“Una de las bandas más grandes de la historia del rock, aunque también una banda que pese a su enorme fama posee una discografía con la que no mucha gente se ha familiarizado del todo. Pese a que han colado varios temas en el bagaje musical de por lo menos tres generaciones y pese a que están en la lista de artistas más vendedores de todos los tiempos —en la selecta y muy reducida lista de quienes han vendido más de 250 millones de discos en todo el mundo, donde figuran por ejemplo Beatles, Michael Jackson, Elvis Presley o Led Zeppelin—, la naturaleza relativamente difícil e incluso a veces impenetrable de la mayoría de sus álbumes hace que mucha gente no tenga muy claro cuál fue la evolución de la banda o qué discos merece más la pena escuchar. Para hacer un poco de luz sobre la historia de Pink Floyd haremos un recorrido por todos sus discos oficiales en estudio —incluyendo un par de bandas sonoras— desde los inicios, cuando estaban liderados por el malogrado «diamante loco» Syd Barrett hasta el cierre discográfico definitivo del grupo, 30 años después.

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The piper at the gates of dawn (1967)

El primer álbum del grupo, el único en el que el guitarrista y cantante Syd Barrett ejerció como líder y principal compositor antes de que el abuso de los psicotrópicos dañase su cerebro para siempre. Bien, es innegable que Barrett era un individuo con muchísimo talento y que la génesis de la música de Pink Floyd fue básicamente cosa suya, aunque muchos pensemos que la segunda etapa —con el bajista Roger Waters al mando, secundado por el guitarrista David Gilmour— llegó a cotas bastante más altas. En todo caso resulta difícil exagerar la importancia de Barrett en los inicios de Pink Floyd y su brillantez como sintetizador de toda la explosión musical que se estaba produciendo a su alrededor. En muchos aspectos los Floyd de Barrett podían sonar similares a otras bandas de su generación, aunque su toque distintivo era el sobredimensionar la faceta psicodélica, hasta el punto de que emergieron como uno de los grupos más «ácidos» del momento. En cualquier caso un gran disco de debut, muy distinto a los Pink Floyd de los años 70 pero un triste testimonio de un talento malogrado por el LSD y los psicotrópicos (aquí un documento impresionante: el primer viaje ácido de Syd Barrett, filmado por sus amigos antes de que fuese publicado este primer disco). El disco obtuvo bastante repercusión en el Reino Unido y la banda empezó a dar que hablar en Europa, e incluso atrajo cierta tímida atención en los Estados Unidos.

1) Astronomy Domine: El tema que abría The piper at the gates of dawn es un fantástico ejercicio de psicodelia con el sello característico de Barrett. Pondremos aquí la versión en estudio, aunque también merece un vistazouna filmación donde la interpretan en vivo en una de sus primeras apariciones en televisión. Lógicamente es una versión más directa y menos elaborada que la del disco, pero sirve para ilustrar el carisma mesiánico de Syd Barrett y su impacto visual: el primer líder de Pink Floyd se las arregla para captar toda la atención poniendo de manifiesto que poseía todos los mimbres para convertirse en un icono.

2) See Emily Play: Canción incluida únicamente en la versión estadounidense de The piper at the gates of dawn. Al igual que otras canciones del disco como The Gnome (en cierto modo emparentada con las oscuras odiseas pueriles que John Entwistle escribía para The Who) muestra la faceta más pop de Barrett, opuesta a las largas odiseas espaciales como Interestellar Overdrive. Es posible —solo posible— que con Syd Barrett en Pink Floyd el grupo hubiese continuado en una onda similar a este tema, aunque eso es algo que nunca sabremos. See Emily play fue el último éxito en las listas escrito por Barrett, que por entonces estaba dando muestras de estar perdiendo la cabeza a causa del excesivo consumo de psicotrópicos. Por esta época, apenas publicada la versión americana del LP, el grupo se veía obligado a recurrir ocasionalmente a un amigo de la banda —David Gilmour— porque estaban iniciando su ascensión al éxito y sin embargo Syd Barret estaba poniendo en peligro el futuro profesional de la banda: tocaba completamente desafinado en los conciertos, se marchaba del escenario sin previo aviso o se presentaba inmóvil y mudo en las apariciones televisivas. Cuando grabaron este tema Dave Gilmour aún no formaba parte de la banda, pero sí estuvo presente en las sesiones de grabación y se quedó atónito al comprobar que Syd Barrett no lo reconocía en absoluto, pese a que habían sido amigos e incluso habían viajado juntos por España y Francia, sin dinero y viviendo toda clase de aventuras. Syd ya estaba empezando a flotar en su propio mundo, del que nunca regresaría.

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A saucerful of secrets (1968)

El segundo disco. Syd Barrett, hasta entonces líder indiscutible de Pink Floyd, ya no está en el grupo. La situación se había tornado tan insostenible y su estado mental se había deteriorado tanto que sus compañeros habían decidido expulsarlo. Era completamente incapaz de cumplir con sus deberes musicales y su conducta esquizoide estaba perjudicando el salto al profesionalismo de Pink Floyd, precisamente cuando estaban intentando hacerse conocidos al otro lado del Atlántico. Así que prescindieron de él por las bravas: una noche sencillamente se «olvidaron» de recoger a Syd de camino a un concierto, llevándose a David Gilmour para cubrir definitivamente su lugar. Ante la ausencia de Barrett, otro miembro tendrá que hacerse con el timón y será Roger Waters quien escriba la mayor parte de la música a partir de ahora. El resultado es evidente: el sonido de Pink Floyd se torna más solemne y menos poppie. A saucerful of secrets es un buen disco, aunque el grupo todavía está en camino de encontrar un sonido propio ahora que su anterior líder está definitivamente fuera. El disco volvió a funcionar bien en las islas británicas y ya tenían un público fiel en casa (también en Francia, una de las naciones pinkfloydianas por excelencia).

