídas.

Y fue durante ese viaje por cinco ciudades que Lesley Gill, antropóloga y profesora de la prestigiosa Vanderbilt University, autora de estudios pioneros sobre servidumbre, ajuste neoliberal y terror en América Latina, se encontró en Barrancabermeja con una cultura política que creía muerta y enterrada. “A veces me tenía que pellizcar”, cuenta de sus primeras visitas a la capital petrolera. Desde entonces, todo tiempo libre de clases lo invertía en viajar a Barranca para adelantar la investigación para un libro que acaba de publicar en inglés bajo el título de Un siglo de violencia en una ciudad roja: Lucha popular, contrainsurgencia y derechos humanos en Colombia.

“Era la energía de la ciudad”, dice Gill sobre lo que la empeñó en el proyecto. “Llegué justo al final del último gran paro de la USO”, recuerda, y, para entonces, “la ciudad ya había sido tomada por los paramilitares, pero aún existía esta energía y esta solidaridad que yo no había encontrado en ningún otro lugar y que no entendía de dónde surgía ni por qué”. Desde ese asombro, que según ella todavía conserva pues las preguntas viajan más rápido que las respuestas, Lesley Gill habló desde Nashville sobre las lecciones que Barrancabermeja le ofrece a la Colombia comprometida con la política sin armas y la no repetición.

Le tomó más de diez años descifrar el enigma de Barrancabermeja. ¿Cuál es la repuesta?

La respuesta está en la fundación misma de la ciudad como un enclave petrolero y la manera en la que los trabajadores, no sólo del petróleo sino también campesinos y comerciantes, terminaron formando esta clase obrera heterogénea, que pasa por un cambio extremo en los 60 y 70, cuando la migración campesina a la ciudad aumenta y los empleos en Ecopetrol ya no están a disposición, entonces los paros cívicos, más que los temas laborales, comienzan a animar la lucha.

¿Para qué entender a una clase obrera tan particular en un mundo que ya no es de obreros y que no se piensa ni habla en términos de clases sociales?

En muchas ciudades de América Latina se observa fragmentación social, gente que viene del campo, desempleados o con empleos precarios, todo menos clases. Entonces nos quedamos con términos como “economía informal” o “microempresarios”. Pero yo no creo que esas nociones tengan peso analítico. Cuando observamos el presente como un proceso en desarrollo y no como un instante, podemos ver que ha habido fragmentación social antes, pero que la gente ha encontrado la forma de superar sus diferencias, de construir visiones comunes del mundo y de actuar juntos en oposición a otros grupos que consideran poderosos o explotadores. Y no quiero decir que esto suceda siempre, porque igual de a menudo las diferencias se agravan, la gente se fragmenta aún más, la solidaridad desaparece. Pero ese no era el caso de Barranca y creí importante entender por qué.

Pero ésta también es una historia de violencia. ¿Cuál fue el papel que el terror jugó allí?

El problema de la mayoría de los estudios sobre violencia es que la tratan como objeto de estudio. Ese es el caso de casi todos los informes de derechos humanos. Pero la violencia no es en sí misma, es lo que emerge de la pugna propia a la polarización social inherente al desarrollo capitalista. El caso de Barrancabermeja es extremo en cuanto a la brutalidad del paramilitarismo, a los niveles de crueldad aplicados, pero en otro sentido es muy representativo de esos procesos de destrucción de los bastiones de poder de la clase obrera, que los han desintegrado en una serie de estrategias individuales de sobrevivencia a merced de un orden predatorio. Esto es lo que ha venido sucediendo en el continente durante los últimos 45 años. Lo vemos desde las minas de cobre en Chile, pasando por Santiago de Llallagua en Bolivia, hasta Detroit, aquí en Estados Unidos.

¿Algún ejemplo concreto de cómo se vive este proceso histórico en la vida cotidiana?

