Los seres humanos somos animales de grandes potenciales y capacidades. Si ponemos nuestros esfuerzos seriamente dirigidos a la consecución de una meta, son muchos los casos en los que conseguimos la meta (casos de avance médicos y tecnológicos, por ejemplo)… y también efectos derivados no planificados (caso capitalismo->cambio climático).

Nos dijeron, afirmaron, que la mejor manera de lograr vida digna para cada cual y quienes nos rodean era no buscarlo directamente, sino buscando ese milagroso capitalismo que nos lo traería casi por arte de magia si nos dedicamos a la presecusión cada quien de su interés individual. Lo de buscar el beneficio individual lo conseguimos, aunque ello nunca aseguró la consecución misma del beneficio buscado, y sí el debilitamiento de los vínculos sociales. Lo de la mejor distribución y aprovechamiento de recursos y oportunidades claramente no lo logramos; no por no intentarlo, creo, sino porque la premisa sobre cómo conseguirlo estaba errada. Logramos el capitalismo que nos propusimos… pero no aquello que esperábamos lograr como efecto secundario.

Hoy vivimos en un modelo económico que produce mucho más de lo que se necesita  y que luego destruye buena parte de lo producido, casi como ofrenda para mantener tranquilos a los ‘dioses de la economía capitalista’, de modo que los precios no bajen por el aumento de la oferta (claro, pero no único caso es el desperdicio de comida por parte de grandes supermercados junto a cientos de personas hambrientas en cualquier ciudad). Vivimos en un modelo económico capaz de producir cifras macro-económicas positivas mientras los niveles de empleo y condiciones sociales de grandes partes de la población son precarios; esa sola capacidad ya debería hacernos sospechar enormemente de la funcionalidad de este sistema económico en la consecución de la dignidad para el mayor número de personas posible. Vivimos en un sistema que considera legal y aceptable que una persona compre la propiedad intelectual de un medicamento para una enfermedad grave y lo eleve a precios prohibitivos para quienes requieren el medicamento (se le está juzgando, pero no por eso). Un modelo que está matando el planeta, pues se basa en error básico de pretender el crecimiento infinito dentro de un sistema cerrado/limitado de recursos. No se trata de ignorar un principio tan básico como el de la oferta y la demanda, sino de determinar conscientemente hasta dónde permitimos que domine nuestra vida personal y social. Tampoco se trata de ignorar los avances que bajo el capitalismo se han alcanzado, sino de superarlos.

Vivimos en un modelo económico que (en los países menos pobres) tiene incentivos para que una persona joven busque una formación superior, pero también los tiene para que quienes la ofrecen cobren cantidades dificilmente asumibles por esa persona, e incentivos para que los futuros contratantes de la persona formada contraten poco y ofrezcan una retribución económica baja en relación con los costes de la formación requerida (a excepción de un pequeño porcentaje que, probablemente, habría recibido grandes pagas incluso sin educación superior debido a su posición social al nacer). En definitiva, es un sistema con muchos mecanismos que impulsan la dependencia vital, material, de las personas hacia quienes de facto controlan los recursos económicos, y pocos mecanismos que realmente impulsen el desarrollo de sus increíbles potenciales como ser humano. Un modelo económico que nos asegura que la mejor forma de lograr el bienestar de las personas es no pensar ni trabajar directamente en ello.

Conseguir lo que en realidad queremos (esas vidas dignas, ese desarrollo y explotación de potenciales humanos, esa transformación positiva para todas y entre todos) requiere un cambio bastante obvio, pero que hasta ahora hemos optado por no tomar -aunque hay que aceptar que tomarlo desde nuestra posición actual de partida no es sencillo-. Es “fácil”: necesitamos dejar de preguntar a nuestros científicos sociales cómo se mejora la productividad y se aumentan las ganancias; y preguntarles por cómo se genera y mantiene la prosperidad en unos entornos socio-culturales específicos que se articulan en redes regionales y mundiales de intercambio cultural y económico. Cuando las preguntas que nos guían busquen directamente (y no con intermediarios) aquello que queremos, empezaremos realmente a avanzar, lentamente, hacia esa meta. Es sano sospechar de quienes nos venden atajos y caminos indirectos al bienestar personal y social. No preguntemos cómo encontrar una forma ‘capitalista’ para mejorar la vida de las personas que tenemos, como sociedad mundial, viviendo en la miseria; preguntemos cómo hacer que puedan explotar sus potenciales y resolver sus problemas, en cooperación con nuestro apoyo activo y honesto… si al capitalismo eso no le funciona, es que es necesario dejar al modelo económico, no a la búsqueda seria y constante de dignidad para todas las personas.

Llevamos más de 200 años intentando mejorar la productividad y la ganancia; y las fábricas producen de maravilla -incluso más de lo necesario-, y los propietarios ganan enormemente incluso en épocas de crisis (ver aquí; ampliar discusión aquíaquí y aquí). ¿Qué tal si dedicamos tanto o más a intentar mejorar nuestro bienestar humano y la sostenibilidad de nuestro entorno?

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