3) Let there be more light: El magnífico tema que abre A saucerful of secrets. Pese a iniciarse con un enérgicouptempo, pronto se transforma en un ritmo cadencioso teñido de los aires grandilocuentes típicos de la música de Waters, aunque aún se muestran en mantillas, con David Gilmour y el propio Waters repartiéndose las voces (Gilmour canta la melodía arábiga con su característica voz suave, y Waters, con tono más agudo, es el que canta la estrofa más rockera). Los fans que temían que sin Barrett podría no haber futuro pudieron respirar con alivio: había vida para Pink Floyd después de la expulsión de Syd.

4) Remember a day: También el teclista Richard Wright aporta sus canciones al segundo álbum, cosa que no haría a menudo en el futuro. Quizá cabe destacar esta tranquila Remember a day en la que aún podemos escuchar las guitarras de Barrett, fuera de la banda pero incluido en tres temas del disco:

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B.S.O. de la película “More” (1969)
More

Entre su segundo y tercer disco en estudio, los Pink Floyd aprovechan la repercusión de la que gozan en Francia y graban la banda sonora para un oscuro film luxemburgués, More. No es uno de sus mejores discos ni mucho menos, pero les sirve para experimentar con otros sonidos. Por ejemplo grabando algunas de las canciones más duras de toda su discografía, y ya de paso profundizan en el terreno de las baladas acústicas, que se convertirán en una de sus especialidades varios discos después.

5) Ibiza bar: Un tema inusualmente hard rock para Pink Floyd, aunque no tan agresiva como The Nile Song, en la que un David Gilmour que nos tiene acostumbrados a una voz suave y casi endeble, se desgañita berreando a gusto en lo que casi constituye un antecedente más del heavy metal (sí, sigo hablando de Pink Floyd). En Ibiza Bar no llegan tan lejos, pero también suenan inusualmente guitarreros describiendo un viaje ácido en la isla española:

6) A spanish piece: Dave Gilmour no poseía el carisma mesiánico de Syd Barrett —aunque sí más tirón entre el público femenino— ni tampoco la misma hiperactividad compositora, pero en cambio no tardó en destaparse como un guitarrista más técnico y versátil que Syd. Sirva como curiosidad esta A spanish piece en la que podemos escucharlo, guitarra española en ristre, tocando la típica imitación que los anglosajones suelen hacer del flamenco: sui generis, pero al menos demostrando que Gilmour miraba más allá de los límites del blues-rock, del pop y de la psicodelia a la hora de construir sus sonidos. Esa versatilidad será clave en el futuro sonido de la banda y aunque mucha gente que haya escuchado solamente los temas más conocidos de Pink Floyd pensarán que Gilmour es un guitarrista unidimensional, lo cierto es que ese estilo característico que terminó de perfilar a principios de los 70 fue el producto de refinar varias influencias bastante dispares entre sí:

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Ummagumma (1969)


Llega el tercer álbum y Pink Floyd parecen extraviar la dirección con este Ummagumma (la palabra del título, inventada por uno de sus roadies, era un término que utilizaban para referirse al sexo). Pero se descuelgan con un disco doble en el que muestran no pocos síntomas de haber sido contaminados por la vanguardia sesentera más petulante e insustancial. El primer volumen contiene interpretaciones en vivo —largas y sin la precisión ni poder de posteriores directos— de algunos de sus temas conocidos. Aunque lo peor llega con el segundo vinilo, la parte grabada en estudio que contiene el nuevo material de la banda: un ejemplo de experimentación mal entendida compuesta por temas instrumentales pretenciosos pero generalmente sin mucha sustancia, pasajes de piano aburridos, ruidos, vanguardia estomagante… incluso teniendo momentos interesantes —que los tiene, no en vano seguimos hablando de Pink Floyd— Ummagumma es en general bastante indigesto y falto de inspiración. Sorprendentemente, el disco recibió buenas críticas en su día (¡ah, los años 60!) y vendió bastante bien en Reino Unido y Francia, con lo que Ummagumma superó el éxito comercial de sus anteriores trabajos. Pero las ínfulas de la banda se sobrepusieron a lo que debería haber sido su principal objetivo: escribir buenas canciones. Con el tiempo, incluso los propios Pink Floyd terminarían renegando de este disco. Roger Waters lo consideró un «error desastroso» y Dave Gilmour se limitó a calificarlo como «un disco horrible, que ni siquiera estaba bien grabado». Quizá exageren, aunque no voy a ser yo quien les lleve la contraria a sus propios autores.

