Me cuesta creer que el gran Alfredo Molano no haya encontrado nada más enriquecedor (que una apología no muy buena de la tauromaquia) para compartir con el país. Y lo de ‘gran’ no es sarcasmo; admiro sinceramente al profesor por la riqueza y calidad de su crítica socio-política y de su labor historiadora.

Pero su columna en El Espectador titulada ‘No nos digamos mentiras’ se queda sorprendentemente corta frente al nivel de análisis y (auto) crítica al que nos tiene acostumbrados. A diferencia de muchos de sus otros escritos, este no parte de un postulado central bien construido que el autor pasa a explicarnos con detalles, datos y ejemplos. El texto que cito juega con 4 ideas diferentes; a mi juicio simplistas y poco consistentes.

La primera intenta explicar la existencia de personas que se oponen a las corridas y el por qué no entienden a quienes les gusta dicho espectáculo: son “seres solitarios y tristes” de las grandes ciudades que aman a las mascotas y, creyendo que todo animal es mascota, quieren impedir que la gente del campo, la cultura popular de la que dichos citadinos están en exceso distanciados, pueda “ver a los animales con otra mirada”; es una mayoría queriendo aplastar a una minoría.

Lo de “otra mirada” es un eufemismo bastante burdo; nótese que lo mismo podría decir Trump de su forma de hacer política, y que se puede aplicar el truco a cosas mucho más macabras. ¿Queremos sociedades respetuosas de la diversidad? Claro! Pero en esa diversidad no cabe todo y cualquier cosa. No queremos la “mirada” de un político racista, misógino, etc. Tampoco queremos dinámicas sociales que reproduzcan violencias estructurales, en este caso en las estructuras culturales, mentales. No queremos acabar las culturas ancestrales africanas, pero sí la ablación de clítoris; queremos acabar penas de muerte, falta del debido proceso, ejecuciones públicas, no la existencia de las sociedades donde esto ocurre. Queremos acabar las corridas, no a las personas que las apoyan, ni su cultura en general, que es mayormente también la nuestra. Queremos acabar con esta violencia en nuestra cultura, aunque no podamos acabar de inmediato con todas las otras. No por ser incapaces ahora mismo de eliminar la violencia cotidiana (contra las mujeres, la inseguridad, la violencia animal de la industria alimenticia) dejamos de intentar acabar el conflicto armado.

Y no por tener “una tradición y un arraigo cultural” merece la tauromaquia ser aceptada. También los tiene la corrupción; y el machismo y clasismo rampantes de nuestra sociedad.

Que el profesor sugiera una contraposición entre ciudad y cultura popular… eso sí es una falacia. ¿No hay defensores de los animales en el campo ni taurinos en la ciudad? ¿Sólo hay cultura popular en el campo? Afirmarlo parece estar en contra de la definición misma de cultura popular, al menos de la definición más literal según la cual lo popular se construye en interacciones entre personas de un ‘pueblo’. Me cuesta creer que el profesor Molano no vea que el rechazo a las corridas de toros también es cultura popular.

Eso sin entrar en el peliagudo debate académico sobre ‘pueblo’ y ‘cultura popular’, que seguro el profesor conoce. Allí se cuestiona duramente la utilidad analítica de dichos conceptos, pues mezclan cantidad de variables en solo cajón, lo que hace difícil analizar cada una.

Decir, sin más, ‘cultura popular’ es plantear como monolítico algo que en realidad es diverso y complejo; es olvidar las dinámicas de poder que le subyacen. La forma más efectiva de poder no es la fuerza física, sino el ser capaz de convencer a alguien de que mis intereses son los suyos, de modo que haga lo que a mi me beneficia pensando -engañosamente- que lo hace por su propio bienestar. Con sus balcones exclusivos para empresarios y políticos (donde se negocia quién sabe qué) situados por encima de la plebe, que cree que ese espectáculo es ‘suyo’, la tauromaquia reproduce esa dinámica. Pone a la gente a pensar que es más importante que luchen para evitar la prohibición de las corridas que para exigir el fin de la corrupción o la distribución justa de la riqueza en nuestra sociedad. Lo mismo sucede con el relato ‘oficial’ sobre el conflicto, que el profesor Molano ha criticado tan agudamente.

