En esta sección esperamos compartir material relacionado con las cuestiones amorosientas. Ese ámbito suele ser uno de los más complicados de gestionar satisfactoriamente. Carencias emocionales, faltas de comunicación, miedos, inseguridades, modelos tradicionales y un montón de otros elementos se atraviesan en el camino de cualquier pareja relativamente estables -y visitan con frecuenta incluso a las más efimeras- ya sea en un esquema tradicional del noviazgo/matrimonio o en esquemas alternativos como las parejas del mismo sexo, los triangulos -cuadrados y otras geometrías amorosas-, la poligamia/poliandria y otra serie de posibilidades.

Aunque con respeto por la decisión de cada quien, parto del supuesto que hay abundante cantidad de información y discusión sobre los esquemas tradicionales y los valores les subyacen, por lo que intentaré que este espacio sea uno en el cual se explore lo más posible las posibilidades alternativas.

Como introducción de esta sección, quiero dejar la transcripción de un texto de Herman Hesse. Se trata del titulado “Aldea”, que aparece en el pequeño libro El Caminante. Prosas, poemas y acuarelas del autor de Siddharta en la edición de 1978 realizada por Editorial Bruguera. Disfruten.

    “La primera aldea de la vertiente meridional de las montañas. Aqui empieza de verdad la vida de peregrino que yo amo, los paseos sin rumbo, los descansos soleados, el libre vagabundeo. Tengo una gran tendencia a vivir de la mochila y llevar pantalones deshilachados.
    Mientras me hago traer una pinta de vino al aire libre, se me ocurre de improvisto pensar en Ferruccio Buoni. ‘Tiene usted un aspecto tan campesino’, me dijo el buen hombre con un dejo de ironía la última vez que nos vimos, no hace mucho tiempo, en Zurich. Andrea había dirigido una sinfonía de Mahler, nos encontrábamos en el restaurante de costumbre y yo volvía a alegrarme de ver el pálido rostro de fantasma de Busoni y sentir el espíritu alegre del antifilisteo más destacado que tenemos hoy en día. ¿De donde sale este recuerdo?
    ¡Ya lo sé! No es en Busoni en quien pienso, ni en Zurich, ni en Mahler. Estos son los habituales engaños de la memoria, cuando tropieza con algo incomodo; entonces le gusta colocar en primer plano imágenes inofensivas. ¡Ahora lo sé! En aquel restaurante se hallaba también una mujer joven, muy rubia y de mejillas muy sonrojadas, con la que yo no hablé una sola palabra. ¡Ángel mío! ¡Mirarla era goce y tormento, cuánto la amé durante aquella hora! Volví a tener dieciocho años.

    De repente todo es diáfano. ¡Rubia, hermosa y alegre mujer! Ya no sé cómo te llamas. Te amé durante una hora y vuelvo a amarte hoy, durante otra hora, en la callejuela soleada de un pueblo de montaña. Nunca te ha amado nadie como yo, nunca te ha concedido nadie tanto poder como yo, tanto poder absoluto. Pero estoy condenado a la infidelidad. Soy uno de esos casquivanos que no aman a una mujer, sino al amor.

    Todos los vagabundos estamos hechos así. Nuestra ansia de errar y vagabundear es en gran parte amor, erotismo. La mitad del romanticismo del viaje no es otra cosa que una espera de la aventura. Pero la otra mitad es una necesidad inconsciente de transformar y diluir lo erótico. Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a albergar deseos amorosos precisamente a causa de su carácter irrealizable, y aquel amor que debería pertenecer a la mujer lo repartimos, jugando, entre pueblo y montaña, lago y garganta, los niños del camino, los mendigos del puente, el buey de la pradera, el pájaro, la mariposa. Separamos el amor del objeto, el amor es en sí suficiente para nosotros, del mismo modo que no buscamos el destino en el peregrinaje, sino únicamente disfrutarlo, estar de camino.

    Mujer joven de rostro lozano, no quiero saber tu nombre. No quiero albergar ni cuidar mi amor por ti. No eres el objeto de mi amor, sino su impulso. Regalo este amor a las flores del camino, al destello de sol en un vaso de vino, al bulbo rojo del campanario. Tú haces que esté enamorado del mundo.

    ¡Ay, tonta palabrería! Esta noche, en la cabaña del monte, he soñado con la mujer rubia. Estaba locamente enamorado de ella. Hubiese dado el resto de mi vida y todas las alegrías del peregrinaje por tenerla a mi lado. Y pienso en ella todo el día de hoy. Por ella bebo vino y como pan. Por ella dibujo en mi libreta la aldea y el campanario. Por ella doy gracias a dios, porque vive, y para que pueda verla. Para ella compondré una canción y me embriagaré con este vino rojo.

    Así pues, estaba dispuesto que mi primer descanso en el alegre sur perteneciera al anhelo de una mujer rubia del otro lado de las montañas. ¡Qué hermosos eran sus frescos labios! ¡Qué hermosa, qué tonta, qué hechicera es esta esta pobre vida!”

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Imágen: Traum – Roland Rafael. Tomada de: Roland Rafael Repczuk

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