7) Grantchester meadows: Por incluir uno de los temas más o menos convencionales de Ummagumma, escuchemos este Grantchester Meadows, una pieza acústica —con pajaritos de fondo, lo cual siempre queda bien— escrita y cantada por Roger Waters. Siete minutos y medio que francamente se terminan haciendo pesados… parece mentira que más adelante estos mismos individuos fuesen capaces de crear piezas de casi media hora de duración que te mantenían en vilo hasta el final. Porque aquí, la verdad, no es el caso:

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Atom Heart Mother (1970)


Cuarto álbum oficial. Si la historia de Pink Floyd hubiese terminado con este Atom Heart Mother, yo mismo daría la razón a quienes todavía afirman que Syd Barret fue el único verdadero talento del grupo. El éxito del mediocre Ummagumma les convence de que deben seguir por el mismo camino, empeñados en una experimentación grandilocuente y ampulosa pero en bastantes momentos vacua y poco comunicativa. Una vez más, ínfulas y pretensiones de vanguardia, con momentos interesantes pero muchos más de escasa inspiración o de grandilocuencia rutinaria. Lo bueno que puede decirse de este disco es que de alguna manera están encaminándose hacia su sonido clásico… pero con un serio problema: faltan buenas canciones donde desarrollar ese sonido. No hay temas memorables aquí, como no los había en Ummagumma. No obstante, Pink Floyd estaban en racha comercialmente hablando y el álbum se transformó en su mayor éxito hasta la fecha: por primera vez alcanzan el número uno en el Reino Unido y escalan las listas de diversos países europeos. Incluso consiguen uno de sus grandes objetivos: dar que hablar en los Estados Unidos, donde obtienen su primer disco de oro americano. Es obvio que a su público le está sentando tan mal el empacho de psicodelia como a ellos mismos, porque cuanto más irregulares y ampulosos son sus discos, más venden. Sus autores no tardarían en renegar de este LP como también harían con Ummagumma. Roger Waters llegó a decir que no volvería a tocar piezas de Atom Heart Mother ni por un millón de dólares, arrepentido de que este disco hubiese sido la insignia de Pink Floyd durante el cambio de década. Gilmour también terminó detestando Atom Heart Mother y actualmente se sorprende de lo malo que le parece el disco. En una entrevista llegó a decir: «hace poco he escuchado este disco de nuevo, y… ¡por Dios! ¡Es un pedazo de mierda! Posiblemente nuestro punto más bajo artísticamente hablando».  No resulta extraño, pues, que hubiese alguna gente por entonces que echase de menos la aportación del ausente Syd Barrett y sus inspiradas melodías, por más que los Floyd estuviesen vendiendo más que nunca. Aunque Barrett ya estaba incapacitado para militar en una banda profesional y su estado mental era una imparable espiral descendente hacia el abismo, en 1970 grabó dos discos en solitario —con la ayuda de Waters y especialmente de Gilmour—  que ¡suenan más inspirados que lo que hacían Pink Floyd en aquel mismo momento! (eso sí, en aquellos discos se percibía claramente lo delicado de su condición psiquiátrica).

8) Fat old sun: Para que se hagan una idea de la escasa inspiración del cuarto álbum de la banda, esta desangelada Fat old sun es de lo más salvable de Atom Heart Mother, un disco que marcó una etapa de éxito pero también de extravío creativo:

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Meddle (1971)

Quinto disco. Por fin, después de dos discos deslavazados y de orientación discutible, se produce una reacción. De hecho, podemos decir que aquí comienza la etapa clásica de Pink Floyd. La banda, pese a su éxito, necesitaba un catalizador que hiciese progresar su música o ahora quizá los recordaríamos como el grupo que creativamente nunca pudo superar la ausencia de Syd Barrett. El momento de cambio llegó cuando se encerraron en los estudios Abbey Road —unos de los más avanzados de su tiempo— para grabar este quinto álbum: allí tropezaron de frente con sus propias ínfulas. Tras las primeras semanas de grabación, en las que se dedicaron a dejarse llevar por sus pajas mentales con toda clase de experimentos pretenciosos, se dieron cuenta de que no habían conseguido reunir suficiente material audible para un disco. Estaban perdiendo tiempo y dinero en el estudio llevados por las ansias de parecer más experimentales que nadie. Así que se vieron reflejados en el espejo de su propia tontería y tuvieron que cambiar de mentalidad: los experimentos por sí mismos no valen nada si no ayudan a crear piezas musicales con un sentido propio. Dicho de otro modo, se pusieron las pilas para crear buenas canciones, que es o debería ser el objetivo principal de cualquier banda. No importa que sean largas o cortas, pero las canciones tienen que tener empaque, unas buenas melodías, algo que las mantenga vivas por sí solas. Y eso fue lo que terminaron haciendo en Meddle. Grabaron varias canciones convencionales para la cara A del disco, todas ellas beneficiadas por la necesidad de inmediatez y con un mayor grado de inspiración que cualquier tema de los dos álbumes anteriores, que eran más complejos pero también más pobres en melodías a recordar. Y por más que en la cara B de este Meddle hubiese un largo tema de 24 minutos, por fin habían entendido que tenían que darle a su música unas estructuras claras y más fáciles de seguir. El resultado de todo este cambio fue el disco que rescató a Pink Floyd del marasmo de su propia tontería, dando un salto de gigante con respecto a su trabajo del año anterior. Y una vez más obtuvo buenas ventas. Por cierto, fue el primer álbum de Pink Floyd que escuché (solamente había oído la canción Another brick in the wall) y todavía recuerdo el impacto que me produjo.