La siguiente idea que expone es frente a la crítica de las corridas y comer carne: “de esa contradicción no pueden zafarse”. Y es innegable que el consumo de carne implica muertes animales. El profesor señala que la única diferencia entre lo uno y lo otro es que una ejecución es en público y otra en privado, donde no se ve el sufrimiento; pero esto es claramente simplista. También difieren en que las corridas son -entre otras cosas- un capricho de algunos, y la alimentación una necesidad de todas. Sin dejar de ser violenta, la muerte en el matadero por medio de martillo hidráulico es más rápida e indiscutiblemente menos dolorosa que una extendida tortura ejecutada con armas diversas. De ese hecho los taurinos sí que no pueden zafarse.

Además, aunque sean (frustrantemente) lentos, se introducen cambios en la producción cárnica que buscan menos sufrimiento: ya no es ciencia ficción una carne producida sin sufrimiento animal, por ejemplo. Sucede también con el petróleo. Usarlo para producir energía, vistas las alternativas, ya es un capricho perjudicial; pero usarlo para producir distintos materiales que nos facilitan la vida es una necesidad para una población mundial tan grande. En lo segundo suceden cambios y avances, en lo primero casi ninguno; porque la función de lo segundo es producir bienestar, la de lo primero es reproducirse y acumular sin importar las consecuencias. De modo similar, la tauromaquia busca permanecer intacta y reproducirse, no generar bienestar. Es justo el tipo de tradición que deberíamos querer eliminar.  

La tercera idea que expone el profesor dice que la tauromaquia es “una metáfora viva sobre la vida y la muerte”, “sobre las sangrientas rivalidades de la vida cotidiana”. Pero claramente representar dichas realidades no es algo exclusivo de las corridas ni otras formas de tortura animal. El teatro, el mismo fútbol (con muchas cosas por cambiar, claro), las luchas de cante como las de bullerengueros y troveros, el boxeo, son también fuertes metáforas sobre la realidad y todas tienen historia y arraigo. Como con las energías fósiles, hay alternativas mejores.

La idea final del autor es: puesto que los manifestantes hacen comentarios ofensivos y violentos a quienes apoyan las corridas de toros, es mentira que hayan sufrido la infiltración de incitadores a la violencia; que los mismos animalistas iniciaron la violencia física. Es innegable que en dichas protestas se hacen comentarios agresivos, como en prácticamente todas las protestas; también es innegable que dicha agresión también se expresa por parte de los taurinos. Pero me resulta incomprensible que el profesor Molano, profundo conocedor de otras luchas y protestas, conocedor de la infiltración violenta como forma de sabotaje de la protesta legítima crea que, en este caso, es imposible que se haya dado. Si que un manifestante haga comentarios agresivos significa que no puede haber infiltración, habría que decir que nunca ha habido infiltración en las manifestaciones en Colombia, cosa que el autor negaría contundentemente. Rechazo la violencia en la manifestación social, pero incluso manifestantes violentos no quitan la razón a los argumentos contra la tortura animal.

En definitiva, considero que el profesor escribió la columna más desde el sentimiento que desde la razón crítica (su estilo habitual); que aplica muy por encima su pensamiento crítico a este ámbito, tal vez por los vínculos emocionales (perfectamente respetables) que tenga con la tauromaquia. No por ello deja de ser un poderoso pensador; pero la sabiduría no se aplica por igual a todos los aspectos de la vida, así somos los humanos con lo que algunos llaman nuestra ‘racionalidad limitada’. Y es que, como escribió Carlo Rovelli (uno de los físicos teóricos contemporáneos más importantes) al mencionar que Einstein tuvo que aceptar correcciones, del físico y sacerdote Georges Lemaître, sobre la interpretación de su propios postulados, “también los grandes hombres se equivocan y son víctimas de sus ideas preconcebidas” (p.183). Invito al profesor y a quienes van a las corridas a reflexionar más en profundidad: para todo lo que ‘ofrece’ la tauromaquia hay alternativas mejores.

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