Hay muchos, pero este en particular me arrugó el corazón. Le sucedió a un dirigente de Sinaltrainal con otro miembro del sindicato. Ambos eran vecinos y la esposa del dirigente regularmente le ayudaba al otro con sus problemas de espalda, consiguiéndole medicina. Cuando los paramilitares comienzan a cerrar el cerco, el dirigente empieza a perder amigos porque les daba miedo estar con él. Y en medio de ese aislamiento creciente amenazan al otro, a su vecino, y el dirigente es quien le ayuda. Finalmente, el sindicato le financia al otro el desplazamiento a Bogotá y su manutención durante un año. Al año regresa, pero trabajando para los paras, y comienza a vigilar al dirigente, a su vecino, a acosarlo, a amenazarlo, a tal punto que es él quien coordina un intento de secuestro frustrado de la hija del dirigente. Es decir, la persecución es posible gracias al conocimiento íntimo que el otro tenía de la vida del dirigente. Esta historia fue una revelación para mí, no tanto por ver esa otra faceta de la toma paramilitar, sino porque me hizo entender qué significa que la violencia venga de alguien con conocimiento íntimo de uno. El daño es mayor cuando es una traición, es más fácil de soportar cuando es anónimo.

Ante lo íntimo y emocional de la violencia, ¿qué hizo la gente para resistir?

Derechos humanos era la manera más aceptable. El problema es que el discurso de derechos humanos habla de la violencia, pero no de la política y la historia que condujeron al conflicto en primer lugar. Todo ese lenguaje de la “sociedad civil” plantea que para ser “víctima” hay que ser “inocente”, lo que quiere decir no tener relación alguna con la izquierda legal o ilegal, lo cual desvincula a la gente de sus contextos específicos de lucha y reduce el espacio de la política. En Barranca la gente perseguida se sentía menos vulnerable en compañía de extranjeros de derechos humanos. Y la verdad es que funcionaba. Pero llamarlo solidaridad sería exagerado.

Si no es solidaridad, ¿qué es?

Es una forma norteamericana y europea de clase media de hacer filantropía. Extranjeros que llegaban a Barranca protegidos por su clase, raza y nacionalidad y que no apuntaban a unir a los movimientos, sino a reemplazar, de manera muy insatisfactoria, la red de instituciones que la gente solía tener para protegerse mutuamente. Más que nada, el discurso de los derechos humanos habla de la derrota de la izquierda y sus formas de relacionarse. Era muy triste ver cómo la gente no tenía otra opción que recurrir a ONG de bajo presupuesto que de ninguna manera iban a poder responder al tamaño de sus necesidades.

¿Qué le puede enseñar el caso de Barrancabermeja al país empeñado en desarmar la política?

A lo largo del siglo XX, lo que la gente en Barranca ha buscado no ha sido otra cosa que el Estado proteja los recursos naturales para todo el pueblo colombiano y que los gobiernos jueguen un papel central en el bienestar social, en proveer agua, servicios públicos y salarios decentes para las mayorías trabajadoras. La desarticulación de lo que alguna vez fue Barrancabermeja con el paramilitarismo es en últimas el desmantelamiento del proyecto político que la ciudad encarnaba. ¿Y con qué nos quedamos? Un sistema neoliberal en el que se considera que el Estado no debe jugar un papel en el bienestar social, en el que las corporaciones tienen un espacio libre de maniobra para pagar y hacer lo que se les antoje, y en el que las redes criminales con lazos clandestinos con ese poder estatal y corporativo actúan a sus anchas.

Con semejante panorama tan oscuro, ¿cree que el proceso de reconciliación en el que está ahora invertido el país nos traerá alguna luz?

No creo que pueda haber reconciliación si las gentes a las que se les está pidiendo que se reconcilien no ven mejoras en su situación de vida. Colombia tiene que darle la cara a la contrarreforma agraria de las últimas décadas. No se trata de devolverle la tierra al campesino, porque es probable que muchos no querrán retornar. De lo que se trata es de acordar una forma más equitativa de propiedad de la tierra y de hacerla producir. El campo no puede quedar en manos de ladrones que adquirieron su riqueza con prácticas ilícitas y ahora se dedican a monocultivos que lo único que hacen es agravar la inseguridad alimentaria. Así no se construye paz.”

Source: “El discurso de los derechos humanos habla de la derrota de la izquierda”: Lesley Gill | Colombia 2020