9) Fearless: Uno de los mejores ejemplos de la transformación de Pink Floyd. Una suave canción acústica, melódica y lenta, como otras que habían grabado en discos anteriores… pero ahora ya no suena aburrida. Además, se dejan de ruiditos gratuitos y experimentos absurdos; ahora demuestran una gran imaginación a la hora de incluir efectos sonoros inesperados de una gran musicalidad. En Fearless nos sorprenden con una grabación de los cánticos de los aficionados del Liverpool F.C. (el famoso You’ll never walk alone) que se inserta en la canción de manera verdaderamente impactante, especialmente al final, cuando usan esos mismos cánticos para cerrar el tema: el tramo final de Fearless quizá sea uno de los momentos más mágicos de la obra de Pink Floyd.

10) Seamus: Además de contenerse con los experimentos, en Meddle deciden retornan a las raíces y graban este blues al estilo del Delta del Mississipi, pero como en Fearless deciden adornar la canción con aderezos inesperados. Porque en Seamus, el gran protagonista es… ¡un perro! Los aullidos y lamentos de «Seamus the Dog» convierten este tema o bien en el blues más triste jamás grabado… o bien en el más hilarante. Sea como fuere, Pink Floyd han aprendido que un poco de humor no les hará daño ni perjudicará su imagen, que pueden experimentar para sorprender al oyente pero sin tener que tomarse demasiado en serio a sí mismos ni convertir cada canción en un ejercicio de vanguardia inaudible. Esto sí es un experimento que nunca cansa escuchar.

 

11) Echoes: Casi 24 minutos de canción, que paradójicamente resultan mucho más fascinantes y llevaderos que cinco interminables minutos extraídos al azar de Ummagumma o Atom Heart Mother. Todavía recuerdo la sensación de sorpresa tras atreverme a escuchar por primera vez esta larguísima pieza psicodélica: contrariamente a lo que había previsto, no me aburrí ni me cansé, sino que permanecí absorbido por la canción hasta el último instante. Porque Echoes, aunque aparentemente interminable, es una canción muy bien estructurada donde las diferentes partes se suceden con sentido y de manera equilibrada. Y la melodía principal —cantada a dúo por Gilmour y Wright— es sencillamente inolvidable; quizá la primera melodía verdaderamente inmortal de Pink Floyd en los setenta. El tema surgió a raíz del sonido inicial de piano, con un efecto añadido por Richard Wright que recordaba un sonido submarino. La banda empezó a experimentar en torno a ese sonido y aunque en principio iban a desechar el resultado porque no hallaban una estructura que les gustase (quizá temiendo volver a caer en los errores creativos del pasado) terminaron dándole forma después de mucho trabajo, y por fortuna incluyéndola en el disco. Aquí no hay solo grandilocuencia de un grupo pretencioso, sino verdadera grandiosidad. En 24 minutos de increíble viaje sonoro no sobra prácticamente nada: las subidas y bajadas, los momentos intensos y los momentos atmosféricos están perfectamente repartidos, incluso los pasajes de sonidos que imitan las profundidades oceánicas con sus cantos de ballena (la guitarra de Gilmour) o el ruido del oleaje te permiten cerrar los ojos y trasladarte a otra dimensión. Echoes ocupa toda la cara B del disco pero, como digo, no se hace pesada. Todo lo contrario. Es el momento en el que finalmente Pink Floyd encuentran su sonido, su esencia y el camino a seguir. La versión del disco es muy buena, pero incluyo aquí la absolutamente fantástica interpretación que hicieron en el famoso «concierto sin público» de Pompeya, filmación que además tiene el aliciente del fabuloso montaje de imágenes del grupo mezcladas con las ruinas pompeyanas. Demuestran que Echoes funciona perfectamente en directo. No es una canción para el disfrute de cualquiera, desde luego, y requiere del oyente concentración, capacidad de evocación y fantasía (y por qué no decirlo, nunca está de más un cigarrillo de esos caseros). Pero Pink Floyd, los verdaderamente clásicos, han llegado. Y el resultado es sencillamente maravilloso: «Bajo las olas, en laberintos de cuevas de coral, el eco de una época distante viene meciéndose por la arena…»

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B.S.O. de la película “Obscured by clouds” (1972)

Otra banda sonora para dar salida a canciones más convencionales: de nuevo temas rockeros y acústicos se combinan con instrumentales más directos que lo acostumbrado en ellos. Como sucede en muchas (que no todas) las bandas sonoras grabadas por artistas del mundillo pop-rock, el nivel es inferior a lo que están haciendo en ese mismo momento en sus discos oficiales, pero aún así hay algunas canciones que merece la pena rescatar.

12) Wot’s… uh… the deal?: Una bonita balada acústica que ya tiene parte del sello inconfundible de Gilmour, aunque sigue sonando muy años 60 y al guitarrista aún le quedaban un par de discos para refinar ese estilo de canción hasta la perfección (hablo, cómo no, de Wish you were here). Una canción que nos muestra a Gilmour en el buen camino como compositor:

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Dark side of the moon (1973)

Tras la repentina resurrección creativa de Meddle, este Dark side of the moon será el disco que convierta a Pink Floyd en dinosaurios del negocio, en una banda bigger than life. Consiguen un descomunal éxito comercial: 15 discos de platino y número uno en Estados Unidos, nueve discos de platino en el Reino Unido…y así hasta completar una larga lista de distinciones en numerosos países. Pero además inspiran críticas entusiastas en prácticamente todas partes… los Pink Floyd clásicos están ya a pleno rendimiento, completamente transformados en una banda de rock progresivo sin apenas rastros de aquella colorista psicodelia sesentera de Syd Barrett pero tampoco de la prescindible pretenciosidad de Ummagumma y Atom Heart Mother. Ahora son una banda más oscura y atmosférica, todavía grandilocuente —incluso más que antes— pero en la que, paradójicamente, los matices adquieren mucha más importancia. Además, supondrá un referente para muchos otros artistas a nivel técnico y de producción. Han llegado al cenit y todo lo que de bueno tenía Meddle aparece aquí corregido y aumentado. El anterior disco era una joya, este es ya una obra maestra.

13) Breathe: Precedida por algunos de los ruidos rítmicos que serán el leitmotiv del álbum, es una canción acústica redonda, mucho mejor que casi cualquiera de las que hubiesen grabado hasta el momento. La melodía es distintiva, Pink Floyd confirman que han hallado un estilo reconocible, un sonido propio y que están sabiendo escribir «baladas 100% Pink Floyd». La guitarra de Gilmour profundiza en esos tonos largos y lentos que se convertirán en su marca de fábrica. Por cierto, el brusco final se debe a que, en el disco, está unida a la siguiente canción, el instrumental On the run:

14) Money: ¿Quién no reconoce al instante esa legendaria introducción rítmica a base de cajas registradoras y sonidos de monedas? Roger Waters se había convertido desde hacía tiempo el principal compositor de la banda, por más que los demás aportasen su porcentaje de temas, especialmente Gilmour. Pero será en Dark side of the moon donde la personalidad de Waters empiece a impregnar el sonido del grupo con matices que antes no existían o que aparecían demasiado diluidos en el conjunto. Waters se descubre a sí mismo, se suelta como escritor y el resultado son canciones casi impensables en trabajos anteriores. Esta Money es el más célebre ejemplo: aunque esté cantada por Gilmour, es una muestra de la nueva dirección que está tomando la creatividad del bajista y líder de la banda:

15) Brain damage / Eclipse: Lo dicho, el espíritu de Roger Waters se «apodera» de Pink Floyd, tanto en lo musical como en lo conceptual, porque incluye referencias cada vez más frecuentes a sus traumas y sentimientos. Esta será la primera de las varias (y bellísimas) canciones que Waters dedique a Syd Barrett, quien por entonces estaba ya recluido en casa de sus padres, ajeno a toda actividad musical, incapacitado para llevar una vida normal y asustando al vecindario con sus salidas de tono delirantes. La eterna culpabilidad de Waters, provocada por la expulsión y abandono de su antiguo compañero de banda años atrás, producirá varios de los momentos más conmovedores en toda la discografía de Pink Floyd y se convertirá en una temática obsesiva a la que el bajista regresará una y otra vez. Brain damage y su coda Eclipse servirán como escalofriante epílogo al disco, proporcionando momentos de una belleza e intensidad que la hacen destacar de prácticamente todo su trabajo anterior, al menos en cuanto a su capacidad para impactar emocionalmente al oyente. Y ya de paso nos revela que el título del álbum está también dedicado a Barrett: «nos veremos en la cara oculta de la luna»… el lugar donde Syd —el lunático sentado sobre la hierba del que habla la letra— está preso de su locura. Grandioso.

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Wish you were here (1975)

Después del descomunal éxito de su trabajo anterior —que era la clase de disco que en los 70 todo el mundo tenía en su casa—, el grupo no pierde la perspectiva. Prácticamente todos sus álbumes habían sido exitosos de manera creciente, así que la explosión comercial no los pilla desprevenidos y consiguen no acomodarse en los laureles. Waters sigue firme al timón, su química con Gilmour en diversos temas sigue funcionando a la perfección y Pink Floyd continúan enfrascados en crear grandes canciones, momentos mágicos y sobrecogedores. Una vez más, el título del disco —«ojalá estuvieras aquí»— y las principales canciones están dedicadas a Syd Barrett, lo que garantiza una nueva descarga de emocionalidad y dramatismo. Aunque este disco presenta suites de largos pasajes que se suceden, continúan preocupándose de que esos pasajes tengan sentido por sí mismos y aparezcan de manera fluida y natural. No se repiten los errores de Ummagumma yAtom Heart Mother y sí los aciertos de Meddle y Dark side of the moon. El resultado es, cómo no, una nueva obra maestra. Y un nuevo éxito comercial tremebundo, con números uno a ambos lados del Atlántico.

16) Shine on you crazy diamond, parts VI-IX: Si el final de Dark side of the moon nos dejaba apabullados con el homenaje a Syd Barrett que era Brain damage / Eclipse, esta pieza no se quedará corta. Al contrario, es incluso más conmovedora y monumental. Tras una intro atmosférica caracterizada por esas cuatro inolvidables notas de guitarra, y tras varias rondas de teclados melódicos de Wright e inspiradísimos punteos blues de David Gilmour, empieza la estrofa principal: Roger Waters vuelve a cantarle (de manera fantástica por cierto, ¡esa voz que rezuma ternura y desesperación!) a su amigo Syd, pidiéndole al diamante loco que vuelva a brillar («Remember when you were young, you shone like the sun; shine on you crazy diamond») porque todo lo que ve ahora es su mirada vacía («Now there’s a look in your eyes, like black holes in the sky»). Las estrofas cantadas de esta segunda parte de la suite Shine on you crazy diamond están entre los momentos más apabullantes en la discografía de la banda y ya de paso de cualquier otra banda de rock. Como increíble anécdota, que ellos mismos cuentan en un interesantísimo documental sobre la gestación del álbum, Syd Barrett se presentó de improviso en el estudio cuando estaban grabando precisamente esta canción. Al principio no lo reconocieron —no lo habían visto en años, había engordado e iba completamente rapado, cejas incluidas— así que en principio pensaron que sencillamente se había colado un individuo extraño en el estudio. Pero finalmente cayeron en la cuenta de que aquel tipo era Syd: al verse reconocido, Barrett comenzó a actuar como un demente y terminó marchándose, no sin demostrar que no era capaz de mantener una conversación normal. Tras la escena, Roger Waters rompió a llorar desconsoladamente. Las lágrimas asomaron también a los ojos de los demás miembros de la banda. Con ese estado de ánimo y viendo lo que habían visto, terminaron de completar la pieza. Una canción infinitamente conmovedora, con una de las mejores letras del catálogo de la banda:

17) Wish you were: Universalmente reconocida como una de las mejores baladas acústicas de todos los tiempos —al menos aparece una y otra vez en los primeros puestos de los rankings elaborados al efecto—, es otra canción cuya letra (de Waters, cómo no) está dedicada a Barrett, aunque buena parte de la música es de Gilmour, quien además pone su voz en una de sus melodías más redondas o probablemente la que más. Poco queda que decir: el tema es total y absolutamente perfecto, una de las canciones más bellas de aquella década y quizá una de las más bellas que jamás se han grabado.

 

18) Have a cigar: Un tema muy en la onda de Dark side of the moon y que por momentos recuerda mucho a ciertas partes de aquella Echoes del disco Meddle. En la letra, Waters ironiza sobre el negocio musical, mostrando una creciente vena sarcástica y crítica. Como curiosidad, no está cantado por ningún miembro de la banda, sino que la voz la pone el cantautor folkie Roy Harper. Sí, el mismo al que Led Zeppelin dedicaron el tema Hats off to (Roy) Harper y que al parecer provocaba cierta obsesión entre los rockeros británicos de la época.

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Animals (1977)

Después de dedicarle dos álbumes enteros a Syd Barrett, la banda cambia de registro. Waters aparece ya visiblemente convertido no ya en el líder, sino casi en el monarca absoluto dentro de la banda, ayudado por la creciente pereza de Dave Gilmour a la hora de aportar canciones nuevas: «Roger me decía: “bien, ¿tienes algo nuevo?” Y yo le respondía: “Bueno, la verdad es que no, dame algo de tiempo para grabar algo”». Waters, pues, decide cargar todo el peso de la banda sobre sus espaldas —aún más— y erigirse casi en un dictador. Llevado por una creciente megalomanía empieza a imponer sus opiniones al resto, a quienes solamente les quedan dos opciones: o enzarzarse en un agrio enfrentamiento, o ceder. Y normalmente —aunque no siempre— optan por lo segundo. Eso hará que la discografía de la formación clásica de Pink Floyd se transforme cada vez más en el vehículo de expresión personal de Roger Waters. Aquí compone un disco conceptual basado en Rebelión en la granja, la sátira política de George Orwell. El resultado es un muy buen disco que de primeras puede resultar menos impactante que los dos anteriores, pero que gana con las sucesivas escuchas. En su momento fue un gran éxito, como todo lo que hacían Pink Floyd, aunque el tiempo ha hecho que quede un tanto «olvidado» por haber sido publicado entre los dos mayores hitos de la banda: Wish you were here y The Wall.

19) Pigs (Three different ones): Esta larga e interesante canción es una buena muestra del nuevo sonido de la banda, más rítmico y que, al menos de forma pasajera, recurre menos a aquellos arrebatos de emotividad que habían marcado los dos álbumes anteriores, pero donde el grupo todavía se muestra en plena forma y con una dirección clara, porque la química musical entre los miembros —pese a los crecientes problemas personales entre Waters y el resto— sigue funcionando:

 

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The Wall (1979)

Waters, embarcado en una cruzada personal por la grandilocuencia y definitivamente afectado por una megalomanía imparable, continúa gobernando en Pink Floyd con mano firme ante el creciente descontento de sus compañeros, quienes como de costumbre acaban cediendo una y otra vez ante sus deseos y caprichos para evitar tener que deshacer la banda. Esta vez el dictatorial bajista decide componer una ópera rock en la línea deTommy de The Who, con un personaje principal (Pink) que ejerce como su propio alter ego a la manera de lo que era Tommy para Pete Towshend. Será un disco doble en el que Waters, además de componer el 90% de la música, volverá a volcar sus obsesiones y su idiosincrasia (tampoco faltarán las referencias a Barrett, aunque este ya no sea el tema principal del disco). Nos hallamos ante un ejercicio de introspección casi exhibicionista en el que Waters desgrana diversos aspectos de su vida y el resto de miembros ejercen de brillantes comparsas. Sea como fuere, su inspiración como compositor sigue intacta, el grupo continúa funcionando bien a nivel interpretativo y Pink Floyd paren lo que casi todo el mundo considera su última obra maestra. El público recompensa la calidad del disco con un nivel de ventas apoteósico, casi al nivel de lo conseguido con Dark side of the moon.

20) Another brick in the wall (part 2): La desagradable experiencia escolar de Waters se convertirá en lo que sin duda fue el mayor hit de este doble álbum y probablemente la canción más universalmente reconocible de Pink Floyd, aunque curiosamente la banda no pretendía editarla como single en un principio. Es más, ni siquiera era una canción completa, sino un simple fragmento con función narrativa. Fue el productor del disco Bob Ezrin quien inmediatamente notó que aquello podría ser un gran éxito, pero se topó con la testarudez de Waters y demás, quienes no querían extender el fragmento hasta alcanzar el formato de un tema convencional. Los miembros del grupo ya habían ganado más que suficiente dinero con sus discos anteriores como para «rebajarse» a grabar singles comerciales y no estaban dispuestos a crear toda una canción a partir de lo que consideraban un mero fragmento. Pero productor no se rindió: Ezrin —que ya había grabado voces infantiles para la canción School’s Out de Alice Cooper— pensó que sería una buena idea repetir con esa idea aquí. Se llevó al estudio una grabación de niños cantando el estribillo del tema para convencer a Roger Waters de que allí tenían un éxito en potencia: cuando el bajista escuchó los coros infantiles, supo que Ezrin tenía razón, que debían publicar el tema con el formato de single. Another brick in the wall part 2 se convirtió en un éxito inmediato que prácticamente puso a Pink Floyd (una vez más) en todas las emisoras musicales del planeta. Creo que casi cualquier persona conoce este tema, incluso gente muy alejada de la música rock, así que sobran más presentaciones:

21) Confortably numb: Uno de los pocos temas de The Wall escritos a medias por Waters y Gilmour, comoAnother brick in the wall. Curiosamente, ambos fueron los que mayor repercusión obtuvieron, demostrando que la química Waters-Gilmour todavía funcionaba en las escasas ocasiones en que aún la ponían en práctica. La aportación de Gilmour en este tema se nota mucho no solamente por los fantásticos solos de guitarra sino porque la música es evidentemente suya y recuerda bastante a la etapa Wish you were here, cuando Gilmour tenía más peso en las composiciones y Waters no había acaparado casi por completo ese ámbito. Quizá uno de los últimos destellos, o el último, de la colaboración Waters/Gilmour:

22) Mother: Una muestra de hasta qué punto Roger Waters había convertido casi por completo Pink Floyd en vehículo para expresar sus demonios personales es esta Mother, un diálogo entre  el protagonista Pink (la voz de Waters) y su sobreprotectora madre (la voz de Gilmour). El público se había acostumbrado ya a la idea de que los discos de Pink Floyd fuesen una especie de terapia para Rogers y no se sorprendieron si ahora hablaba de su infancia como huérfano de guerra, pero aun así resultaba llamativo escucharle interpretar ciertos fragmentos con voz descarnada, como sucede con varias frases de este tema: desde luego, megalómano o no, Waters se estaba empleando a fondo en el disco tanto al escribir como al interpretar. Por cierto, existen dos versiones del tema: una en el disco original y otra regrabada para la posterior película basada en el álbum:

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The final cut (1982)

El disco de la disensión. Waters, que después del enorme éxito de ventas y crítica de The Wall está ya completamente transformado en el Napoleón Bonaparte de Pink Floyd, reutiliza varias canciones que en principio habían descartado para The Wall… ante el desagrado de Gilmour, que no las consideraba de suficiente calidad. El guitarrista quería componer material nuevo en vez de centrar todo un disco en desarrollar una nueva historia apartir de material sobrante del álbum anterior. Pero para entonces Pink Floyd eran poco más que la banda de acompañamiento de Waters y David Gilmour —que debido a su habitual pereza no tenía canciones propias terminadas— se dio cuenta de que había perdido su peso en la banda. Aunque pidió retrasar la grabación del disco para componer canciones, se encontró con la negativa del bajista. El disco, pues, siguió el plan previsto inicialmente… para disgusto del guitarrista. Mucho menos inspirado que The Wall, este The final cut suena a disco en solitario de Roger Waters (ya que prácticamente lo es). En mitad de una verdadera tormenta de tensiones internas, Pink Floyd sacaron adelante una nueva obra conceptual intimista, basada una vez más en recuerdos y referencias de la vida de Waters. Para colmo, el bajista también incluyó nuevas canciones con mensaje antibélico —el gobierno de Margaret Thatcher acababa de embarcarse en una absurda guerra con Argentina— y ese giro político desagradó muchísimo a Gilmour: no le parecía buena idea incluir referencias a la actualidad en un disco de Pink Floyd, un grupo que nunca se había caracterizado por escribir en torno a los telediarios. Una cosa era rememorar a Orwell en Animals para hacer un comentario político general y otra muy distina tomar partido en los asuntos candentes del Reino Unido. Pero una vez más Waters se salió con la suya. El desencuentro entre las dos cabezas visibles de la banda era definitivo y de hecho apenas trabajaron juntos en la grabación sino por separado. Gilmour, de hecho, únicamente puso su voz a un tema. La tensión reinante afectó a todos pero especialmente al guitarrista, quien llegó a explotar en diversos arrebatos de ira durante la grabación: no soportaba la situación interna de la banda. Lo único en que parecían estar de acuerdo Waters y él era en que no tenían ganas de salir de gira juntos para presentar el disco. Conscientes de que ya no podían trabajar codo con cod0 —ni siquiera soportarse en lo personal—, más interesados en sus futuros trabajos en solitario y habiendo desarrollado una agria enemistad que se prolongaría durante muchos años,  todo aquello parecía anunciar el final definitivo de Pink Floyd. El disco, oscuro, melodramático y por momentos impenetrable, dividió al grupo aunque fuese otro éxito de ventas. Como decíamos, ya sonaba más a Waters en solitario que a Pink Floyd y desde luego era bastante menos brillante que The Wall.

23) Two suns in the sunset: Lo dicho, Pink Floyd sonando a Roger Waters en solitario, ya no impera el sonido clásico de la banda sino más bien una especie de destilación de The Wall, aunque sin temas tan poderosos comoAnother brick in the wall o Confortably numb. Waters se está gustando demasiado a sí mismo y eso se trasluce en canciones que ya no tienen el gancho y la intensidad de antaño:

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A momentary lapse of reason (1987)

La noticia: Dave Gilmour, con ayuda del batería Nick Mason, resucita al gigante difunto tras una agria batalla legal contra Roger Waters, que intenta impedir que usen el nombre de la banda (de hecho el teclista Rick Wright no podrá figurar como miembro oficial en esta resurrección y, aunque parezca mentira, aparecerá en calidad de músico contratado a sueldo). La enemistad entre Gilmour, Mason, Wright por un lado y Waters por otro alcanza cotas verdaderamente desagradables. Pero finalmente Pink Floyd vuelven, sin Roger Waters y con David Gilmour como líder absoluto. Naturalmente, esto despertó muchísimo morbo, aunque también escepticismo y no pocas dudas. ¿El resultado? Pues de manera parecida a The final cut, aquí no tenemos un disco en solitario de Waters… sino algo que suena a disco en solitario de Gilmour. Al público poco le importó y el álbum fue otro gran éxito —como ya era costumbre— empujado por el fantástico single Learning to fly. Las críticas fueron menos entusiastas: resultaba evidente que la magia de Pink Floyd se había esfumado, que el retorno de la banda había aportado una nueva canción memorable y muchos temas que sonaban a rutinario (y, eso sí, un negocio de muchos ceros). Roger Waters, por decirlo de manera suave, fue poco benévolo con el trabajo de la banda: se ensañó particularmente con Gilmour y sus letras según él mediocres, afirmando que el éxito del disco se debía únicamente a que llevaba la etiqueta «Pink Floyd» impresa en él (y quizá tenía su parte de razón, por más que hubiese un gran single en el álbum). En resumen, un disco más exitoso que valioso. Excepto…

24) Learning to fly: La única canción de A momentary lapse of reason que heredaba la grandeza de los Pink Floyd clásicos y cuyo solemne estribillo podría haber encajado sin problemas en Dark side of the moon o Wish you were here. David Gilmour se reencuentra fugazmente con las viejas musas y da a luz el mejor tema, con mucha diferencia, de todo el disco. Esta canción, por sí sola, bastó para convencer a los más escépticos de que había que darle una oportunidad a los reformados Pink Floyd de Gilmour. Además, la promoción del tema se ayudó de un sencillo pero inspiradísimo videoclip que resaltaba la grandeza de la canción. Parafraseando el título del LP, un «momentáneo lapso de inspiración» que iluminaba un álbum que por lo demás sonaba muy correcto, como siempre, pero bastante desangelado:

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The division bell (1994)

En 1994, siete años después de A momentary lapse of reason, la marca Pink Floyd era ya garantía de éxito seguro, ya fuese en giras o ante la posibilidad de reunirse para grabar un nuevo álbum en estudio. Que será precisamente lo que suceda: libre ya del acoso legal de su archienemigo Roger Waters, David Gilmour reúne nuevamente a Mason y Wright para grabar un nuevo disco que se convertirá en un enorme hit a nivel mundial… aunque la música que contiene es por lo general bastante descafeinada. Venden millones de ejemplares, para variar, aunque la crítica se muestra fría y Waters vuelve a volcar todo su vitriolo sobre el trabajo de sus compañeros. Un disco quizá innecesario pero rentable que ni siquiera contiene ya un himno como aquel fantástico Learning to fly de siete años atrás. Sonido correcto, pero una vez más, rutinario.

25) High hopes: Por enlazar algún tema de este disco, pondremos el tema que lo cierra. Un tema largo compuesto de varias partes pero cuya producción demasiado pulida no puede esconder la escasa inspiración de la banda. Todo suena bien, perfectamente ejecutado, pero suena sin alma. Y esto es seguramente de lo mejor del disco; casi todo el resto es más olvidable.”

Source: La historia de Pink Floyd en 25 canciones – Jot Down Cultural Magazine